Historias a 30 años del golpe militar

“Acá vas a decir la verdad, toda la verdad y mucho más que la verdad”


Raúl Radonich escuchó estas palabras cuando fue interrogado en la «Escuelita» aquel 13 de enero de 1977.

Por pablo truffa

“El reencontrarme con mi familia fue muy emocionante”, recordó.

“Soy detenido por tres personas; me atan las manos con sogas; me vendan los ojos y me arrojan a un Ford Falcon. Después de pasearme varios minutos por la ciudad me depositan en la “Escuelita” (que funcionaba detrás del Batallón) atándome ambas manos a los costados de una cama, donde permanezco por un tiempo hasta ser trasladado a otra dependencia, haciéndome caminar siempre en cuclillas con el objeto de no deducir las distintas instalaciones del lugar. Nuevamente soy esposado, pero ahora de pies y manos, sobre el elástico de una cama y me introducen dos cables entre el vendaje, a la altura de la sien. Se me formula una serie de preguntas sobre datos personales, que son volcados a máquina en lo que parecía ser una ficha”; con estas palabras Raúl Radonich relató, en la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), como fue secuestrado y torturado.
Los recuerdos trágicos de aquellos días siguen grabados a fuego, después de 29 años, en su memoria.
La incertidumbre lo envolvió desde aquel 13 de enero de 1977 hasta el 19, cuando fue liberado.
“El interrogatorio me pareció una eternidad. En un momento yo me sentía muy cansado debido a los efectos de las descargas. Ahí me comunicaron que regresarían a la tarde y que dependía de mí como seguía el interrogatorio. Es decir; con máquina o sin máquina”, recordó Radonich.
“Viví durante seis días con total incertidumbre e indefenso sobre mi destino; donde además, recibí expresiones terribles de un integrante del servicio de inteligencia, como por ejemplo ‘acá vas a decir la verdad, toda la verdad y mucho más que la verdad’ o ‘acá no existen esas boludeces de jurar delante de una Biblia”, expresó Radonich.
Más tarde, aunque de manera formal, estuvo nuevamente preso en la Unidad Nº 9 de la capital desde el 2 dos abril hasta el 30 de junio del mismo año. “Esta detención tiene que ver como una especie de pena o sanción que me impusieron por lo declarado el 13 de enero en la “Escuelita”. Fue una especie de sanción por considerarme un perejil”, aseguró Raúl.

Hacer lo imposible para vivir
Fueron sólo seis días los que el actual legislador por el Frente Grande estuvo imposibilitado de su libertad. Tiempo suficiente para sentir en carne propia los actos de tortura por parte de aquel gobierno genocida. “Había que juntar todas las fortalezas del mundo para superar situaciones límites que uno nunca se imaginó tener que enfrentarlas. Incertidumbre, angustia y el temor por saber dónde y cómo terminaría mi vida”, remarcó.
A partir del secuestro de Oscar Ragni creció su preocupación que se confirmó con el secuestro el 13 de enero a las 8.30, mientras estaba trabajando en una gestoría de esta ciudad.
Los días pasaban y la vida era toda una incógnita. Las palabras, los recuerdos y la familia, fundamentalmente, eran películas corrientes en su memoria. “Vivir privado de la libertad; ser torturado y convivir con cuestiones insoportables, es lo peor que le pueden hacer a un ser humano”, dijo Radonich y agregó que “las descargas me desgastaron mucho, perjudicando el consumo de alimentos y hasta mi estado de ánimo”, agregó.
“Una mañana, sentado en mi cama escuché por la radio que mi familia estaba reclamando por mi paradero, eso me dio fuerzas y una gran emoción por saber que existía una preocupación en el afuera”, respondió muy consternado por el recuerdo.
Finalmente, la terrible odisea culminó el 19 de enero.

Tirado en el campo
Su mirada va y viene. La voz amenaza con quebrarse más de una vez cuando recuerda sus días de secuestro e incomunicación. Las lágrimas descansaron unos minutos en sus ojos y de a poco amenazaron con caer. Tembló y bebió agua. Respiró profundo y siguió relatando, ahora, el día de su libertad.
“La noche del 18 de enero me levantó un guardia y me encomendó que me arreglara lo mejor posible, como pudiera. Fui al baño, me acomodé la camisa toda rota, el pantalón sucio, la extensa barba y me regresaron a la cama”, rememoró.
Detuvo un instante su memoria y prosiguió: “Me dejaron en esas condiciones y a eso de las dos escucho ruidos de autos y el que actuó como jefe del grupo se me acerca a la cama y me dice: ‘Pibe, vos vivís en la calle Mendoza 109 con tus viejos’, le respondo que sí y continua ‘bueno, nosotros esta noche te vamos a llevar hasta tu casa”, agregó.
Los interrogantes sobre su paradero volvieron a escena. El salir de noche, el traslado, lo qué sucedería y otros pasaron a resonar por su mente. “Finalmente, me vuelven a introducir al mismo Falcon del secuestro (siempre vendado y con las correas sujetando mis manos) y me conducen boca abajo durante unos 20 minutos hasta que detienen la marcha. Durante el trayecto me fueron dando todas las indicaciones: que negara que había sido secuestrado; que dijera que me había ido a pescar a San Martín de los Andes sin avisarle a mis viejos; que retirara la denuncia erradicada por mis viejos en la Policía Federal; y principalmente, negar esta situación sabiendo como operaban ellos y que si decía la verdad iban a actuar nuevamente”, dijo.
“Al detener la marcha me hacen arrodillar, me sacan la correa, la venda y me dicen que tenga los ojos cerrados y espere cinco minutos. Cuando abrí los ojos me doy cuenta que estoy en medio del campo. Veo una luz muy lejana, así que comienzo a caminar hacia ella y llego a las inmediaciones de Senillosa. Esperé un rato, y me levantó un colectivo que me dejó en la vieja Terminal de la calle Mitre. A las seis de la madrugada me reencontré con mi familia”, respondió con una extensa sonrisa.

El reencuentro esperado
“La entrada a casa fue emocionante. Recuerdo que mi papá se estaba preparando para ir a trabajar y me recibió con el dentífrico en plena boca. Además, los ruidos despertaron a mi mamá. Desde ese momento, más allá de que uno conocía los efectos de la dictadura, se vivió diferente. Vivirlo en carne propia te va condicionando en términos de vida; lo que significa la supresión de la libertad; y también en términos de miedo”, remarcó Raúl Radonich.
Para él, la familia fue un elemento fundamental porque es el valuarte de lo afectivo y los sentimientos incondicionales. Desde el primer minuto, todos respondieron con una enorme entrega realizando las gestiones tanto en una como en otra detención. Igual papel jugó la participación de las autoridades de los colegios donde fue y sus amigos. “Ellos son en lo único que te apodes apoyar para comenzar a reconstruir proyectos y pensar con esperanzas”, dijo.
Pasó la dictadura y también sus prisiones. De la misma manera pasaron las torturas. Pero aún permanecerá en su memoria de por vida y él lo certificó expresando: “Fueron momentos y situaciones que convivirán siempre como conviven las situaciones de ausencias, principalmente de los amigos llevados por la dictadura”, concluyó quebrado y con tristeza el legislador provincial Raúl Radonich.

Palabras mayores

Sus Padres:
Personas que tuvieron grandes temores. Ellos vivieron una enorme angustia permanente por mi situación y mi destino.

Ser hoy libre:
Es la oportunidad de aportar en la construcción de una sociedad con justicia y libertad. Es el momento de buscar el imperativo categórico donde cada uno de nuestros actos ayude a construir una sociedad donde la Esma no tenga lugar, como lo dice el periodista José Pablo Feimann.
Ese es mi compromiso.

Está arrepentido de algo:
No, para nada. Por lo menos en las grandes decisiones y compromisos de mi vida no. Soy una persona que tiene memoria y busca permanentemente la justicia.

Qué es la justicia:
La justicia de poner a los responsables del dolor y del daño que se generó en la sociedad Argentina tengan el castigo correspondiente.

Luchar hasta cuándo:
Hasta ver constuida una sociedad integrada.
El objetivo y la reparación del dolor, especialmente por todos aquellos que dieron sus vidas por la democracia, tiene que ver con construir una sociedad justa donde la pobreza y la indigencia no tengan lugar.

Qué le quitó el proceso de la dictadura militar:
Sobre todos grandes afectos. Muchos amigos que hoy están presentes en mi memoria.

«Más que un amigo fue un hermano»

Así, definió Raúl Radonich a Oscar Ragni quien desapareció durante el Proceso de Reorganización Nacional, el 23 de diciembre de 1976.

“Oscar Ragni, en el mundo de los afectos es un hermano. Uno de esos afectos que no se reemplazan, no se rearman”. Esa fueron las palabras elegidas por el legislador por el Frente Grande, Raúl Radonich, para recordar a uno de los desaparecidos en esta ciudad.
“Con él compartimos prácticamente todo el colegio secundario, a pesar de que él iba un año más adelantado que yo. Nos unía una gran relación, que fue profundizada por una pasión juvenil: el básquet”.
“Jugábamos en un equipo del Colegio Don Bosco, que tuvo muchos éxitos en los torneos intercolegiales. Y más tarde lo hicimos en el club Independiente y en el seleccionado neuquino”, puntualizó Radonich.
La desaparición de Oscar fue un golpe duro para la comunidad y su entorno de amigos.
Radonich recordó cuando Oscar padre fue hasta su casa el viernes 23, aproximadamente a las 17, solicitando información sobre el paradero de su hijo. “Había quedado con Oscarcito encontrarme ese día a la salida del trabajo, pero no fue, y yo no le di mayor importancia. En ese momento tuvimos una charla con su padre y me contó que lo habían ido a buscar a la casa un grupo de personas sin regresar a su domicilio”, recordó.
“Más tarde hubo rumores que sería liberado. Pero el tiempo fue pasando y la desaparición se fue transformando en algo más terrible. Quedó un hueco grande, es una ausencia que está presente cotidianamente”, concluyó con un tono de tristeza y aflicción Radonich.

Vivir después del 19 de enero del ’77

La libertad, le ocasionó a Raúl Radonich vivir en situaciones límites que afectan en todos los sentidos de la vida. “Más allá de mi situación, significó introducirse en un momento donde el país vivía bajo el terror dado de la forma más directa y concentrada. Esta situación, no escapaba al terror o miedo que vivía la sociedad en todo su conjunto de forma permanente. Eso nos va condicionando, limitando y haciendo carne en uno mismo, trasladado a las acciones cotidianas como el trabajo, el estudio y la diversión”, reconstruyó el legislador Radonich, lo cual para él fue “lo más duro de afrontar”.
“Había mucha persecuta y uno lo sintió, porque me lo hacían sentir. Por ejemplo, ocurría que sonaba el teléfono en mi casa y al atenderlo me cortaban. También, a veces, iba a la facultad y alguien abría la puerta, miraba y se retiraba; todo eso yo lo sentía y vivía como estados de alerta”, recordó.

Fuente: Diario la Mañana de Neuquen, 26/2/2006

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