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Flores robadas ,los jardines de Quilmes



Jorge Cayetano Zaín Asís (Avellaneda, Provincia de Buenos Aires, Argentina; 3 de marzo de 1946), conocido como Jorge Asís, es un escritor y periodista argentino.





Flores robadas en los jardines de Quilmes By Jorge Asís - Editorial Losada


Dice Samantha:
-- Es un tipo formidable, no existe otro igual.
Sin embargo, supuse que podía sacármela de encima, cuando se agarró una calentura increíble con cierto dirigente estudiantil, que tenia barba, impecable destreza para las asambleas, un aspecto viril y vital, y un coraje certificado. Ya lo mataron, claro.
--¿ También anda en banda?, ¿ viene mal?
Se llamaba Esteban, y venía muy bien. Copaba, amaba, rompía y levantaba cursos, había estado preso tres veces y el estudiantado femenino intacto le andaba atrás, aunque era muy dificultoso conquistarlo, quitarlo de un tema que escapara de los márgenes de la revolución. Un tipo de oratoria destellante, que hablaba como si dijera la verdad, con una envidiable claridad política, y expositiva, con una estampa que hacía suspirar a muchas en vaqueradas que perseguían raudamente sus destinos. Carisma innegable, erudición transformadora, Samantha pensaba, por suerte, nada más que en él.
-- No seas verdugo, ' Cómo te parece que pueda venir bien?, viene como todos -- dice Samantha.
Y sobre todo el machazo Esteban era alto, figura esbelta, un estilizado, era rubio de ojos azules. Ese mino está un kilo, decía Angélica, yo con ese me dejo llevar hasta la Legión Extranjera.
--Ay, Angelica , sos terrible-- decía Carmen.
-- Te equivocas, no soy terrible, soy puta-- decía Angélica, y Carmen reia.
--¿ A qué se dedica? -- pregunta Rodolfo
--Es abogado.
A instancias de Esteban fue entonces cuando Smantha comenzó a activar en el Frente de Agrupaciones Universitarias de Izquierda, conocido en la facultad como el faudi.
--Ah, entonces tiene que estar tan reventado como nosotros.
Por fortuna , en aquellos días politizados. Samantha pensaba muy poco y nada en mi amor pequeño burgués. Cierta noche de viernes insistió en encontrarme, nada más que para agredirme y comunicarme que estaba espantosamente enamorada del heroico dirigente estudiantil. y para pedirme que la aconsejara porque, a pesar de mi hijoputismo , yo era una parte fundamental de su vida. Es que claro, entiendanlo, el sol de Stanislavsky ya había asomado para mí también, se me había quedado y lo llevaba entonces en la piel, en las palabras. Por eso quizá le aconsejé que sí, que obedeciera los dictados de sus obsesiones, que nunca renunciara a las apetencias de su corazón , y estupideces por el estilo. Si total, si se me antojaba, yo podía ponerme en serio y hablar a lo Stanislavsky : le dije querida, no temas equivocarte, en la vida estamos para equivocarnos, cuando un tipo no teme a las equivocaciones recién es poderoso, la experiencia es la suma de los errores cometidos, viví cada momento --- supongo que habré dicho esa gastada palabra-- intensamente, porque nada vale más en la vida que jugarse por amor, signo absoluto de vitalidad, por eso no temas las preocupaciones , las vigilias , los terribles miedos, ni a las cárceles más sórdidas. Recuerdo que se había hecho muy tarde, hablábamos como grandes amigos, me escuchaba y por eso entonces yo estaba lleno de máquina, puedo asegurar que hasta la apreciaba, que como mujer ajena me caía muy bien, podría ser mi mejor amiga. Comimos pizza en Banchero , reímos, evocamos nuestra historia como si fuera interesante, me habló pestes del partido comunista prosoviético y revisionista, y hasta me dijo que tenía ganas de presentarme a Esteban, traidor a la clase.
--Sí, no te lo niego, está reventado, pero así y todo vale la pena toparse con él, me gustaría que lo conocieras -- dice Samantha.
Y aquella noche revisionista tomamos bastante vino de la casa. Después nos fuimos a dormir al Dallas, y habrá ocurrido algún polvo con amistad y ternura, con seguridad indigno de entrar en ninguna estadística.
Rodolfo se toma la cabeza, jodón, para decir:
--! Un abogado!, conocer a un abogado, qué mal habré hecho para que , a esta altura de mi vida, me digan que me quieren presentar a un abogado.
Ocurre--- y Samantha lo sabe-- que Rodolfo siempre mantuvo litigios con la abogacía, y tal vez hasta odia esa circunspecta profesión.Es que su padre, don Abdel Zalim, se hacía llamar doctor,todo Avellaneda lo creía un aunténtico abogado. Y el pibe, zalim chico , creció en esa agobiante atmósfera de expedientes , viajes rutinarios a La Plata, escritorios y portafolios de abogados. Y porque sus destino tendría que haber sido ese, una oficina y la chapa dorada en la puerta, doctor Rodolfo Zalim, abogado, el gran sueño de su padre, pero por suerte terminó así. Y cuando sus padres se separaron , lo primero que hizo el pibe fue cambiar de carrera, es decir, abandonar la facultad de derecho para ponerse a vender retratos, a cambiar entonces la frialdad de las leyes por la locura de la calles , los exámenes por los secretos de las puertas. Y ridiculizar esa profesión fue, después, ya un costumbre, tal vez porque era la mejor manera de vengarse , de ridiculizar tiernamente a su novelístico padre, de quien mejor no hablar porque ya se le dedicó una novela, Don Abdel Zalim, editada por Corregidor, en 1972 y obstaculizada con puntualidad por la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, en 1978.
-- Pero no te persigas mucho, mirá que no parece un abogado-- dice Samantha--. Su profesión lo jodió bastante pero eso ya lo superó, porque...
Sin embargo Rodolfo no la deja hablar, dice que de la abogacía un abogado no podrá librarse nunca, es como la yerba mala el derecho, fijate, si un abogado en bluyin parece un disfrazado. ¿ Y los abogados poetas? Dios mío, son inaguantables, hacen poesía correcta, legal. Te aseguro que si yo no quiero ir al mar en enero es porque está la plata repleta de abogados paleteando, implorando mansamente vivir, desagotando once meses de exhortos, corbatas, saludos falsos.
---Adrián no tiene nada que ver con esos abogados, no digas boludeces --- dice Samantha, furiosa, pero Rodolfo no la escucha.
--Los veo por la playa en shorts y me parece verlos con trajes oscuros, los veo arrojarse al mar desde las escolleras y me parece que se tiran con expedientes y corbatas, me parece que se les caen los portafolios al agua, veo hojas selladas sobre las olas, veo pelos de bigotes, sillones oscuros de oficinas, pisapapeles, legalidades que nada tienen que ver con el mar.
Entonces, una rememoración revisionista era preferible a bancármela sin respiro, de manera que me alegré por su flamante metejón con el pobre víctima de Esteban, ya violentamente acribillado, arrojado desde un auto en movimiento por el Tigre, una mañana con mucho sol. Creí que en el futuro seríamos con Samantha apenas grandes amigos,o, por menos, simples conocidos que pueden, o no, subir a una cama a ensayar amor, sin mayores compromisos, libres, jodidos. Tenía derecho a creerlo, si ya no me perseguía, ni pensaba en mí.
--Entonces, ¿ por qué no te vas al mar en febrero?--n dice Samantha, siguiéndole ya la corriente.
--Porque es peor, si están los psicoanalistas, que son peores, pero más entretenidos. Y las psicoanalistas, no se puede negar, son mucho más interesantes que las abogadas, que pobrecitas son deprimentes. Pero las psicoanalistas son hermosas, bien putas, con ellas hay que mostrarse salvaje, gozan como perras, están más reventadas, entendés.
--Qué velocidad que tenés, Rodolfo. Estás bien, bien rayado--- dice Samantha, los ojos muy grandes, brillosos como las propagandas.
--Decime ahora que no. Los abogados y los psicoanalistas deberían dejarse de joder y ponerse de acuerdo , cosa de veranear el mismo mes , que tendría que ser marzo. No puede ser que se repartan el verano con tanta impunidad, que dejen tranquila a la gente de trabajo, a los plomeros , comerciantes, novelistas.
Y seguro que mucho menos pensó en mí cuando , a instancias de Esteban, Samantha comenzó a participar de manifestaciones , volanteadas, asambleas. Ya no cursaba de verdad ninguna materia , la política universitaria era el centro de su vida, pero al tiempo, eso, no le importaba un pepino, él seguía pensando igual, rapidamente.
---Che, Rodolfo, ¿ cómo haces?-- pregunta Samantha, pastito en la boca.
---¿ Para qué ?--- suspendiendo su loco razonamiento del verano Rodolfo, su delirio con los abogados y psicoanalistas. Sabe, eso sí, que ella le dirá: para tomarte la vida así, a la chacota, para joder siempre.
Y estoy absolutamente convencido que se olvidó de mí cuando Esteban, en un café semiclandestino, universitario y apartado de Urquiza, cerca de Independencia , le propuso que ingresara al verdadero partido de la clase obrera, al Partido Comunista Revolucionario.
--Para tomarte la vida así-- dice ella--. ¿ Todo es motivo de joda para vos?, ¿ tan mal venís?, ¿ tan fuerte te pateó la realidad? Ahora sí que te creo que estás destrozado.
Y nos reímos, los dos, como locos.

( La obra Continua...)
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