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Israel-Palestina: El fundamentalismo religioso



La religión es considerada como un factor explicativo del panorama político actual en la región del Próximo Oriente. Y más que la religión en sí misma, ya sea el islamismo en Gaza y Cisjordania -los territorios ocupados- como el judaísmo en Israel, lo que caracteriza la religión en esta zona del planeta es el relanzamiento integrista que experimenta y que se materializa tanto en el fundamentalismo judío como en el fundamentalismo islámico.



En Palestina, el trabajo asistencial de Hamás, grupo fundamentalista islámico, ha contribuido en gran medida a su implantación social y política. Pero Hamás también se aprovechó de la favorable situación política existente, puesto que tanto desde Israel como desde Jordania se veía con buenos ojos el giro de la población hacia el islamismo, ya que pensaban que esto restaba poder a la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), considerada el auténtico enemigo. Con el tiempo y la aceptación de la OLP como interlocutora con Israel, el fundamentalismo islámico es percibido como un verdadero enemigo y un factor desestabilizador muy importante. Para la OLP, y en concreto para Arafat, Hamás es un oponente político y social, y no son extraños los casos de detenciones arbitrarias y maltratos a activistas o sospechosos de simpatizar con la organización islámica.



En Israel, el ideal sionista que preconizaba una sociedad igualitaria, socialista, con la religión como fundamento pero con el sueño de la tierra como una verdadero vínculo de unión, parece romperse por momentos. Una vez consolidada la creación del Estado, empezaron a aflorar las disensiones. En la actualidad, conviven diferentes formas, en ocasiones radicalmente encontradas, de pensar y vivir la religión, el estado y la cotidianeidad. Estas diferencias han saltado a la esfera política. Se han formado partidos o grupos políticos y de presión que defienden intereses muy concretos de determinados colectivos (ultraortodoxos, sefardites, inmigrantes rusos, árabes, etc). El sistema político actual les proporciona la oportunidad de poder influenciar, y a veces dictar, las decisiones del gobierno de turno. Por otro lado, la dura situación de la población árabe ha sido un sustrato para el desarrollo del movimiento islamista. Éste ha proveído, igual que los movimientos religiosos judíos en sus comunidades, de servicios sociales: guarderías, bibliotecas, becas de estudio, ayudas, etc.



Igualmente es importante señalar que, si bien los extremistas han utilizado la religión como canal y forma de expresión tanto en el ámbito hebreo como en el árabe, también existe un movimiento de conciliación que agrupa árabes y judíos, que trabajan juntos por la paz y la convivencia. No son grupos tan ruidosos como los ultraortodoxos y radicales, pero están presentes en la sociedad civil israelí, cada vez con más fuerza.
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