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Gaetjens: un gol mítico y un final trágico

Nació en Haití, pero el Mundial de 1950 lo transformó en superhéroe de los Estados Unidos por un gol histórico. El régimen dictatorial de Duvalier le inventó delitos. Lo torturaron y lo mataron.




Ese día de junio de 1950 sucedió lo imposible. Los ingleses llegaban al Mundial de Brasil a demostrar una presunta verdad de esos tiempos: que eran los mejores. Resultaba su primera participación en la Copa del Mundo y habían debutado con una victoria (2-0 ante Chile, en el Maracaná), cuatro días antes. Y enfrente, en el estadio Independencia de Belo Horizonte, estaba Estados Unidos, una suerte de invitado a la demostración de Los Inventores. Pero de repente todas las presunciones se pusieron de rodillas: los americanos, con un gol de Joseph Edouard Gaetjens, se impusieron 1-0. En el equipo inglés jugaba Alf Ramsey, de quien la historia contó luego que aprendió la lección: en 1966, ya como entrenador, llevaría a Inglaterra al único título mundial de su historia. Pero a Gaetjens -ese haitiano que hizo feliz a Estados Unidos con un grito- nadie le agradeció por aquel cachetazo que despertó a los ingleses.

Más que a un asombro se parecía a una mentira. Tal fue la sorpresa por aquella derrota inglesa que las agencias de noticias de la época pedían ratificar por télex el resultado del partido. Todos creían que era un 10-1 y no un 0-1. "Confirmen... Por favor, confirmen resultado...". Era cierto. Había ganado Estados Unidos. Y el gol había nacido de los pies y de la cabeza de un postergado por su origen.

Gaetjens, sin embargo, no había nacido en situación de desventaja. De madre haitiana y padre alemán, su bisabuelo Thomas había sido encargado de negocios bajo el mandato de Federico Guillermo III de Prusia. Su familia, de hecho, estaba considerada como una de las más influyentes en la sociedad haitiana. El fútbol, territorio inhóspito en aquellos días en el país caribeño, lo cobijó en su adolescencia. Y jugó hasta destacarse en el Etoile Haitienne. Pero pronto partió. Los negocios familiares ya no funcionaban como en otros días felices y el fútbol no ofrecía dinero entonces. Se fue a estudiar contabilidad a la Universidad de Columbia, en Estados Unidos. Lavó platos a cambio de unos pocos dólares. El azar abrazó a su pasión: cuando no esperaba volver a jugar, el dueño del local en el que trabajaba -un tal Eugene Díaz, gallego y futbolero- lo convenció para que participara del equipo que le simpatizaba. Se llamaba Brookhattan y participaba de la American Soccer League. Gaetjens la rompió. Fue goleador y lideró a su equipo rumbo a la final de la competición nacional.

Su convocatoria para el Mundial de 1950 fue la consecuencia de aquellos goles. No importó su origen. Le prometieron nacionalizarlo. Nunca lo hicieron. Pero aquel grito frente a los ingleses - tras esa definición impecable e implacable, a los 38 minutos de juego- fue y es un hito en el creciente recorrido de este deporte en el territorio de la NBA y del Super Bowl. En 1976, 18 años antes de ser sede de la Copa del Mundo, Estados Unidos incluyó a Gaetjens en el Salón de la Fama del fútbol de ese país en el que no había nacido.

Tras probar suerte sin éxito en el fútbol francés (jugó para el Racing de París y para el Olympique Alés), se retiró a los 29 años, luego de jugar en la Liga de Haití apenas una temporada, en 1953. Y también luego de darse el gusto de disputar un partido para el seleccionado de su tierra, por las Eliminatorias para el Mundial de Suiza 1954. Las lesiones lo habían averiado demasiado. Pero su regreso a Puerto Príncipe -la ciudad de su nacimiento, la capital del país caribeño- lo encontró con su propia tragedia. Eran tiempos convulsionados en un país acostumbrado a los golpes. De sus colonizadores, de sus dictadores y hasta de la naturaleza.

Al Haití profundo y devastado lo contó alguna vez Eduardo Galeano: "Los esclavos negros de Haití propinaron tremenda paliza al ejército de Napoleón Bonaparte; y en 1804 la bandera de los libres se alzó sobre las ruinas. Pero Haití fue, desde el pique, un país arrasado. En los altares de las plantaciones francesas de azúcar se habían inmolado tierras y brazos, y las calamidades de la guerra habían exterminado a la tercera parte de la población. El nacimiento de la independencia y la muerte de la esclavitud, hazañas negras, fueron humillaciones imperdonables para los blancos dueños del mundo. (...) Por haber sido infiel al amo colonial, Haití fue obligada a pagar a Francia una indemnización gigantesca. (...) Thomas Jefferson había advertido, desde el principio, que había que confinar la peste en esa isla, porque de allí provenía el mal ejemplo. La peste, el mal ejemplo: desobediencia, caos, violencia. En Carolina del Sur, la ley permitía encarcelar a cualquier marinero negro, mientras su barco estuviera en puerto, por el riesgo de que pudiera contagiar la fiebre antiesclavista que amenazaba a todas las Américas". En las huellas de su historia se explican también varios de sus dolores presentes. Incluso más allá de su fútbol remoto y precario, claro.

En ese país fracturado, a Joe le hicieron pagar por portación de apellido. Los Gaetjens estaban ligados a Louis Dejoie, el candidato presidencial que perdió las elecciones de 1957 ante Francois Papa Doc Duvalier. Más tarde, dos de sus hermanos fueron acusados de organizar un golpe de estado desde su exilio en República Dominicana. Ya con Duvalier autoproclamado presidente vitalicio, en 1964, los Gaetjens tuvieron que huir del país. Joe, que nada tenía que ocultar ni por lo que rendir cuentas, decidió quedarse. Fue la última y la peor de sus decisiones. Lo metieron preso, lo acusaron de delitos en los que no había participado. Lo torturaron. Lo mataron. Su cuerpo sigue sin aparecer. Pero aquel gol que ya es leyenda sigue vivo en la memoria del fútbol.
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