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Entrevista a activista Lgtbi

Entrevista a Josue Gonzalez Perez activista LGTBI Co-coordinador en ALEAS-IU



Activista LGTBI y feminista. Trabajador social y con estudios en cuestiones de género y sexualidad. Estudiante de doctorado de estudios de género con líneas de investigación centradas en la teoría feminista, las migraciones femeninas y el trabajo sexual. Ha participado en distintos espacios LGTB como Algarabía (Colectivo LGTB de Tenerife), COGAM, Asamblea Transmaricabollo de Sol o Patio Trasero. Actualmente, co-coordinador de Aleas-Iu junto a Mireia Biosca. [email protected] 

“Se nos recorta nuestra pluma cuando las reformas laborales imponen una vuelta al armario en los centros de trabajo a fin de evitar un despido por homofobia (aunque siempre se diría que se trata de un “despido” por causas “económicas” o “productivas”). Ante eso, debíamos lanzar un mensaje cañero que invitase al “empoderamiento” y a la toma de conciencia política, porque nadie debe cortarnos las plumas que nos permiten volar”

Diario Progresista: Hola Josué: Esta pregunta se va a poner cada vez más de moda Pero ¿Es posible conjugar la militancia y el estudio sin dolores de cabeza? ¿O el estudio y el trabajo?

Josué G. Pérez:
 Sintiéndolo mucho, todavía no hemos ingeniado en la izquierda algún tipo de medicina que permita un compromiso responsable con lo político y no tener demasiados dolores de cabeza. En efecto, es realmente complicado cuando, además, no tienes garantizada la existencia y tienes que aceptar trabajos indecentes por cuatro duros. No es mi caso porque, de alguna manera, las redes familiares me pueden garantizar parcialmente la existencia, ya que el mercado no nos lo pone fácil a las personas más jóvenes, aún menos cuando también somos LGTB y/o mujeres.

He podido estudiar y militar a la vez, pero siempre resulta un compromiso duro. Esto subraya el carácter urgente de la respuesta anticapitalista porque necesitamos construir un proyecto de futuro donde el trabajo o la posibilidad de estar becada y poder estudiar no nos provoque un quebradero de cabeza. Mientras tanto, la jaqueca derivada de nuestras ganas de cambiar la situación actual, de cambiar aquello que amenaza nuestros sueños, puede hasta celebrarse. 

Diario Progresista: Estudias filosofía y tienes una sólida base en teoría feminista y queer además de tus actividades sociales y políticas. ¿Crees que hay una brecha entre la realidad y la academia que crece o que disminuye con la actual situación socioeconómica que vivimos?

Josué G. Pérez: 
No estudio filosofía exactamente. Tengo formación en ciencias sociales, pero no soy especialista en filosofía. Ahora bien, me gusta leer filosofía porque es un viaje hacia la libertad, porque aprender a ir más allá de lo simple, adquiriendo herramientas para la crítica, es una actividad revolucionaria que el capitalismo no puede aceptar. De ahí que, desde los gobiernos, se cargue con dureza contra la filosofía, como hemos visto con las reformas de Wert pero también con el PSOE bajo la excusa de una Educación para la Ciudadanía sobre los cimientos de un sistema educativo heterosexista y excluyente. Resulta más barato, en muchos sentidos, no transformar esto último y apostar por una asignatura que hasta Esperanza Aguirre defendió en Europa cuando era ministra de educación. 

Si me preguntas por la responsabilidad de la academia con la sociedad, la situación es que, con el proceso de mercantilización de la academia y del conocimiento, cada vez hay menos margen para el compromiso político responsable. Si la financiación para un proyecto de investigación depende de intereses privados, posiblemente será casi imposible vincularlo a objetivos políticos importantes. Dicho esto, qué duda cabe de que existe todo un sector de intelectuales sin el menor interés por mantener una responsabilidad con las injusticias sociales, incluso muchos de ellos trabajan bien para neutralizarlas o bien para ponerse de parte de aquellos que las sustentan. También en la academia existe la lucha de clases o las relaciones de género y el heterosexismo. Por mi parte, parto del convencimiento de que todas aquellas que tenemos alguna posibilidad en la academia deberíamos, por responsabilidad, servir a los movimientos sociales que nos representan y luchar por construir una universidad que no esté al servicio de los caprichos de los grandes empresarios y financieros. 

D.P.: Uno a veces tiene ideas muy simples sobre las cosas para poder ordenar el mundo. Yo, a través de gente como tú percibí una generación nueva, capaz de conjugar la militancia LGTB y la militancia de izquierdas. Pero a partir de la llamada “crisis” percibo que todo eso peligra en cierto modo.

Josué G. P: 
No sería tan pesimista. Con la mal llamada “crisis económica” para la gran mayoría se ha desmontado el sueño liberal de un futuro digno en un sistema económico que nos trata como mano de obra de usar y tirar. Bajo este escenario, han surgido importantes actores políticos, como ocurrió con la emergencia del 15M donde fueron visibles nuevas formas de organización popular y de politización en el espacio público, pero donde también fue posible comprobar que la gente pretende hacer respetar su dignidad señalando a los culpables de su situación: una clase política al servicio de los mercados y unas élites económicas que insisten en empobrecer a las mayorías sociales. Con esto mi intención es demostrar que lo único que peligra es la posición de unas minorías privilegiadas, aquel consenso del 78, precisamente por el ya empezado proceso de politización de las clases populares. 

Si nos centramos, como se me exige en la pregunta, en la relación entre militancia de izquierda y militancia LGTB, deberíamos subrayar que los colectivos LGTB también se han visto influidos por el despertar popular. He vivido muchas manifestaciones desde la participación de colectivos y organizaciones LGTB y feministas, por ejemplo, en defensa de los servicios públicos, en las mareas ciudadanas que defienden una sanidad o una educación pública, universal y de calidad (y con pluma, añadiríamos). La participación LGTB en las mareas ciudadanas supone una redefinición de “lo político” que se resiste a ser encajada en el eje derecha-izquierda, aún más cuando se desenvuelve en un escenario donde su lucha inevitablemente apuesta por una ruptura democrática favorable a un proyecto político que tenga en cuenta nuestros anhelos. Semejante reto sólo será correctamente conducido si unificamos distintas luchas en torno a una concepción de la ciudadanía, cuya validez dependerá de si se nutre o no del potencial de unos movimientos sociales que desbordan los tradicionales canales de institucionalización de lo existente. 


D.P: El PSOE aprobó unas leyes básicas en torno a matrimonio y están con la identidad de género ¿Qué pedís vosotros para que todo esto no se quede en maquillaje y tolerancia? ¿No crees que estas cosas deberían salir a la calle y abandonar los Parlamentos?

J.G.P:
 En efecto, el PSOE se vio presionado para aprobar una serie de leyes que desde IU hemos apoyado. Indudablemente, se trata de pequeños avances que el PSOE ha hecho suyos, como si no fueran el resultado de luchas sociales. Resulta una práctica de menosprecio hacia el poder real que tiene la gente de cambiar las cosas y lo hemos vuelto a ver cuando Pedro Sánchez hacia suya la retirada del proyecto de ley sobre el aborto de Gallardón, que fue todo un éxito feminista. Es lógico que mantengan ese discurso aquellos que tienen miedo a ser echados porque no nos representan y porque nos niegan una vida que merezca la pena ser vivida. 
Leyes que celebramos, aunque mantengo una actitud crítica con las mismas por una serie de razones. En primer lugar, no simpatizo demasiado con la institución del matrimonio pero reconozco la legitimidad de una demanda que tiene distintas motivaciones, como bien pudo ser el contexto de pandemia del VIH en la comunidad LGTB y las restricciones que sufrían las parejas de las personas enfermas. Es evidente que no podemos permitir que sea ese el único modelo de relaciones aceptable socialmente y favorecido materialmente, paralizando la lucha política, pero igual de evidente es que no podemos tratar la institución del matrimonio como una institución estática, ajena a las transformaciones históricas, pecando de esencialismo. Así pues es necesario reconocer, como lo hace Gerard Coll Planas en “La voluntad y el deseo” (Egales, 2010), que la respuesta de los sectores conservadores y católicos ante la aprobación del matrimonio “igualitario” nos sugiere la necesidad de admitir que la demanda no era tan inocente como se pensaba. 
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