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"Guty free", por Jennifer Llanos



Ante las monstruosas dimensiones que está cobrando el fenómeno “EEG”/“C” (“Esto es guerra” /“Combate”), el adulto serio y respetable tiene dos posibilidades: comportarse como un adulto serio y respetable que no entiende por qué los bamboleos y escarceos de chicos y chicas metabólicamente privilegiados tienen cautivados a nuestros jóvenes; o reconocer que es muy difícil resistirse a los que venden este tipo de programas y convertirlos en tema de reflexión familiar, más que en un placer vergonzante. En serio, hay harta discusión interesante por rebanar, sobre todo si tenemos niños en casa.

Para empezar, las diferencias vestimentarias. ¿Tiene sentido que los muchachos lleven prendas cómodas –shorts largos y camisetas sueltas– mientras que las chicas deben correr, saltar, agacharse y contorsionarse en algo parecido a una ropa de baño? Sí, ya todos sabemos cuál es la razón de semejante sinsentido, pero el solo hecho de cuestionarlo no solo favorece el desarrollo del espíritu crítico en los más pequeños, sino que también permite hacerles llegar el mensaje –sin sonar serios, respetables e imbancables– de que las cosas podrían ser diferentes.

Otro ángulo, digamos, curioso de los dos programas que tienen hipnotizada a la audiencia es el llamativo, y definitivamente no involuntario, predominio de participantes heterosexuales. O aparentemente heterosexuales. ¿‘Really’? Justo ahora que deportistas, políticos y gente de todas las esferas comienza a animarse a reconocer su homosexualidad, resulta por lo menos “raro” que entre las guerreras y los combatientes no haya un solo gay, al menos no abiertamente. Un debate al respecto, en plena sala de la casa, no solo promete ser candente sino que además hay grandes posibilidades de que la conversa se vuelva más apasionante que las vicisitudes de cobras y leones. En la misma línea, pero solo si usted es de los que no le temen a la polémica, también puede aprovechar el reciente affaire Milett-Guty-Melissa para analizar con la familia qué hubiera cambiado en este sabroso escandalete si en vez de darle sajiros virtuales a una chica, el hijo de Edith Tapia hubiera tratado de seducir a un varón. ¿Más o menos grave la falta? ¿Por qué?

Claro, usted dirá, los medios también podrían buscarles ángulos diferentes a las modas –no solo las televisivas– en lugar de limitarse a seguir la corriente y pescar a río revuelto. Y tendría usted mucha razón. Pero ese ya es otro tema de debate, y uno mucho muy complejo.
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