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Empiezan a asomarse pequeñas rebeliones en la granja de CFK

Cosas que ocurren cuando el final del poder se acerca en el almanaque y el rumbo del Gobierno





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La puteada de Sergio Berni resonó unos cuantos metros a la redonda. La escucharon todos los que estaban cerca. Era la mañana del pasado sábado 23 y el secretario de Seguridad hablaba por su celular mientras encabezaba el operativo de desalojo y demolición del asentamiento Papa Francisco, en Villa Lugano.

“Qué hacés ahí. Andate. No ves que le estás haciendo el juego a Macri”, le habrían conminado del otro lado de la línea. Berni mandó a su interlocutor a visitar a algunos de sus seres más queridos, le dijo que a él nadie le iba a dar clases de kirchnerismo porque “soy kirchnerista hace veinticinco años” y que tenía una responsabilidad y la iba a cumplir. Fin de la conversación.

El desalojo de unas 350 personas y la demolición de las viviendas precarias se completaron ese mismo día, cumpliendo una orden judicial. Participaron unos dos mil efectivos de Gendarmería y Policía Federal, con apoyo de la Policía Metropolitana.

¿Quién había llamado a Berni para bajarle línea? Hay quien dice que fue un ministro del gabinete de Cristina. Otros aseguran que fue un jefe de La Cámpora. Conocer la identidad del interlocutor zamarreado sería un dato muy sabroso, pero el dato en sí mismo es irrelevante. Lo que importa es el hecho de que, como en la reacción de Berni, empiezan a asomar pequeñas rebeliones en la granja de Cristina.

Esto sucede al influjo del pronóstico pesimista que hacen ante sus pares funcionarios con despacho en la Casa Rosada, respecto de la marcha de la economía y su repercusión en la situación social y política. Los próximos meses son mirados con aprensión, diciembre de 2015 parece un horizonte dibujado del otro lado del mundo.

Así, son menos los que se avienen a mantener la disciplina draconiana que impone el kirchnerismo al interior de su propia fuerza.

Claro que nadie saca del todo los pies del plato ni se atreve a cuestionar ante oídos extraños el liderazgo de la Presidenta. El mismo Berni, que será guapo pero no mastica vidrio, después del incidente se vacunó contra eventuales represalias despachándose con intensos cuestionamientos a la administración de Macri.

La Casa Rosada buscó achicar costos y pareció perdonarle sus pecados cuando el jueves Jorge Capitanich sostuvo, en su habitual tertulia matinal, que Macri era el responsable de todo lo sucedido y Berni sólo había actuado como “auxiliar de la Justicia” y para “evitar cualquier tipo de conflicto”.

Pero Berni, un funcionario con buena imagen y capaz de mover el amperímetro de las encuestas, no fue el único en contradecir indicaciones de los guardianes de Cristina. El viernes 22 hubo una gestión desde el poder para que Jorge Taiana no fuese el orador de cierre de su masivo acto de lanzamiento en el estadio de Ferro, promovido por el Movimiento Evita. En negociaciones de última hora se habría intentado que el jefe del Evita, Emilio Pérsico, hablase último. Era un caramelo ofrecido a cambio de diluir la aparición de Taiana en la lista de precandidatos oficialistas para 2015.

La nómina de aspirantes a la Presidencia que autorizó Cristina la integran los gobernadores Daniel Scioli, Sergio Urribarri y Juan Manuel Urtubey; los ministros Florencio Randazzo y Agustín Rossi; el titular de la Cámara de Diputados Julián Dominguez y el senador Aníbal Fernández. Todos ellos fueron depositarios de la generosidad presidencial, expresada en otras tantas inocuas vicepresidencias honorarias del Partido Justicialista.

Taiana no estaba ni está en esa lista. Y aunque quizás al final del recorrido termine siendo el candidato kirchnerista en la Capital, la misión de los guardianes de la Presidenta era que nadie se incluyera por cuenta propia en la lista que ella había bendecido. Y menos apoyado por un sector que cuestiona los verticalismos cristinistas.

Pero la negociación no prosperó. Taiana cerró el acto en Ferro. Y ningún dirigente de La Cámpora asomó la nariz por el lugar, aunque estaban todos invitados.

Otro que promete que va a salir a tomar aire es Daniel Scioli. Sin rebelarse, porque no es su estilo, pero haciendo trascender – como decenas de veces antes, nunca cumplidas– que empezará a desmarcarse de la rígida brújula política de Cristina.

El acto de ayer en el Teatro Argentino de La Plata, reivindicando su gestión bonaerense, debería entenderse en esa línea según los entusiastas exégetas del gobernador. Sus colaboradores también ponen de relieve algunos tramos poco observados del discurso de Scioli, el jueves, en la reunión del Consejo de las Américas. Allí, contradiciendo el relato dominante, habló de “una situación muy difícil con obreros en la calle y fábricas cerradas”.

Y mencionó el tema tabú: la inflación. Pero se reparó más en su tibia crítica al paro que ese día concretaban los gremios opositores. Es que de tanto escucharlo alinearse con el Gobierno, a Scioli por ahora cuesta percibirle los módicos cambios de sintonía.

Sus diferenciaciones, con todo, no serían solamente discursivas. Si se cumple la previsión que circula en ámbitos peronistas, pronto el gobernador de Tucumán, José Alperovich, anunciaría su apoyo a la candidatura de Scioli.

Alperovich estaría dispuesto a una ligera rebeldía: no va a esperar señales de la Casa Rosada sino que actuaría por su cuenta, en defensa de su interés territorial.

Tiene a su principal rival, el radical José Cano, conversando con Sergio Massa y tendiendo alguna línea con Mauricio Macri. Así, mientras los otros se mueven él se siente quieto como una estatua.

Ninguna estatua gana elecciones. Y supone que todo estará peor si espera que Cristina se defina por alguno de sus caballeros. Ni qué hablar si crece la hipótesis de la candidatura de Kicillof.

Scioli también cometería su pequeña insubordinación abriendo un rumbo de acercamiento con José Manuel De la Sota, un peronista netamente opositor. El gobernador de Córdoba, que frenó los movimientos que lo acercaban a la orilla de Massa, es quizás el único dirigente de nivel nacional que puede intentar la articulación del peronismo para dar pelea por el poder más allá del ocaso de Cristina.

A Scioli le seduce esa condición de De la Sota, necesitado como está de darle a su proyecto el espesor político que el kirchnerismo duro jamás le va a facilitar.

Entre las varias indisciplinas que florecen en el agitado universo oficialista hay quienes aprovecharon para sacar ventaja sobreactuando su lealtad. Es el caso del senador Miguel Pichetto, que condenó con energía el pase del gobernador de su provincia, Alberto Weretilneck, a las filas de Massa.

Pichetto nunca ha sido un servidor silencioso de la voluntad de Cristina. Más bien, es un político profesional del peronismo dispuesto a hacer lo que haga falta. Pero la fuga del mandatario le permite afianzar su control político en Río Negro y jugar con dos cartas: ser candidato a gobernador o acompañar a Scioli en la fórmula.

De paso, Pichetto se cobra un triunfo en su eterna pelea con el secretario de la Presidencia, el neuquino Oscar Parrilli. Ocurre que Parrilli, de pura enemistad con Pichetto, había puesto bajo su ala a Weretilneck, un aliado no peronista llegado del Frente Grande que era vice del asesinado Carlos Soria, y que se encontró impensadamente con el gobierno rionegrino en sus manos.

Se fue Weretilneck, ganó Pichetto, perdió Parrilli. Pero todo es chamuchina al lado de la rebeldía más densa de las provincias petroleras, empezando por las patagónicas, por el proyecto de ley de hidrocarburos que les drena los recursos hasta el fondo del pozo. Los esfuerzos de la Casa Rosada están orientados a que no se les desbande la propia tropa, tan necesaria para votar en el Congreso.

Habrá que ver a quién le facturan la desobediencia de las diputadas kirchneristas Adriana Puiggrós y Julia Perié, que esta semana se negaron a avalar un decreto de Cristina que afectaría a trabajadores del Conicet. O quién se hará cargo de la cuenta si Martín Insaurralde, paladín oficialista hace apenas diez meses y hoy el precandidato a gobernador bonaerense mejor posicionado, termina migrando a las filas de Massa, cuestión que sería inminente.

Son cosas que ocurren cuando el final del poder se empieza a acercar en el almanaque y los marineros no están seguros de que el capitán los termine llevando a buen puerto, sino que a veces lo ven tentado de enfilar directo a la tempestad. A veces, muy pocas, esa es la situación que precede al sálvese quien pueda.
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