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Internet uso abusivo crea dependencia

Los adolescentes cada vez pasan más horas frente a dispositivos digitales. Si no logran conectarse, algunos sienten angustia.




Cada vez hay más gente conectada o, mejor, hiperconectada. Los adolescentes pasan horas frente a la computadora o revisando las notificaciones de su celular. Los adultos hacen lo mismo; incluso mientras manejan un vehículo o se encuentran en reuniones sociales, como si no pudieran evitar “desaparecer” un momento del mundo virtual.

Mientras algunos padres se preguntan si sus hijos no estarán sufriendo una especie de “adicción” a la tecnología, los especialistas aseguran que –salvo contadas ocasiones– no es correcto hablar del uso indiscriminado y continuo de la tecnología como una “nueva adicción” o una “adicción sin drogas”. Aunque sí de una dependencia psicoemocional.

“Lo que define una conducta adictiva no es tanto la frecuencia con que se realiza sino la pérdida de control por parte del sujeto, la relación de dependencia que genera y, por lo tanto, la interferencia en la vida cotidiana”, plantea Griselda Cardozo, psicóloga especialista en adolescencia. Es decir que no siempre el uso es considerado adictivo –si bien el exceso es problemático– sino la forma de relación que la persona establece con las nuevas tecnologías.

El psicólogo e investigador Enrique Virdó explica que algunos individuos, grandes y chicos, experimentan una sensación de angustia o depresión cuando no pueden conectarse o no tienen a mano sus dispositivos digitales. Este comportamiento, indica, tiene que ver “con un tipo de personalidad y con el hábito y costumbre de usarlos continuamente”.

“La dependencia se evidencia con un malestar, angustia, enojo si se le prohíbe el uso del dispositivo o tristeza por sentirse desconectado. Es preocupante cuando algunos de estos síntomas se vuelve agudo y permanente”, plantea Virdó.

También ocurre cuando existe un deseo desmedido de poseer el último modelo de un dispositivo disponible en el mercado.

Cardozo cree que lo más correcto es hablar de usos inadecuados de las nuevas tecnologías, por el contenido, por la frecuencia o duración del uso.

El sociólogo Adrián Dall’ Asta, de Fundación Padres (www.fundacionpadres.org), opina que “las adicciones son conductas que ponen a la persona en una dependencia que le impide la libertad de acción y que condiciona su voluntad”.

Muchas consultas

Los expertos indican que, en ocasiones, la dependencia puede producir un excesivo interés por lo que circula en los dispositivos y poca atención a la realidad “material”.

“Se trata de horas de consumo pero también de cómo el sujeto significa ese consumo, de qué tapa el sujeto con ese consumo. No es lo mismo usar las tecnologías porque nos gustan o porque las necesitamos que usarlas para escondernos de nuestro propio vacío o de nuestra soledad”, plantea Gloria Borioli, investigadora y docente del posgrado de Adolescencia de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC).

En los consultorios se reciben cada vez más preguntas en relación a las consecuencias inmediatas que representa el uso excesivo de la computadora o el celular. Los padres quieren saber cómo evitar el abuso.

Otro fenómeno que se observa en las consultas es que el uso de las nuevas tecnologías ocurre cada vez a edades más tempranas. “Entre los 10 y 15 años nos encontramos con una alta vulnerabilidad para caer en una adicción, como también en adolescentes grandes y en chicos mayores de 21. No hay una edad o un grupo etario más significativo que otro, sino que las condiciones y el marco en el que esté creciendo pueden pesar más”, dice Dall’ Asta.

No prohibir ni demonizar

Los expertos sugieren estimular a los chicos a realizar otras actividades recreativas y sociales, pero no prohibir la conectividad ya que la vida social y la comunicación hoy circulan por los entornos digitales.

“Prohibir su uso completamente los condenaría al aislamiento con respecto a sus pares, compañeros y amigos”, opina Enrique Virdó.

Borioli agrega: “Cuando el niño o el joven está conectado o está navegando, suele tejer lazos con otros con quienes comparten intereses, con quienes logran hacer red; gente a la cual quizás nunca vieron, pero con la que descubren afinidades musicales, intereses ambientales, confluencias políticas. Es decir, hay una nueva sociabilidad algo distante del contacto físico, una socialidad que, comparada con generaciones precedentes, está tal vez más marcada por la horizontalidad”.

Sin embargo, hay coincidencia en que es preciso que los adultos estén atentos a eventuales síntomas (ver aparte).

“Cuando hay dependencia, los comportamientos se vuelven automáticos. La persona valora más los beneficios de la gratificación inmediata, pero no tiene en cuenta las posibles consecuencias negativas a largo plazo”, opina Cardozo. Y agrega: “El abuso de las redes sociales virtuales en los jóvenes puede facilitar el aislamiento, el bajo rendimiento, el desinterés por otros temas, los trastornos de conducta o el sedentarismo”.

De cualquier modo, los expertos coinciden en no demonizar la tecnología ya que, con un uso moderado, estimula la creatividad y el desarrollo de competencias cognitivas.

“Las tecnologías abren un campo de reflexión nuevo, que para algunos es preocupante. Maestros y padres se quejan a menudo de que los chicos no hablan, no leen, usan todo el tiempo el celular, están siempre conectados. Ahora bien, ¿qué espacios de escucha y de diálogo les ofrecemos los adultos?”, se pregunta Borioli.

“Hay niños y jóvenes que prefieren jugar con sus pares, estar en la play station y protegerse con los auriculares porque allí encuentran un espacio de acogimiento”, añade.



Jugadores de pantalla

Por otra parte, en algunos consultorios pediátricos se observa que cada vez hay más niños con trastorno general de desarrollo (TGD). Son chicos que rehúyen el abrazo, que se resisten al contacto físico con el otro, que a los 8 años no saben atarse el cordón de la zapatilla y que prefieren jugar solos, en su casa, con sus aparatos, dice Borioli.

A veces, explica, no modelan con plastilina o con masa, no se trepan a los árboles ni hurgan la tierra, no ejercitan sus manos para lograr destrezas. Sólo son diestros con el teclado. Son jugadores de fútbol en pantalla.

“Se trata de chicos dejados en manos de esos juguetes que juegan solos, de esas máquinas que los encierran, que les ofrecen diversión puertas adentro. De algún modo, son chicos presos”, concluye Gloria Borioli.

Síntomas a los que hay que prestar atención
Cambios en el comportamiento. Tener pensamientos recurrentes sobre Internet, necesidad de incrementar el tiempo de conexión y dificultad para controlarlo a pesar de considerarlo un problema.

Privarse de sueño. Dormir menos de cinco horas para estar conectado a la Red, a la que se dedica tiempos de conexión altos.

Falta de cuidado. Dejar de lado otras actividades importantes, como el contacto con la familia, las relaciones sociales, el estudio o el cuidado de la salud. Pérdida de interés en actividades que antes causaban gratificación.

Conflictos en las relaciones interpersonales. Recibir quejas en relación con el uso de la Red por parte de alguien cercano, como los padres o los hermanos.

Obsesión. Pensar en la Red constantemente, incluso cuando no se está conectado, y sentirse irritado excesivamente cuando la conexión falla o resulta lenta.

Muchas horas. Intentar limitar el tiempo de conexión, pero sin conseguirlo, y perder la noción del tiempo.

Mentir. O mentirse sobre el tiempo real que se está conectado o jugando a un videojuego.

Aislarse socialmente. Mostrarse irritable y bajar el rendimiento en los estudios.

Qué pueden hacer los padres. Es bueno que los padres fomenten el uso adecuado o buen uso de las nuevas tecnologías, y en particular de Internet. Para ello es importante que los padres estén informados.

Sugerir. Limitar el uso de las nuevas tecnologías y pactar las horas de uso, por ejemplo, de la computadora.

Potenciar. Incentivar otras actividades culturales, así como estimular y desarrollar actividades grupales como el deporte y las que se realizan en equipo.

Estimular la comunicación. Promover el diálogo en la propia familia, incluso sobre los riesgos que conlleva el uso inadecuado de las nuevas tecnologías.

Factores de riesgo. Algunas características personales: baja autoestima, adolescentes con tendencia a la introversión, jóvenes con dificultades académicas, familiares; jóvenes que presentan déficits en habilidades sociales o con problemas emocionales.

Presencia paterna. Para el orientador familiar Adrián Dall’ Asta, los chicos más vulnerables son los que tienen conductas compulsivas o cuyos padres tienen dificultades para ponerles límites y que son muy desordenados en sus hábitos.
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