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Griesa o Cristina, remake de Braden o Perón



Fabián Bosoer

Es una película que ya vimos y vivimos. La Argentina, nuevamente víctima del imperialismo yanqui y el sistema financiero internacional que nos quiere poner de rodillas y pretende quedarse con nuestras riquezas. El águila arrogante reemplazada por el buitre carroñero. El anciano juez Thomas Griesa, que ya tiene su lugar en las páginas de las atribuladas relaciones entre la Argentina y los EE.UU., encarna la figura perfecta de un Tío Sam del siglo XXI.

Servido en bandeja para desempolvar el siempre eficaz recuerdo de Mr. Spruille Braden, aquel bravucón embajador yanqui que pretendió “escarmentar” a nuestro país hacia el final de la Segunda Guerra, y usarlo como caso testigo para que ningún otro osara plantarse frente a Washington, contribuyendo así al ascenso de su archienemigo el coronel Perón, que se puso al frente de la gran epopeya nacional y popular. Ahora tenemos al juez Griesa cumpliendo el papel de Braden, queriendo aplicar un “castigo ejemplar” a este país díscolo que incumple los compromisos con sus acreedores. Y hay que remontar otra situación que coloca a nuestro país en una situación comprometida para acceder a créditos, inversiones, mercados externos.

Podemos entretenernos con estas simplificaciones publicitarias del relato y la historia oficial. O podemos reconocer que las cosas resultan, como siempre, más complejas que ese juego de héroes y villanos. En este caso, en particular, hay que recordar la verdadera historia de Braden con Perón: a comienzos del ‘45 también Perón -como Cristina hoy- buscaba un acuerdo con Washington, lejos de la retórica antiimperialista que vendría luego, y fue Braden -como Griesa hoy- quien terminó abortando esas gestiones con su pertinaz obcecación. De manera que no todo era “blanco o negro”. Braden y Perón tuvieron conversaciones y tratativas para alcanzar ese acuerdo que ya estaba al alcance de la mano. Perón, que era en ese entonces el hombre fuerte de una dictadura en retirada, estaba buscando créditos e inversiones norteamericanas, que EE.UU. ofrecía por la Ley de Préstamos y Arriendo, de la que Argentina estaba excluida por su neutralidad en la Segunda Guerra. Braden reclamaba gestos contundentes que Perón se negó a darle. Esas conversaciones terminaron muy mal y ese fue el origen de aquella enemistad que se convirtió en eficaz consigna política. Pocos recordarán que Braden estuvo apenas cuatro meses en la Argentina, y ello le bastó para armar el gigantesco revuelo que ayudó a Perón a ganar las elecciones del ‘46. Pero le costó a su gobierno -y al país- años de nuevas idas y venidas con Washington para recomponer vínculos dominados por la desconfianza recíproca.
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