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Extremismo islámico, a las puertas de España y sus jóvenes

En el mercado de ropa usada de las afueras del paso fronterizo de Beni Ensar es común ver hombres que visten con la túnica y el pantalón típicos de los afganos. Muchos bajan desde los barrios de mayoría musulmana señalados por auge del radicalismo a ganarse la vida vendiendo artículos de segunda mano a miles de marroquíes que pasan la frontera cada día hacía Melilla, uno de los dos enclaves españoles en el norte de África.

En este sector también se ven algunas mujeres cubiertas por completo con el niqab negro, al que localmente llaman burka.

Esta manera de vestir no tiene ninguna tradición en las costumbres de esta parte del norte de Marruecos, conocida como el Rif.

Los habitantes reconocen que se trata de una tendencia que promueve ideas más ortodoxas del islam.

Especialmente entre los más jóvenes. “Pero de allí a cometer actos terroristas, como ha sucedido en Francia, lo veo muy difícil. Casi improbable”, explica Samir Mohamad Tieb, presidente de la Asociación Islámica Badr.

Tieb, de ascendencia marroquí, asegura que es necesario distinguir entre dos tipos de jóvenes que se visten a la manera afgana o se dejan crecer la barba. “Hay unos que se interesan por el islam, buenamente hablando. Antes, muchos se daban a las drogas y al alcohol; ahora se han concientizado de que el islam es una religión de paz y se han refugiado en ella”, cuenta. Pero hay otros que se pueden haber radicalizado “un poquitín”.

Las razones para este fenómeno son múltiples: desempleo, fracaso escolar, discriminación, entre otros. Melilla, un puerto sobre el Mediterráneo de solo 12 km cuadrados, es una ciudad empobrecida, con grandes desigualdades e inmensos problemas sociales. Para empezar, en los últimos 25 años la población ha aumentado en un 60 por ciento. Hoy tiene 80.000 habitantes, que viven o del Estado o del contrabando, principalmente. A esto se suma que tiene una de las peores cifras de desempleo y fracaso escolar de España.



De las 40.000 personas aptas para trabajar, hay 13.000 desempleados. La mayoría –serían más del 90 por ciento– pertenecen a la comunidad musulmana, que a su vez representa alrededor del 50 por ciento de la población. Hay quienes aseguran que son más.

“La exclusión social de la comunidad musulmana es uno de los problemas más grandes de esta ciudad”, sostiene el abogado Mohamed Busian. Y agrega que hay una ruptura social que puede llegar a ser peligrosa en un futuro, “una bomba de tiempo”.

En Melilla, históricamente han convivido cristianos, judíos y musulmanes. Y, según se escucha en la ciudad, la convivencia siempre ha sido envidiable para otras comunidades con las mismas características. Sin embargo, nadie niega que los que llevan la peor parte son un gran número de los descendientes de marroquíes. En muchos casos, ninguno de los integrantes de una familia tiene trabajo.

Muchos han optado por el contrabando, a veces tan ilegal como el tráfico de drogas. La comunicación permanente con Marruecos, a través de los pasos fronterizos, que se pueden cruzar sin mayor problema, hizo que este se convirtiera en un negocio relativamente fácil para muchos, en especial para jóvenes sin oportunidades. Algunos de ellos aceptan llevar drogas a la península a cambio de una recompensa que posiblemente nunca ganarían de otra forma.

“Está bien que busquen el islam y que no hagan cosas malas, pero las ideas que hay por ahí rondando no son normales. Esto no es el islam que históricamente hemos practicado aquí”, afirma Mohamad, un marroquí de la región de Nador que vive en Melilla desde hace 40 años. El hombre, que trabaja en un bar de tapas, dice que hasta hace un par de décadas la práctica del islam en toda esta parte del norte de África, aunque tradicional, estaba alejada de cualquier fundamentalismo.

Pero desde hace años empezaron a aparecer hombres vestidos al estilo afgano que difundieron nuevas ideas, que han tenido eco no solo entre los jóvenes sin ningún futuro, sino también en cristianos que han terminado por convertirse al islam. De repente algunas cafeterías o restaurantes dejaron de vender alcohol y cerdo. Y personas conocidas por su afición a la noche o las drogas se dejaron crecer la barba.

Hombres como Mohamad temen que sus hijos terminen captados por este tipo de grupos. “Mi madre siempre vive pendiente de a cuál mezquita voy a rezar. Tiene miedo de que vaya a aquellas que son famosas por ser más radicales. Aunque creo que ninguna es peligrosa, como ella piensa”, cuenta Alí, universitario de 25 años que dice que, aunque hay gente que sigue ideas más estrictas, no hay nada que temer.

La realidad de Melilla no es diferente de la que se vive en otros lugares de Europa. Muchos jóvenes que se acercan al islam, muchos sin conocer bien el Corán, lo hacen por moda o por ser aceptados dentro de su circulo social. Un gran número de ellos son jóvenes sin oportunidades, pertenecientes a segunda o tercera generación de emigrantes que identifican la religión como símbolo de identidad. De repente pasan de ser jóvenes fracasados y sin futuro a hacer parte de algo grande e importante, que le da un nuevo sentido a su vida.

“Hay problemas en el abandono escolar por múltiples factores. Para empezar, muchos de esos jóvenes entran al colegio sin hablar bien español –el idioma materno suele ser tamaziyt–. A esto se suma que vienen de entornos difíciles, donde nada los impulsa a estudiar”, manifiesta el profesor Luis Escobar.

Y es que es en los colegios, más que en ningún otro lugar de la ciudad, donde se notan con facilidad los cambios que se viven dentro de la sociedad. Almudena, una profesora proveniente del centro de España, cuenta que cuando llegó a Melilla, hace nueve años, muy pocas niñas o adolescentes llevaban el hejab –o velo islámico–. Solo se cubrían las mujeres mayores, por tradición, mas no las jóvenes. Pero progresivamente esto ha ido cambiando con los años, e incluso han tenido el caso de que alguna niña se ha presentado cubierta con el niqab. Tanto los ojos como las manos han estado tapados. “En ese momento hemos entrado en el conflicto de qué hacer con ella, y se le ha prohibido entrar”, dice Almudena, quien deja claro que la parte que se ha radicalizado es una pequeña minoría frente al resto de la población musulmana.

La misma policía española tiene clara esta proporción. España está lejos de igualar a países como Bélgica o Francia, donde cientos de nacionales han viajado a unirse a las filas de grupos como el llamado Estado Islámico. Según cifras del Centro Nacional de Inteligencia, 70 nacionales españoles, muchos de ancestro marroquí, han viajado a países como Siria. Alrededor de 20 habrían muerto hasta el momento.

En los cuatro operativos que se llevaron a cabo en el 2014 en Melilla relacionados con yihadismo no se encontraron armas ni explosivos. Estos grupos, según versiones de las autoridades, se dedicarían a captar personas para combatir en Mali, Libia, Siria, Irak o en cualquier otro país donde operan organizaciones extremistas islámicas. Lo hacen o por el contacto directo o a través de internet. La última redada se llevó a cabo el pasado 24 de febrero. En esta ocasión se capturaron dos hombres, sospechosos de manejar una plataforma virtual a través de la cual se convencía a mujeres para que viajaran a hacer parte de la llamada yihad.

Los organismos de seguridad europeos temen que la porosa frontera con Marruecos, por donde pasan miles de personas cada día, se convierta en un paso tanto para personas que quieran unirse a grupos radicales en África u Oriente Próximo como para aquellos que vienen de vuelta. Hace pocos días, la policía aseguró que sospecha que cuatro radicales habían entrado a Melilla recientemente.

La misteriosa mezquita blanca

Un grupo de hombres vestidos con sus trajes afganos, unos con barbas largas y otros sin ellas, se reúne en los alrededores de la llamada mezquita blanca, en el barrio de La Cañada de Hidum, también conocido como Cañada de la Muerte, un barrio de mayoría musulmana considerado el más peligroso y con mayores índices de pobreza de la ciudad. Y uno de los mayores de toda España.

En estas esquinas, donde jóvenes gastan las horas sin hacer nada, cuentan que ni siquiera la policía se atreve a entrar a esta colina de casas unidas por callejones. Desde hace décadas, al fin y al cabo, este barrio ha sido escondite para todo tipo de personas. Desde vendedores de drogas hasta prófugos de la justicia.

La mezquita, que hace tiempo dejó de ser blanca para estar pintada de amarillo, es considerada por algunos el centro del islam radical en Melilla. Aquí oraban muchos de los hombres capturados en las redadas pasadas, y muchos musulmanes de la ciudad no se atreven a poner un pie en su interior. Aquí nadie niega que se siguen reglas más estrictas del islam.



“Se nos juzga por la manera en que vestimos y vivimos el islam. Pero eso no significa que seamos culpables de nada”, dice uno de los hombres que esperan a que llegue la oración de la tarde. Ni él ni ninguno de los otros que se amontonan frente a la puerta de la mezquita quieren hablar con la prensa. Asegura que siempre se tergiversa lo que ellos dicen. Pero entre reclamo y reclamo, afirman que estas detenciones buscan mandar un mensaje equivocado sobre el islam y sobre Melilla.

Mohamed Busian, el abogado de algunos de los detenidos en el último año, asevera que ninguna de esas personas han sido condenadas. Que no tienen cargos en su contra. También, que no se puede demostrar que ninguno de los habitantes de la ciudad se haya trasladado a estas regiones. Pero tampoco nadie puede negar la atracción que ejercen sobre alguna gente las ideas de grupos radicales como el Estado Islámico o Boko Haram. En las paredes de la cañada de Hidum y en otros sectores es frecuente ver pintados los letreros ‘Yo soy Mohamad’, ‘Yo soy Isis’, ‘Estado Islámico’ o ‘Boko Haram’. Incluso se ve la espada que identifica al profeta, con el nombre de Charlie Hebdo a continuación.

“Supongo que usted habrá circulado por Melilla y habrá visto estos letreros”, afirma Yawad, un funcionario melillense que explica que lo que pasa en algunos sectores de la ciudad no es diferente de lo que sucede en otros lugares del mundo donde no hay educación. En esa situación la gente es fácil de manipular. “Seguramente habrá un cabecilla o un tarado que habrá cogido a algunos chicos excluidos y les inculque la idea de que hay que combatir a Occidente, porque son enemigos, y de que hay que ir a Siria”.

Pero la solución de este problema, según Yawad, no pasa por juzgar a todos los musulmanes bajo el mismo manto. Ni perseguirlos por como van vestidos “Hay que perseguir a los señores, pues sí. Pero no hay que vender la idea de que Ceuta y Melilla son cunas de yihadismo. Eso no es verdad”. Y es que Yawad, como muchos otros musulmanes de Melilla, está convencido de que hay una campaña no solo contra la ciudad, sino especialmente contra el islam. “Estamos un poco hartos, la verdad”.
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