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Ganó Masterchef hace tres meses pero no ve un peso

Elbita Rodríguez sobrevive con $4.000 a pesar de que en el programa de TE-LE-FE se hizo acreedora a $250.000 que todavía no ve y necesita muchísimo.





Con jóvenes 24 años, Elba Rodríguez, hija de inmigrantes bolivianos, se consagró como la ganadora del reality de cocina Masterchef hace poco más de tres meses.

El programa hizo picos de 24 puntos de rating. La noche de la final le dio la revancha a Elbita, quien aprendió el oficio de la mano de su madre, y que supo capitalizar demostrando sus habilidades en el formato importado del Reino Unido. La misma humilde trabajadora que cocina desde los nueve años, cuando tuvo que hacerse cargo de las cenas familiares porque sus padres trabajaban.

Sin embargo, los 250 mil pesos que ganó, los vouchers en canje por productos de supermercado, la beca en una prestigiosa escuela de cocina y la posibilidad de editar y lanzar su libro de recetas, en nada la cambiarían. Para Elba, la realidad solo cambió en el cariño que a diario le dedican por las calles de su barrio y zona de trabajo. Sigue viviendo en Lomas de Zamora, en la casa en que se crió, aquella donde afloran la humildad y sencillez.


Lo inadmisibles es que todavía no le pagaron el dinero prometido, y tuvo que cubrir sus necesidades alimentarias, por ejemplo, con el pago en mercadería que reclamó y rápidamente obtuvo por parte de la cadena de supermercados que auspició el ciclo.

Expectante por la presentación de su primer libro, que ya terminó de escribir, y con todas las ansias de tener su propio programa de cocina, hija de padre albañil y madre ama de casa, enfrenta en su día a día una difícil realidad económica, aunque procura capitalizar cada uno de sus minutos. Durante la semana, acepta toda oferta para dar clases de cocina en eventos sociales o políticos, para sumarse algunos pesos.

Claro, hoy podría estar viviendo de los frutos que diese su restaurante, si no fuese porque a 90 días de terminado el concurso, todavía no cobró el dinero acordado al convertirse en la ganadora de Masterchef, y que tiene trunca una realidad que la tendría más holgada en términos de dinero. Aunque semanas atrás viajó a Bolivia y recibió una distinción de su presidente, Evo Morales, la morocha sabe que los reconocimientos le alimentan el espíritu, pero no el estómago. "Quejarse es perder el tiempo. Y el tiempo es algo muy valioso", definió tiempo atrás.

Del otro lado del sol. Con el fin de ayudar a su familia y que le quede algún dinerito para cubrir mínimas necesidades, es que Elba no le pone el freno al trabajo que conserva hace tres años y medio. Así, los sábados, domingos y feriados, las tardecitas, noches y madrugadas la encuentran en la localidad bonaerense de Avellaneda. La línea de colectivo 10 la acerca hasta la terminal que está a media cuadra de UPA –Unidad de Pronta Atención–, donde trabaja. Y cuando el sol comienza a bajar, la cocinera camina hasta la intersección de Caraxaville y Boulevard de los Italianos, donde la esperan doce horas de arduo trabajo. Claro, los pocos metros que tiene que hacer entre el transporte público y el centro de salud le roban largos minutos. Elba frena su marcha a cada paso. Porque se acerca un chiquito a pedirle una foto con ella, porque una señora la detiene para decirle que la admira o hasta los seguidores masculinos le dedican piropos desde los balcones. "Elba me enamoré de vos. Pásame la receta de las empanadas", se le escuchó decir a un joven, cual Romeo, pintando las rejas de su balcón. Y cuando logra ingresar a la salita sanitaria, inmediatamente comienza con sus quehaceres.


Encargada del área de admisión, es quien mantiene un primer contacto con los pacientes que se acercan al lugar con distintas necesidades. Elba toma los datos personales de cada paciente con especial carisma y dedicación. Incluso, si alguno la reconoce, no tiene reparos en contarle qué recuerdos tiene de su paso por la tele, con tal de aliviar algún mal. En una zona que se encuentra rodeada por tres villas de emergencia, la heroína de las recetas atiende a más de 7 mil personas al mes por 4 mil pesos. Más allá de su adjudicada función, siempre está predispuesta para colaborar en otras funciones, como ingresar en silla de ruedas a una joven descompuesta, procurar calmar el nerviosismo y ansiedad de las personas doloridas, en el caso de que haya demora y tengan que esperar un ratito más de lo previsto para ser atendidos por un médico. "Me gusta el contacto con la gente. Por eso, casi cuatro años atrás, cuando fue hecho este lugar inspirado en la favelas de Río de Janeiro, es que me anoté y pedí que me tengan en cuenta para este puesto de trabajo. Soy de las personas que creen que para atender a los enfermos hay que tener un carácter positivo".
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