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En un fiat 600 desde Rosario hasta Alaska

La increíble historia de dos amigos que unieron Rosario con Alaska en un Fiat 600


Tardaron 19 meses y el objetivo fue crear conciencia sobre el cuidado del medio ambiente y promover la forestación.


Instantáneas. Santiago Uranga y Juan Manuel Rizzatti, con las luces de Miami detrás y cruzando salinas y terrenos áridos en el Fitito.


"Me encanta lo imprevisto; que la vida me presente de golpe la baraja contra la que he de jugar". Estas son las palabras del escritor Conrado Nalé Roxlo que un dúo de rosarinos tomó como lema y emprendió un periplo fascinante. Juan Manuel Rizzatti (24) y Santiago Uranga (38) unieron Rosario con Alaska en un Fiat 600, modelo 64. Además de los sueños de libertad, el deseo de hacer realidad desafíos personales y la curiosidad por enfrentarse a lo desconocido, los jóvenes también le otorgaron un objetivo preciso a su viaje: despertar conciencia sobre el medio ambiente y promover la forestación. El periplo duró 19 meses.

Así, con una guitarra al hombro, una carga de bolitas arcillosas con semillas autóctonas adentro para sembrar en cada lugar, una pequeña suma de dinero en el bolsillo, una armónica, una caña de pescar, carpa, bolsa de dormir y una cámara fotográfica, se lanzaron a la faz de la aventura.

A lo largo de los 19 meses que duró la odisea y los 62 mil kilómetros recorridos, debieron pasar muchas noches durmiendo donde el destino los sorprendió. Adaptarse, entre otras cosas, a los ritmos del Fitito que ,según comentaron, "tenía sus bemoles". Y lo más interesante: recopilaron cientos de anécdotas que próximamente serán registradas en un libro.

"Todo fue culpa de un policía amigo, que al preguntarle si mi Fitito estaba bien de papeles, me contestó: «Galgo, te podes ir hasta Alaska con esta máquina si querés». Aquella frase quedó circulando en mi mente por unos días hasta que me dije: ¿Y por qué no? Así fue que llamé a Juan Manuel para que me acompañara en el desafío. Y él, sin dudarlo dos veces, respondió con un "sí" inmediato", dijo Santiago Uranga, de 38 años, en diálogo con La Capital.

"Ninguno de los dos teníamos conocimientos sobre mecánica, pero sí numerosas experiencias en el arte de viajar, lo que nos proporcionó las herramientas para estar preparados para cualquier imprevisto. De hecho, el día que partimos, el Fito no arrancaba, por lo que a las 20 cuadras terminamos en el mecánico. Tampoco teníamos en mente qué ruta tomaríamos. Todo fue fluyendo de forma natural, más que todo gracias a la gente, que nos ayudó para que nuestro sueño se hiciera posible", remarcó.

En las redes. La travesía se siguió en las redes sociales. "A través del Facebook Argentina Alaska en Fiat 600 íbamos compartiendo nuestra experiencia, lo que generó que muchas personas nos ofrecieran una pieza donde dormir, un plato de comida, donaciones de dinero. Eso sin nombrar el afecto y la prueba viviente de su bondad", destacó, en tanto, Rizzatti.

La primera escala del viaje fue Chaco, donde además de realizarle una revisión técnica al auto,cargaron semillas de múltiples especies que luego fueron arrojando a lo largo del trayecto. Asimismo, Uranga señaló: "Cada rincón de la tierra donde sembramos las semillas, está detallado en un GPS (ubicación posicional)".

Luego de visitar la provincia de Jujuy, el Fitito (patente VLA 019) puso proa al Paso de Jama (Chile), que resultó ser el trayecto más dificultoso del viaje para el vehículo. "Cada 500 metros debíamos frenar porque el Fito se nos apunaba. Probamos de todo, hasta poner una cebolla en el filtro de aire, pero no dio resultados. Eso no es todo, el camino era tan empinado que teníamos que poner una piedra detrás de la rueda delantera hasta poner en marcha el auto y arrancar. Tardamos más de cinco días en cruzar Los Andes, donde nos recibió la soledad del desierto de Atacama", relató Uranga.

Continuaron su rumbo por la costa del océano Pacífico, afrontando los numerosos obstáculos que se les iban presentando. "A pesar de las dificultades, este proyecto se hizo posible gracias al auto. Ni bien nos veían llegar en La Brasita (así bautizaron al Fitito), las personas buscaban la manera de colaborar y a su vez, de formar parte de nuestro sueño", enfatizó el más joven del equipo.

Mateando con ídolos. A la travesía no le faltó nada: conocieron a su ídolo Manu Ginóbili, compartieron mates con el reconocido polista Adolfo Cambiaso, despertaron deseos de viajar en muchas personas, acompañaron a una escuela en la experiencia de plantar árboles, corrieron un rally de autos clásicos en Miami, y hasta pasaron noches en vela por temor a que se los coman los osos del bosque.

Como si esto fuera poco, al llegar a Honduras, un coleccionista de autos que siempre fantaseó con viajar, se vio identificado con los jóvenes y los hospedó en su hogar por unas semanas. A esto se le sumó la solidaridad de una funcionaria guatemalteca, que al conocer que eran argentinos los invitó a vivir unos días de glamour en un hotel de lujo. "Yo creo que Dios viajaba junto a nosotros en el Fito", comentó Uranga.

Los momentos de escasez tampoco faltaron: "Cuando llegamos a Colombia caímos en la cuenta de que se nos estaban agotando los recursos económicos, por lo que comenzamos a desplegar múltiples destrezas. Además de tocar la guitarra para conseguir unas monedas, hicimos calcomanías y remeras a cambio de donaciones. También fue allí donde entramos en contacto con Leiva Autopartes, la marca que nos sponsoreó el viaje", expresó Uranga.

"Costa Rica fue uno de los países que más me movilizó. Sus hermosos paisajes y sus habitantes, los ticos, nos dejaron múltiples enseñanzas y nos hicieron sentir como en casa", subrayó Rizzatti.

Continuaron tallando caminos hasta llegar a la meta. "Si bien nos alegró concretar nuestro ambicioso proyecto y cumplir con el compromiso que teníamos con el público que nos venía siguiendo, el cartel de "Bienvenido a Alaska" no nos modificó de sobremanera. Lo más atractivo de aquel viaje fue disfrutar del camino y dejarse llevar por el azar", concluyó Rizzatti, apasionado.

"Después de pasar unos días en Alaska, nos dispusimos a iniciar el regreso. Descendimos hacia Canadá, donde mi compañero decidió quedarse junto a otros amigos que conocimos durante el recorrido. A partir de allí me aventuré junto a La Brasita hacia Miami y me tomé un avión de vuelta a casa. Siento que nací para vivir del asombro", añoró el intrépido viajero.
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