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La Década Ganada, En Default

A ver. A los tenedores de bonos de la deuda externa argentina que no aceptaron los canjes del 2005 y del 2010, a los holdouts o a los fondos buitre o como se les quiera llamar ¿Se les debe o no dinero? Sí, se les debe.




¿A esos tenedores, holdouts o fondos buitre les competía el derecho de recurrir a la justicia para exigir el pago? Claro, porque las obligaciones hace rato que están vencidas ¿Debía ser un tribunal de Nueva York? No podía ser otro, porque para hacer más atractivos sus títulos de deuda, la Argentina proponía ese tribunal para cualquier caso de controversia.

¿Entonces de qué se queja el gobierno? Con razón, de nada. Sin razón, de cualquier cosa.

Es el clásico, sempiterno y aburrido, por repetido, esquema populista. Cuando las cosas van más o menos bien, todo, absolutamente todo es mérito del gobierno, aun el precio internacional de la soja. Cuando las cosas van mal, toda la culpa es de los de afuera, que son malos, que no nos quieren, que nos pegan y, por supuesto, que se retuercen de envidia por nuestro éxito.

Y claro, el populismo es de jardín de infantes. El problema es que quienes lo votaron hace rato que ya dejaron la “salita verde”. Cierto, algunos no tuvieron siquiera la posibilidad de pasar por la escuela elemental. Esos son fáciles de engañar. Con un subsidio, alcanza.

Pero están los otros, algunos de los cuales alcanzaron niveles superiores de educación, aunque la educación en la Argentina deje tanto que desear. Esos se dividen en dos: algunos pocos –hoy día, pero muchísimos en la elección del 2013- “compradores” de relato, y los vivos de siempre.

A los primeros, los encabeza Cristina Kirchner, Axel Kicillof, Amado Boudou y Jorge Capitanich. A los segundos, también los encabeza Cristina Kirchner, Axel Kicillof, Amado Boudou y Jorge Capitanich.

La presidente habló ante su clientela de jóvenes subsidiados desde el balcón de la Casa Rosada. No desde el balcón que da a la Plaza de Mayo. Sino desde el interno. Desde hace rato, con subsidios, colectivos pagos y controles de asistencia, Cristina Kirchner solo colma el patio interior de la Rosada.

Y allí fue patético ver como el fervor patriótico dominaba a la asistencia tras la decisión de no pagar. El mismo fervor patriótico que dominó a la misma asistencia cuando se anunció el pago al Club de Paris, que incluía varios miles de millones de más.

Y exactamente el mismo fervor patriótico que generó entre la misma asistencia el también pago de más a Repsol por la “nacionalización del 51 por ciento de las acciones de YPF. A Repsol, empresa a la que días antes se le iba a cobrar, en lugar de pagar.

Es que, en realidad, se trata de un fervor patriótico previo, contratado a cualquier efecto. No aplaude porque está de acuerdo, aplaude al oficialismo y punto. Este o cualquier otro.

Allí se inscriben los miembros gubernamentales del FREPASO, algunos radicales K que aún quedan, los peronistas que fueron menemistas, luego duhaldistas y aún son kirchneristas, y toda la izquierda “boba sí, pero subsidiada”. No van a escuchar, van a aplaudir.



Gasto público

Por supuesto, aplaudieron los anuncios de mayor gasto público, así como hace dos años aplaudieron el anuncio –no cumplido- de la “sintonía fina”, eufemismo K para hablar de ajuste.

Y sí, frente a tanta contrariedad externa, gasto público para todo el mundo, adentro. Vamos todavía, gastaremos este año más de un billón de pesos ¿Lo tenemos? Por supuesto que no ¿Pero qué importa? Serán unos 155.000 millones de pesos más de deuda. Interna claro, desde afuera no nos presta nadie.

Mediante un decreto de necesidad y urgencia, el gobierno modificó así, de un plumazo, la Ley de Presupuesto sancionada por el Congreso Nacional. Serán destinados a subsidios y a… pagar la estatización de YPF, que no para de aumentar los combustibles pero, aun así, no le alcanza.

Los subsidios irán a parar a las empresas eléctricas y a la compra de gas debido a la pérdida del autoabastecimiento en la década ganada K. También a los trenes y colectivos y, por supuesto, a Aerolíneas Argentinas donde los muchachos de La Cámpora no logran siquiera pagar la totalidad de los sueldos de los empleados.

Obviamente, más gasto público se traduce por más deuda pública o por más inflación. O, por ambas. Todo esto bajo el marco de este milagro K que logró inflación más recesión, todo junto.

Pero vale la pena comparar la cuestión con lo ocurrido en años anteriores. Siempre el kirchnerismo modificó, mediante decretos de necesidad y urgencia, el presupuesto sancionado por el Congreso.

Dos eran las razones por las que procedía a las modificaciones mediante los decretos de necesidad y urgencia. El gasto público previsto en el la Ley de Presupuesto era subestimado para luego, mediante el decreto, reasignar partidas destinadas a las áreas que le interesaban al Ejecutivo, por ejemplo, para financiar a los chicos de La Cámpora en Aerolíneas. La otra, en paralelo, consistía en que el gobierno gastaba todo y no le alcanzaba.

Ambas vuelven a verificarse. Solo que no en diciembre como ocurrió hasta ahora, sino que en el primer día de agosto. En otras palabras, el gobierno ya se gastó –en ocho meses- los fondos que le asignó la Ley de Presupuesto para todo el año.

Siga el corso.



Dólar y renuncia

Cuando las cosas van mal, van mal. Es más, empeoran si no se corrigen. Indudablemente, la suma de default, más gasto público, más restricciones cambiarias, más importaciones de combustibles, en síntesis el desastre K, hace que, por supuesto, nadie venga a invertir. Pero además, hace que quién tiene pesos busque convertirlos en dólares.

Resultado: una demanda superior de dólares minoristas en las operaciones de la AFIP, un freno a la compra de divisas por parte del Banco Central y un diferencial –spread- nunca visto entre el dólar paralelo y el dólar bolsa. El primero cerró a 12,80 pesos, o sea con una diferencia del 26 por ciento, en relación del dólar bolsa que cerró a 10.10.

De aquí en más, todo es posible con la cotización del dólar. También es posible la renuncia de Juan Carlos Fábrega a la presidencia del Banco Central de la República Argentina.

Fábrega suele ser la única voz, medianamente sensata, que queda en el gobierno de Cristina Kirchner. Para él, como para cualquier ser pensante, el default no es ni una “pavada atómica”, ni una cuestión semántica.

Es un duro y muy grave problema. Fue por ello que intentó, junto a los devaluados Jorge Capitanich y Carlos Zannini, llegar a un acuerdo con banqueros locales para que compren la deuda vencida –aproximadamente 1.350 millones de dólares- a los holdouts y así evitar la cláusula RUFO.

La operación consistía en que dichos títulos permaneciesen en manos de los banqueros locales hasta el 31 de diciembre próximo cuando vence esa cláusula RUFO que establece que cualquier mejora voluntaria a un tenedor de un título de la deuda, automáticamente da igual derecho al resto.

Obviamente, los bancos cobrarían una, seguramente suculenta, comisión y, obviamente, correspondía llevar dos negociaciones en paralelo. Una la de la compra propiamente dicha, entre bancos argentinos y holdouts, y otra, de recompra, entre los bancos argentinos y el gobierno.

Cierto es que la propuesta nunca fue del todo clara, sobre todo cuando el banquero Jorge Brito, antes el banquero de los Kirchner, hizo trascender la eventual operación. Habitualmente, negociaciones de este tipo suelen llevarse a cabo dentro del máximo silencio posible.

No obstante, fue el tándem Kirchner-Kicillof quién la dinamitó al decir que la recompra se haría con todas las quitas de los canjes y que, por tanto, solo pagaría por los títulos impagos, 300 millones de dólares. Fue así que Kirchner mostró la hilacha. La excusa de la cláusula RUFO no era otra cosa que una excusa para no pagar.

Fábrega quedó muy mal parado. Kicillof aprovechó la oportunidad para hundir más el cuchillo al decir que la operación con los bancos privados argentinos era solo una operación de prensa.

Sí, Kicillof ganó la batalla. Y eso no deja de ser un problema. Fábrega cuenta en su haber con un acuerdo senatorial, requisito indispensable para ocupar el cargo que ocupa. Por tanto, está en condiciones de resistir. La pregunta es si quiere hacerlo.

Con Fábrega golpeado, el chiquilín de la “pavada atómica” tiene todo el poder. Ayer Boudou, hoy Kicillof… la pasión por los jóvenes de Cristina Kirchner.



Boudou

Y hablando de Roma… El vicepresidente se apresta a viajar nuevamente. Para evitar los cuestionamientos de la oposición en el Senado que preside en la sesión del miércoles próximo, Amado Boudou viajará el martes próximo a representar la Argentina, en la asunción del segundo mandato del presidente colombiano Juan Manuel Santos.

De allí seguirá a México y recién retornará al país una semana después.

Además del default, la Argentina K se da el lujo de ser representada por un funcionario procesado.

Desde el 28 de mayo pasado que el rockero vicepresidente no preside una sesión de la Cámara Alta. Tampoco, cuando reemplaza a Cristina Kirchner realiza ningún tipo de actividades públicas. Afuera se muestra al procesado, adentro se lo oculta.

Casi como que no existe, pero existe. Existe porque mantiene la boca cerrada pero, cada dos por tres, amenaza con abrirla. Por tanto, las órdenes de la presidente son tajantes. Cerrar filas junto a Boudou con la excusa, no tan excusa, que si deja que se lo lleven, después la cargarán a ella.

Y no es tan excusa porque, salvo los aplaudidores profesionales de la Casa Rosada, nadie ignora –ellos tampoco, pero lo disimulan- que Boudou no actuó solo en el caso Ciccone. Lo hizo por orden y aval de Néstor Kirchner con conocimiento de Cristina Kirchner.

Claro que ya no todos los senadores están dispuestos a acompañar la orden presidencial. El rionegrino y presidente del bloque Miguel Ángel Pichetto y el bonaerense y ex jefe de gabinete, Aníbal Fernández, hace rato que dejaron de ser “verticalistas”. Desde que comenzaron su acercamiento a Daniel Scioli. Y, entonces, reclaman una licencia de Boudou.

Ayer menemistas, luego duhaldistas, hasta ahora kirchneristas y, probablemente, si gana, sciolistas. En fin….

Política

Todo puede cambiar hasta la elección. De momento, cuatro candidatos se perfilan como probables presidenciables. Todos dentro de un apretado margen de diez puntos porcentuales.

Sergio Massa, Daniel Scioli, Mauricio Macri y Julio Cobos, en ese orden, parecen, según las encuestas, concitar las preferencias ciudadanas.

Pero nada está dicho. No solo porque falta muchísimo, sino porque las primarias abiertas –PASO- en combinación con las estrechas diferencias pueden hacer que cualquiera de ellos quede afuera para la general.

Macri no es un precandidato sino un candidato. Al menos dentro de su partido, el PRO. Todo puede cambiar si tres meses antes de las PASO se distancia mucho del candidato de UNEN –a hoy Julio Cobos- a su favor o en su contra. Si ello ocurre, puede convertirse en un precandidato y competir en una eventual abierta PRO-UNEN.

Cobos, para seguir con el no peronismo, es sin duda solo un precandidato. Dentro de UNEN compite con el socialista Hermes Binner y con el radical Ernesto Sanz. Sin descartar a Elisa Carrió. Y aquí la competencia depende de dos cosas.

Primero que tanto Binner como Sanz no queden muy distanciados, sobre todo Sanz que pertenece al mismo partido que Cobos. Segundo, los resultados de los sondeos en mayo próximo con relación a Macri.

Dentro del peronismo, Scioli es por ahora un precandidato puesto mientras se mantenga dentro del Frente para la Victoria, ya que sus rivales no aparecen con futuro exitoso. Claro que si allí se mantiene, difícilmente junte votos no peronistas.

Massa en cambio se muestra como candidato. Va por afuera. Y hoy va primero. Claro que otro puede ser el cantar si se cae o si los demás avanzan.

Scioli maneja una estrategia de competencia con Macri, la misma que en su momento imaginaron desde la Casa Rosada. Su tardío peronismo ahora se revela ortodoxo a la hora de las necesidades.

Precisa ser el único candidato peronista. De allí que elija a Macri y no a Massa como su rival. Si así consigue superar en las encuestas al ex intendente de Tigre, imaginará para este la candidatura a gobernador.

Sin dudas, el peor enemigo de Scioli es el gobierno K. Las mayores dificultades económicas que se avizoran no son alentadoras para él. Cierto que Scioli, ex vicepresidente de Kirchner y dos veces gobernador con Cristina Kirchner en la misma lista, es un especialista en surfear las olas. No obstante el deterioro es lento, pero es. Hoy, su intención de voto apenas supera el 20 por ciento.

Tal como están las cosas, tres escenarios se avizoran como posibles para la elección general de octubre del 2015. Todo ellos, por supuesto, en una segunda vuelta inevitable, dada la atomización del voto.



En primer lugar, el más probable, un candidato peronista versus un candidato no peronista. Pero también es posible la disputa final entre dos candidatos peronistas. E inclusive, entre dos no peronistas.

Final abierto.
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