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"Fui violada una y otra vez"

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Marcela Loaiza se define como una sobreviviente. La mujer, colombiana y de 36 años, fue secuestrada por la mafia Yakuza cuando tenía 21. Durante 18 meses, estuvo cautiva en Japón, donde fue obligada a prostituirse. Ahora dirige una ONG que ayuda a las víctimas de trata y escribió un libro donde cuenta sus días en el infierno.



Sacar lo positivo de cada experiencia. Convertir los problemas en una fuente de aprendizaje. Cambiar el cristal con que se mira. Son todos preceptos que son más fácil de decir que de vivir. Cuesta hacer carne estas ideas cuando se atraviesan situaciones traumáticas. Pero cuando se consigue metamorfosear el dolor, los beneficios son infinitos. Marcela Loiaza es un claro ejemplo de esto. Cuesta creer que esta mujer colombiana de 36 años, que sonríe a cada rato y se muestra agradecida con la vida, haya pasado “una temporada” en el infierno. Durante 18 meses estuvo en manos de la mafia Yakuza. Cautiva en Japón, fue violada y obligada a ejercer la prostitución.

“Cuando tenía 21 años, conocí un hombre en una discoteca que me dijo que era representante de talentos y que me haría famosa, yo le creí y ese fue el comienzo del infierno”, dice Marcela. En es entonces, ella vivía con su pequeña hija de tres años, en un barrio muy humilde de la ciudad colombiana de Pereira. “Mi niña sufría de asma, éramos pobres, y yo trabajaba todo el día como cajera en un supermercado. Lo que me ofrecía este supuesto representante de artistas sonaba interesante, parecía la posibilidad de salir de los problemas. Cometí el error de creerle”, remarca la mujer. El hombre le dijo que tenía un contrato laboral para ella en Japón y, en pocos días, le tramitó el pasaporte y la llevó a vivir allí.

Durante el año y medio que vivió en el país nipón vivió todo tipo de maltratos. “Fui violada una y otra vez por los integrantes de la mafia Yakuza, que fueron los que me secuestraron. Me obligaban a tener sexo con cerca de 20 hombres cada día, durante todos los días de la semana, incluso cuando estaba indispuesta. No me dejaban salir, vivía encerrada. Muchas veces le pedía a los clientes que pararan pero ellos seguían como si nada. Me veían cansada, enferma o llorando y se acostaban igualmente conmigo”, recuerda, entre lágrimas.

Marcela asegura que debería eliminar el comercio sexual. “A ninguna mujer le gusta ser prostituta, aún cuando diga que lo hacer porque quiere. Una termina creyéndose que elige lo que hace cuando en realidad es víctima de la situación. A mí también me pasó. Nadie puede sentirse bien si lo tratan como a un objeto”, subraya.

En los días que vivió encerrada lo único que deseaba era escaparse, pero le resultaba difícil y tenía mucho miedo. “Cuando estábamos en la calle, nos controlaban. Pasaban los guardianes y nos amenazaban con cadenas de metal”, recuerda. Cuando ya casi no le quedaban fuerzas para seguir soportando tanto dolor, apareció su oportunidad. “Logré convencer a un cliente fijo que me ayudó a escaparme. Me dejó ropa y una peluca, para que me disfrazara. De ahí me fui corriendo hasta la embajada de Colombia, donde me dieron un pasaje para volver a mi país”, cuenta.

Creyó que ya todo había terminado, pero se equivocó. Sola en su país, y sin la protección que le había prometido el gobierno, otra vez quedó relegada a las calles. "Estaba desesperada. Me sentía enferma y débil tanto física como psicológicamente. Además mi mamá no me hablaba porque pensaba que estaba haciendo algo incorrecto, pero yo no podía elegir, estaba atrapada", recuerda, angustiada. Un día, llorando en la iglesia, se topó con una monja que la ayudó a comenzar a rehacer su vida. “Muy lentamente comencé a entender que yo era víctima de la situación y pude salir. Busqué trabajo, volví a empezar y al poco tiempo conocí a quien es hoy mi marido”, concluye.

Nunca logró conseguir la justicia que buscaba. Su causa, dice, se esfumó y no quedaron registros de todo lo sucedido, salvo las marcas que ella guarda en sus recuerdos. “Ser víctima de trata es como tener un tatuaje en el alma”, dice. Pero, lejos de sentirse desanimada por esto, ella decidió mirar hacia delante y resignificar todo ese sufrimiento para convertirlo en algo positivo. "Quiero ayudar a las chicas que están pasando lo mismo que yo atravesé en su momento, para que sepan que se puede salir adelante y escribir otra historia", cuenta. Desde su ONG, que lleva su nombre y apellido, colabora para brindarles asistencia a las mujeres que son víctimas de trata. Además, ofrece charlas para compartir su vivencia y crear conciencia sobre las redes mafiosas que operan a nivel mundial. Hace poco publicó su libro Víctima de la mafia Yakuza donde cuenta todo lo que padeció como esclava sexual.






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