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Historia de un genio: Steve Jobs

Un visionario de la tecnología y uno de los hombres de EE UU con peor fama. Es el padre del Macintosh, del primer ordenador personal, y de la película 'Bichos'. Tras un largo destierro, Steve Jobs vuelve a revolucionar el mundo con el iMac y el iBook.

Del primer Apple I al iBook. Once años ha pasado el fundador de Apple sin pisar las oficinas de la compañía, sin visitar ese edificio que llamó Siberia y en el que colgó una bandera pirata para simbolizar la lucha de su Macintosh contra IBM. Once años en los que Jobs ha aprovechado para ganar un Oscar y construir la máquina en la que se inventó la World Wide Web, mientras la empresa que había creado y de la que fue humillantemente despedido se hundía más y más. Ahora, Steve Jobs ha vuelto a Apple para salvarla de la muerte. El último producto salido de su extraordinaria imaginación y visión comercial, el revolucionario portátil iBook, acaba de salir a la venta en España; en Estados Unidos, mientras, se ha presentado el nuevo iMac, ese PC de colores inverosímiles que ya poseen dos millones de personas y que revolucionó, hace justo un año, el mercado informático mundial, convirtiéndose en el ordenador más vendido de la temporada navideña. «No hay segundas partes en las vidas americanas», decía F. Scott Fitzgerald, pero la regla no se ha cumplido, al menos por una vez. Apple ha resucitado, Jobs ha vuelto.
En este mundo plagado de egos que es la alta tecnología, ningún otro personaje despierta tanto interés como Steve Jobs, salvo, quizá, su íntimo enemigo, Bill Gates. Jobs tiene un cuarto de visionario, un cuarto de tiburón de las finanzas, un cuarto de artista y otro cuarto de genio del marketing. En el Silicon Valley, el nombre de Steve Jobs significa libertad, creatividad e innovación, pero también tiranía y egocentrismo. Pero, sobre todo, Steve Jobs significa Apple. «Es mi primer amor», dice, «esa relación que siempre será especial, no importa cómo termine». Una joven historia de amor, porque Jobs tenía apenas 19 años cuando la vivió y, gracias a ella, ha conseguido realizar todos sus sueños. Popularizar la tecnología, según sus admiradores. Dominarla a su capricho, según sus detractores.
Claro que no lo ha hecho solo. Detrás de Jobs ha estado siempre algún brillante ingeniero que ha construido lo que Jobs veía que podía funcionar. En Apple fue Steve Wozniak. En Pixar, John Lasseter. En NeXT, el equipo que inventó el Macintosh.
Steve Jobs comenzó a andar en el mundo de los negocios con Steve Wozniak, Woz. Se conocieron en el instituto y se hicieron amigos en seguida. Eran tipos raros; a ambos les apasionaba la electrónica, los dos estaban entusiasmados por la mística religiosa, y muchos dicen que también coquetearon con el LSD. «Wozniak era el chico hardware; sus elegantes diseños de los circuitos del Apple I todavía impresionan a los ingenieros. Y Jobs era el chico marketing, que se daba cuenta de que lo que Woz producía se podía vender», dice Scott Rosenberg, columnista de la revista electrónica Salon.
La capacidad de Jobs para ver mucho más lejos que la gente que le rodea es una de sus características más legendarias, la que le ha llevado a tomar parte en los inventos más revolucionarios de la informática, y la que, según sus colaboradores, le hace intolerante e impaciente. «Es uno de los más brillantes visionarios que la industria de la tecnología ha visto nunca», dice Jim Carlton, periodista del Wall Street Journal que acaba de escribir un libro de 500 páginas cuyo título lo dice todo: Apple: una historia de intriga, egomanía y meteduras de pata.
Jobs y Wozniak, la visión y la ingeniería, comenzaron a trabajar juntos diseñando el primer ordenador personal de la historia, el Apple I, que nació en 1976. El Apple I, y sobre todo el Apple II, representaron todo lo que la historia identificaría, siempre, con esta compañía: fiabilidad, innovación y perfecto diseño. Pronto comenzaron a llover los pedidos, y Apple se convirtió en la compañía de más rápido crecimiento de Estados Unidos. En 1983 facturaba 2.000 millones de dólares, mientras Jobs era el chico de moda. Una vez más, era el sueño americano.
Pero debajo del sueño estaban los problemas. Wozniak se fue de la empresa, y, aunque la historia oficial de Apple no ha revelado lo que ocurrió, todos los libros y biografías no oficiales hablan de que Woz, simplemente, no podía soportar a Jobs. «Steve puede ser un tipo insultante y muy dañino», dijo Wozniak.
Porque Jobs es el personaje con peor fama de todo el sector. Tiránico, colérico, imprevisible, inmaduro, las leyendas acerca de su mal humor se han multiplicado a lo largo de los años, junto con su fama paralela de tipo inteligente y astuto. Algún biógrafo resalta jocosamente que el primer trabajo que tuvo Jobs en su vida fue ser el Sombrerero Loco de Alicia en el país de las maravillas en un parque de atracciones, lo que resultó premonitorio. «Tiene casi lo que yo llamaría una doble personalidad», confirma Carlton. «Por un lado, es un genio de la creatividad que puede seducir y empujar a sus ingenieros para que lleguen a sus límites intelectuales. Por otro, puede ser muy cruel, gritando a sus subordinados o despidiendo gente a voluntad». Carlton cita anécdotas como, por ejemplo, aquella época en la que a Jobs le dio por asaltar a cualquier empleado y le pedía que justificara en medio minuto su trabajo o, de lo contrario, era despedido.
Los problemas también venían de fuera. En 1981, IBM saca al mercado su primer ordenador personal, el PC. Jobs se dio cuenta de que para competir con el Gran Azul (big blue, como se conoce a IBM en el sector) necesitaba a alguien que supiera de negocios con mayúsculas. Así que buscó a un empresario, y encontró a John Sculley, entonces presidente de Pepsi Cola. Cómo el joven Jobs convenció al responsable de una de las mayores compañías del mundo para que dirigiera Apple forma parte ya, también, de la leyenda: «¿Quieres pasarte el resto de tu vida vendiendo agua con azúcar o quieres cambiar el mundo?», le preguntó Jobs. Sculley se mudó a Cupertino de inmediato. «Steve me ha seducido», decía entonces.
Jobs, el gran seductor, como lo llama el escritor Tom Levy. Es un tipo alto, apuesto, divertido y dotado de una «voz profunda e hipnótica», según Carlton. Aunque muchos le temen, la mayoría de los empleados de Apple han deseado trabajar con él. Jobs llegó, incluso, a vender un ordenador al rey Juan Carlos, después de unos minutos de conversación en una feria en San Francisco.
Pero la operación de seducción de Sculley fue el mayor error que Jobs pudo cometer. En aquella época, Jobs andaba ensimismado con el que era el proyecto de su vida: el Mac. Una visita al centro de investigación de Xerox le dio una idea revolucionaria; cogió a su equipo de ingenieros, se mudaron a un edificio que llamaron Siberia, colgaron una bandera pirata y se pusieron a trabajar 90 horas semanales en el ordenador que iba a cambiar para siempre la informática personal. «Dos meses antes de que se presentara públicamente, fui a ver la máquina», recuerda Tom Levy. «Sólo sabía el nombre, Macintosh, y que se suponía que iba a cambiar el mundo. Alguien encendió el ordenador; entonces lo supe: cambiaría el mundo».
El Mac era especial porque, simplemente, era el primer ordenador personal de verdad. Era el primero que iba dirigido a las personas. Se sacaba de la caja, se enchufaba y listo. Además, su presentación nada tenía que ver con la selva de letras y números en blanco y negro del MS-DOS, el sistema operativo desarrollado por IBM y la que entonces era una pequeña compañía de software llamada Microsoft. Era un ordenador sencillo, limpio, divertido. Tenía un sistema gráfico conocido como WYSIWYG (What You See is What You Get, lo que ves es lo que tienes) que permitía trabajar a través de iconos; mostraba un reloj cuando había que esperar y una bomba cuando el sistema se caía. La revolución.
El Mac fue pronto un símbolo de juventud, libertad, rebeldía e inconformismo. «Cualquiera que entre en contacto con un Mac se queda impresionado con su personalidad», dice Levy. Artistas, músicos, pintores, todos compraban Macs. Ser un makero se convirtió, casi, en una religión.
Jobs puso la vida en el Mac, lo que era un problema creciente para Sculley, quien finalmente decidió desplazarle del equipo. Cuando se enteró, Jobs rompió a llorar. El tipo que había revolucionado para siempre la informática personal lloró, gritó y blasfemó. Poco después se marchó de Apple. No volvería nunca a Cupertino. Nunca, hasta 11 años después.
«Nos han arrancado el corazón», decía entonces uno de los empleados de Apple. Pero el corazón de la manzana supo esperar. Para empezar, se gastó 50 millones de dólares de su bolsillo comprando a George Lucas la división de animación de su imperio Lucasfilm. Así nació Pixar, y así nació Toy story, un filme que ya forma parte de la historia del cine porque fue el primer largometraje realizado íntegramente por ordenador. La película, producida a medias entre Pixar y Walt Disney, consiguió un Oscar y fue el mayor éxito de taquilla de 1995. Después de Toy story llegó Bichos. El gran visionario fundó también NeXT. Como con el Mac, Jobs se entusiasmó con esta máquina extraordinaria, repleta de funciones, pero carísima. Como con el Mac, la creencia de Jobs en el NeXT era casi religiosa, y también gastó millones en publicidad y en el diseño del ordenador en el que el programador británico Tim Berners-Lee inventó la World Wide Web. Su obsesión por la estética es tal que recientemente ha declarado en la revista Time que quiere estar en la intersección de la ciencia con el arte.
En Apple, mientras, los problemas se multiplicaban. El Mac no se vendía, la compañía perdía miles de millones al año y despidió a 4.000 personas. Pero el gran problema de Apple fue Bill Gates.
Puede que Steve Jobs sea, para sus biógrafos, el Sombrero Loco, pero en esta Alicia de la alta tecnología Gates está considerado la Reina de Corazones. Cuando comprobó las maravillas del Mac, Gates decidió renovar su viejo sistema operativo DOS con el look del Macintosh y llamarlo Windows. Fue la mejor decisión de su vida, porque mientras Apple se negaba a dar licencias de sus productos y agonizaba, los clónicos de IBM, con Windows en su interior, se vendían en todo el mundo. Los detractores de Gates dicen que Microsoft «copió» a Apple, y que el Mac era mucho mejor; los partidarios de Windows ofrecen, simplemente, la cifra de que 8 de cada 10 usuarios de ordenador utiliza Windows. En todo caso, Apple nunca se recuperó, y jamás perdonó a Gates.
A pesar de que Jobs estaba muy lejos de esta guerra, la rivalidad Gates-Jobs siempre ha sido explotada por la prensa americana. Ambos tienen la misma edad, y son como el ying y el yang. El empollón y el rebelde. El comerciante y el artista. La corbata y la chaqueta de cuero. El negocio y la creatividad. De hecho, la relación entre ambos es el argumento de una película producida el pasado junio por la TNT para la televisión, llamada Piratas del Silicon Valley. La película ha armado un escándalo tremendo porque Steve Jobs aparece retratado como un egomaniaco tirano e insoportable, mientras Gates es un malvado villano, depresivo e inseguro.
Gates nunca ha querido comentar la película. Jobs, por su parte, se lo ha tomado con humor, e incluso ha aparecido con su actor Noah Wyle (conocido en España por su papel de doctor Carter en la serie Urgencias) en varias fiestas y exposiciones. Dos formas distintas de tomarse las cosas. Dos vidas, también, muy distintas. Gates es hijo de una buena familia de Seattle y estudió en Harvard. Jobs fue adoptado por un electricista, y dejó la universidad. Gates nunca realizó grandes locuras, se ha casado y tiene dos niños. Jobs tuvo una hija a los 23 años con una mujer con la que nunca se casó, viaja a la India en busca de «iluminación espiritual» y es vegetariano militante.
«El único problema que tengo con Microsoft es que no tiene gusto», dijo Jobs en un programa de televisión en 1996. «Hace productos de tercera categoría». Jobs, cuya mayor virtud nunca ha sido la discreción, se disculpó días después con Gates, de la siguiente manera: «Le deseo lo mejor, de verdad. Sólo creo que él y Microsoft son un poco estrechos. Bill sería un tipo más liberal si hubiera tomado algún ácido alguna vez».
Jobs seguía representado a Apple, seguía siendo Apple. Finalmente, en diciembre de 1996 se hizo oficial. Apple compraba NeXT. Jobs volvía a casa. El cargo era «asesor interino», aunque poco después dimitía el Presidente, y Apple no se ha preocupado de buscar otro. En línea con su carácter excéntrico e imprevisible, Jobs no ha querido recibir salario de la compañía, salvo un simbólico dólar anual.
La vuelta de Jobs se hizo oficial en una feria de Apple Boston, el 17 de agosto de 1997. «Cuando apareció en escenario, sonriendo impecablemente y con el mismo aspecto de siempre», recuerda Jim Carlton, «los 2.000 asistentes se pusieron de pie, aplaudiendo y gritando: ¡Steve!, ¡Steve!». Pero la locura se convirtió en silencio sepulcral cuando, poco después, se anunciaba la gran traición: «En la pantalla gigante apareció una gran diapositiva que decía: Microsoft. Y acto seguido apareció Bill Gates, Belcebú en persona», recuerda Markoff. Mientras Jobs anunciaba que Microsoft iba a invertir 150 millones de dólares en Apple, los asistentes gritaron, chillaron, patalearon, silbaron. Jobs no se inmutó: «Tenemos que acabar con la idea de que para que Apple viva Microsoft tiene que morir», aseguraba. Ambas compañías se necesitan: Microsoft es el principal fabricante de programas para Mac, y Apple es, además, uno de los principales testigos del juicio antimonopolio que vive la empresa de Gates.
El «asesor» Jobs ha dado la vuelta a Apple, sacando al mercado el ordenador más sorprendente de los últimos años, el iMac, un PC compacto y transparente, que, además de ser un prodigio del diseño, está preparado para navegar por Internet. Un ordenador para las personas, de nuevo.
Tal y como hizo con el Mac, primero, y con el NeXT, después, Jobs ha invertido mucho tiempo y dinero en el diseño del iMac. Fue el ordenador más vendido de EE UU las pasadas Navidades, y ha colocado a Apple, de nuevo, entre las cinco grandes marcas de PC de EE UU. En 1998, la compañía tuvo 106 millones de dólares de beneficios, por primera vez desde 1994, y su acción en Bolsa se ha revalorizado un 150%.
Pero muchas cosas han cambiado. «Tengo más experiencia y una ristra de cicatrices», dijo recientemente en la revista Wired. Además, sus colaboradores aseguran que ha dulcificado un poco su legendario carácter tiránico. A sus 44 años, Steve Jobs ha crecido.
El futuro ya es otra cuestión. Los analistas del mercado se preguntan qué ocurrirá cuando a la compañía se le agoten las ideas, los brillantes diseños y la estrecha gama de productos que fabrica. Pero en Cupertino sigue trabajado Jobs. Con él han vuelto los rumores; se dice que el «iPresidente» adora al equipo que trabaja en el iMac y que aparca su Mercedes en el lugar reservado para los empleados discapacitados. Sigue la leyenda. «Me ha mentido muchas veces, es un mal bicho», declara un programador. «Pero hace los ordenadores más alucinantes».
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      Avier

      viejisima la nota

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      zozo

      Si ta bien pero la nota es vieja y la escribio un fana de Apple. Insisto Panzer, Jobs es
      un ladri. Cuando armaron la primera maquina el genio electronico era Wozniak no Jobs
      que de electronica ni medio. Ahora si te parece un genio por los diseños externos, alla
      vos.... me parece que genio es otra cosa.

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      gaitadigital

      "Bill sería un tipo más liberal si hubiera tomado algún ácido alguna vez"

      Este tipo está del orto...

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      kowal

      Jobs puede tener buen gusto y visión, pero Wozniak fue el genio.

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      Pala

      recontra largo. Pero está bueno.

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      Astronauta

      Interesante, algo extenso.

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