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Jefe de la Federal amenazado por la barra de Boca



El hincha de Boca está amenazado por la barra de Boca y por eso tiene custodia en su casa del conurbano. Nació un 3 de abril, igual que Boca. Y se llama Román. Es un vecino apreciado en Santos Lugares, nacido y criado en San Martín, y también es el jefe de la Policía Federal más desconocido de los últimos 30 años. Es muy posible que usted no sepa su apellido hasta que lo lea en las siguientes líneas. Ya sabe que se llama Román. Su segundo nombre es Argentino, un homenaje de sus padres inmigrantes italianos a la tierra que los acogió para siempre.

¿Lo tiene? Otra oportunidad.

¿Ahora? Ok, no se preocupe. El jueves, en el microcentro, se lo preguntamos a un agente de la Federal que vigilaba la zona bancaria.

–Una preguntita, maestro… ¿quién es el jefe de Policía?

–Eeeehhhh… Berni.

Tal vez el agente sea demasiado joven, aunque los buscadores de Internet lo avalan. Si uno tipea “Berni” y busca imágenes aparece primero Sergio, el secretario de Seguridad, y recién después Antonio, el artista cuya exposición brilla por estos días en el MALBA. Pero si uno pone “Di Santo” aparecen decenas de fotos del actor Ludovico Di Santo, luego otras tantas del futbolista Franco Di Santo y recién en la fila 21 asoma una del jefe de la Federal haciendo la venia. Cosas de la fama.

A Román Argentino Di Santo, jefe directo de los 42.500 policías federales, no le afecta su anonimato. Está orgulloso de su familia –dos hijos y una nieta de un año y medio– y de su carrera: es el primer policía del área de Comunicaciones en llegar a jefe de la fuerza en 200 años de historia. Lo hizo después de trajinar por un montón de delegaciones del interior y de liderar la transformación tecnológica de la Policía: el servicio del 911 y un sistema de comunicaciones encriptado que, dicen en la cúpula, es el mismo que usa la Policía de Nueva York.

Hace dos años –apenas unos días antes de asumir como jefe de la Federal– lo esperaron en la puerta de su casa para matarlo. Llegó y le dispararon a él y a sus custodios. Salieron ilesos por casualidad. El año pasado le metieron en el buzón del correo un recorte del diario Olé que hablaba de las barras bravas, le garabatearon “Te encontramos” y le marcaron en un círculo con fibra la palabra “ataúd”, que estaba en un título. Todo está denunciado en la Justicia Federal, que aún no tiene imputados ni detenidos ni por el intento de asesinato ni por las amenazas. El jefe de la Federal tampoco tiene justicia rápida.

En su entorno asocian las intimidaciones a una causa que Di Santo encabezó contra la barra brava de Boca, especialmente la fracción que lidera Mauro Martín, quien acaba de salir de la cárcel. Di Santo tiene custodia policial permanente en su casa y en estos días se la reforzaron. El jefe de la Federal es obsesivo en el cuidado de su familia y él debió viajar a Francia para acompañar al secretario Berni en la elección como miembro del Comité Ejecutivo de Interpol. Di Santo les contó varias veces a sus subordinados policías y a sus jefes políticos que las amenazas barrabravas no se agotan en él sino que involucran a todo su ámbito familiar. Allí repite que ya no quiere viajar, para no alejarse tanto de su casa.

Los jefes que trabajan con él dicen que es un tipo amable, campechano, amigo de sus amigos y que fortaleció el área de Asuntos Internos. “Todas las semanas hacemos sumarios por irregularidades”, dicen en su entorno, y hablan de una purga por goteo para evitar el “corte de boleto” en las comisarías. Las coimas.

Se sabe, igual, que los controles pueden fallar. La semana pasada hizo furor en la red una foto de policías federales haciendo fuego en una vereda de Barracas para cocinar en un disco de arado chorizos a la pomarola que degustaban sobre el baúl de un coche parado adelante del patrullero. Y esta semana detuvieron a un sargento de la Comisaría 27a. que no comía chorizos ni cobraba coimas, pero lideraba una red de narcos en el Bajo Flores.

Di Santo tiene un cuadro con la historia de Boca en su despacho, una camiseta del centenario firmada por Palermo y una camiseta de la Selección firmada por todo el plantel del mundial de Brasil. “Me la dio Messi”, le contó a la gente de su entorno.

Pero no sintió tocar el cielo allí sino hace tres meses, cuando estuvo con el Papa en Roma. En cuanto lo vio, Francisco le dijo: “¿Viniste a llevarme preso? Mirá que allá dejé todos los diarios pagos, eh”. Di Santo es un católico ferviente y conocía a Bergoglio en Buenos Aires, mucho antes del día aquel en que la gaviota vaticana se posó sobre la chimenea de la Capilla Sixtina.

Sobre el escritorio de Di Santo, hacia la izquierda, hay cuatro estampitas que cada tanto recorre con los dedos. Difícil saber qué piensa en ese momento.

Su anonimato le viene bien para ciertas cosas. Cada tanto sale a caminar por alguna avenida porteña, se mete a un negocio, averigua precios y les pregunta a los comerciantes, como al pasar, si saben de algún robo en la zona. Después vuelve, mira por las dos pantallas LED de su despacho las cámaras de los operativos que suceden en ese mismo instante y da órdenes en tiempo real a su tropa. “Ahí llegan los borrachos del tablón”, dice por el sistema encriptado en el que tanto confía, cuando el monitor de la derecha muestra en zoom los primeros planos de unos muchachos fornidos que se acercan al Monumental por el puente de Udaondo.

Di Santo intenta cuidarse en las comidas y ordenó planes nutricionistas en el Hospital Churruca para tratar de adelgazar a los policías con sobrepeso. “El que tiene kilos de más sabe que tendrá problemas para ascender”, indica a sus íntimos. El también tiene sobrepeso pero, claro, es el jefe.

Este año la muerte lo rondó de nuevo. Sufrió un ACV en ese mismo despacho de jefe, un episodio que en el Ministerio de Seguridad mantuvieron en estricto secreto. Ahora confirman el hecho, dicen que ya está bien y que su única debilidad son los legendarios caramelos Media Hora, con los que colma dos carameleras de vidrio labrado esparcidas en la mesa ratona de la oficina. En las fotos oficiales siempre está con anteojos y se ve que usa un reloj a cuerda en la muñeca derecha. Tal vez sea zurdo.

Entre el puñado de comisarios que lo frecuentan le preguntan por qué no se retira después del ataque cerebrovascular sufrido en el sofá verde del rincón de su despacho, cuando debieron atenderlo de urgencia en la Fundación Favaloro porque la gravedad del cuadro impedía trasladarlo al Churruca. “Nadie se va de acá cuando uno quiere”, le confesó, en voz apenas audible, al comisario general hermano de la médica que aquella tarde le salvó la vida.
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