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¿Existe la obsolescencia tecnológica programada?





La obsolescencia tecnológica motivada por el insuficiente rendimiento de un producto electrónico en comparación con las nuevas máquinas, es una realidad del mercado. Pero ¿la obsolescencia tecnológica está programada por los mismos fabricantes? ¿Es una oportunidad más para el canal?

Cualquier cliente con el que hables de este tema te dirá lo mismo: los productos no duran tanto como antes. La obsolescencia no afecta solo al sector tecnológico y abarca a todo tipo de productos, desde un automóvil a una prenda de vestir. Se puede presentar en distintas formas:
Obsolescencia percibida, cuando se modifica un producto actual meramente en términos de diseño vendiéndolo como nuevo.

Obsolescencia especulativa, cuando se comercializan productos de menores prestaciones o incompletos a bajo precio para hacerse con un mercado, para a continuación vender un producto completo.

Obsolescencia psicológica y social, donde entra el juego la publicidad que insiste en comprar “lo último” del mercado.
Obsolescencia planificada, cuando se programa un determinado ciclo de vida del producto, después del cual el cliente debe cambiar el mismo.

Es a esta obsolescencia tecnológica programada a la que vamos a dedicar un acercamiento porque indudablemente afecta a todo el canal, en ocasiones de forma positiva y en otras de negativa. La obsolescencia tecnológica programada refiere una técnica por el que un fabricante estudia y calcula un tiempo de vida limitado de un producto electrónico o componente y lo desarrolla bajo ese parámetro temporal.

A partir de ahí, o el equipo cae en desuso al mostrar un rendimiento insuficiente en comparación con los modelos actuales o lo que es peor, el equipo se avería y el gran coste de la reparación obliga a comprar un nuevo equipo. En definitiva, cuando se cumple el tiempo calculado el producto electrónico queda obsoleto, no funcional, inútil o inservible con el objetivo de vender nuevos modelos y seguir la cadena.



¿Es ésto ético? Ni ético ni legal. Varios fabricantes han sufrido condenas por utilizar este tipo de obsolescencia tecnológica programada. Apple perdió un juicio contra los consumidores en Estados Unidos porque se llegó a demostrar que la batería del reproductor multimedia iPod estaba programada para durar exactamente 18 meses. Como era de esperar la sustitución costaba un gran porcentaje de su precio de venta. Se pueden contar casos de todo tipo, desde pantallas de visualización que palidecen, memorias que presentan errores aleatorios, bisagras de portátiles que se parten, fuentes de alimentación que no cargan… Y todo ello en un tiempo determinado, sospechosamente similar según modelo. El software también cuenta El desarrollo del software también afecta a medida que se desarrollan y publican nuevas versiones de los sistemas operativos o de las aplicaciones que tienden a dejar máquinas obsoletas aunque su hardware siga funcionando. Como ejemplo, citar la gran fragmentación de Android en móviles inteligentes de la que una parte de usuarios culpabiliza directamente a los fabricantes. El objetivo al no actualizar a las últimas versiones del sistema sería vender nuevos terminales móviles. Velocidad de desarrollo tecnológico y marketing No todo es planificado y ciertamente la gran velocidad en el desarrollo de nuevas tecnologías incide en una obsolescencia sobrevenida. Curiosamente, cuando se dispone de la capacidad tecnológica para fabricar productos de larga vida útil, la adaptación a las nuevas tecnologías produce una mayor obsolescencia de productos, provocando además un gravísimo problema de basura electrónica y de tratamiento de recursos.



El marketing también cuenta y mucho. Cuestiones de moda, de estilo, de “tener lo último”, promovido en feroces y costosas campañas publicitarias, animan a un constante cambio de productos. Los teléfonos móviles inteligentes son un claro ejemplo, con pocos o ningún cambio significativo de hardware en generaciones, pero cuyos cambios, en ocasiones meramente cosméticos se venden como “últimas novedades”. Peor aún, la obsolescencia tecnológica programada donde se planifica un mal funcionamiento de un equipo o componente (además de una ilegalidad) es un arma de doble filo para el fabricante que lo practique y termina repercutiendo en el canal que lo distribuye. Si un usuario se ve forzado a cambiar de equipo por este motivo lo más probable es que no vuelva repetir modelo ni marca, y quizá tampoco de tienda de compra. ¿Se puede minimizar la obsolescencia tecnológica? Por supuesto no todos los fabricantes planifican la obsolescencia y algunos apuestan por todo lo contrario: extensión de la vida útil. Ello no limita las posibilidades de negocio porque se pueden cobrar ampliaciones del periodo legal de garantías, mantenimientos, actualizaciones de software y todo tipo de servicios. En el equilibrio está la virtud. El cliente debe definir exactamente sus necesidades sin dejarse llevar por modas y los fabricantes y el canal ofrecer soluciones a medida del cliente con actualizaciones de hardware dentro de un periodo razonable
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