Check the new version here

Popular channels

La desconfianza K a Randazzo Presidente


No es sencillo identificar el origen de su laberinto: terquedad, convicción, individualismo. Quizá fueron las ganas incontenibles de decir no. De animarse a decir no y ser, al menos así, único en eso. Aunque ese rechazo no lleve a ninguna épica, aunque sea incomprensible. Florencio Randazzo hoy encarna como nadie esa frase que Sartre dijo alguna vez: somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros. Él fue parte del sistema de poder del kirchnerismo, lo conoció de cerca, lo tejió con sus propias manos. Fue un político y un gestor. También estuvo a pasos de ser un heredero, y eso a pesar del lugar imposible que ocupaba: candidato y al mismo tiempo solitario en el mundo de organizaciones y dirigentes que se sentían el corazón del proyecto. Pero Randazzo dijo no y desde entonces vive en el mundo cruel del ostracismo político. Hoy sólo sabemos de él a través de su madre, que pregunta lo que todos quieren saber: ¿qué pasó con mi hijo?




El candidato

Randazzo jura que pensó por primera vez en la posibilidad de ser candidato después de la derrota legislativa de 2013, cuando todavía existía en el kirchnerismo la ilusión de construir un heredero propio. Según sus cálculos, el peronismo no iba a ser capaz de resolver el problema de la sucesión y la candidatura de Scioli iba a caer como el fruto maduro de un árbol. Si Cristina se consolidaba como conductora, la encerrona era clara: no había espacio para un otro, excepto un títere. Pero en Argentina, ni los títeres ganan elecciones, ni el peronismo se permite perder.


Falta alguien con decisión, pensó. Alguien decidido a ocupar ese vacío, sin consultas:


—Cristina, voy a ser candidato —Así dice que le dijo. Como si esa frase revelara los orígenes de una gestualidad propia: animarse a decir aquello que otros no, aun cuando eso implique quedar al límite de la pertenencia.


Estaba seguro de dar ese paso porque había aprendido la lección en 2007, cuando se consideraba el candidato natural a gobernar la Provincia de Buenos Aires y recibió el freno, primero, de Felipe Solá y su intento de re-reelección, y mucho más duro después, del propio Néstor Kirchner. “Flaco, a mi me encantaría que fueras vos, pero mirá”, le dijo el entonces Presidente, señalando las encuestas de popularidad suyas y de Daniel Scioli.



Néstor fue para Randazzo el politico (unico) que mas admiro. Gladis, su mama, recuerda la desesperación de su hijo cuando se enteró de la muerte del ex presidente: “el ataque que le agarró, golpeaba las paredes”. Ese 27 de Octubre de 2010, Randazzo había amanecido con el celular lleno de mensajes. Kirchner, lo había llamado, incesante, durante la noche, para hablar de las negociaciones con Hugo Moyano. El Ministro no había atendido a tiempo y ahora ya era tarde.


La muerte de Néstor significó para Randazzo un punto de inflexión en su vida política. Como muchos otros, su nexo con el movimiento era a través de él, y no de Cristina, que desconfiaba de los peronistas bonaerenses y con quien sólo había discutido de política en algunas oportunidades. Esa contingencia lo forzó entonces a buscar otro camino: pasó de operador político a gestor de Estado. Fue así puliendo su imagen como un administrador, un defensor de la calidad en lo público.

—No tenía herramientas y no quería contradecir a Cristina, a Zannini o a Máximo. Así que se abocó a la gestión y apostó a instalarse desde ahí, con los pasaportes, los DNI, los trenes. Se corrió de todo y se aisló políticamente. Por eso hoy aparece como un hombre de la gestión. Porque se concentró en su imagen hacia afuera y le faltó hacer política —explica uno de sus allegados.



Esta vez no quería perder tiempo. Contaba con una ventaja, un capital valioso y concreto. Él era, desde 2012 y gracias a la ayuda de Carlos Zannini, su aliado en el Gobierno, el flamante ministro de Transporte, el encargado de entregarle al kirchnerismo uno de sus últimos grandes logros: la recuperación del sistema ferroviario nacional. Los recursos del Ministerio del Interior y Transporte son cuantiosos: desde 2013, lleva gastados unos 1.200 millones de dólares en material rodante. En 2015, el Estado destinará más de 77 mil millones de pesos al rubro Transportes. Aún así su presupuesto está lejos de los que manejan otras carteras, como Desarrollo Social, Educación, Defensa o Seguridad: ocupa el séptimo lugar en términos de recursos, calculado en porcentaje del Presupuesto Nacional.



A todas luces, el vacío de la sucesión estaba ahí. Pero no era fácil de llenar, y menos por Randazzo, que había despertado tantas desconfianzas en su propio movimiento. El cristinismo más duro sospechaba de sus orígenes vinculados al PJ bonaerense. Sus pares políticos, sus compañeros de gabinete, criticaban su estilo individualista, su orgullo por no ser orgánico, ni dócil. Otros, no tan cercanos, lo definían como un salvaje, un farsante, un malparido. Todos coincidían, sin embargo, en temerle a su ambición. Si Scioli era “el hombre que solo puede acompañar”, Randazzo tenía aptitudes y, sobre todo, ganas de conducir.




Dos años después de ese 2013, cuando su candidatura empezaba a formalizarse, Florencio estaba parado casi en el mismo lugar. Mientras Scioli había tejido confianzas y prometido seguridades en todo el territorio nacional gracias a la ayuda de un sector del oficialismo y del PJ, él casi no había conseguido apoyos entre intendentes, gobernadores, sindicatos ni empresarios. Tampoco una palmada de La Cámpora o de las agrupaciones territoriales.


En su entorno, no asumían este rasgo como un error, más bien todo lo contrario: “Es libre, no tiene deudas con nadie”, explicaba su hermano Juan Andrés, uno de sus asesores, como si ese estilo fuera una muestra de su autonomía política, de “su gusto por jugar sin red”, como precisaba Mario Caputo, otro histórico randazzista. Si ese ya era un rasgo de carácter, su experiencia en el kirchnerismo se lo había reforzado. Lo deslumbraba la capacidad de Cristina Kirchner de gobernar “sin condicionamientos”. A eso se le sumaba además una impronta personalista: “Él es su propio grupo: los demás somos sólo colaboradores”, asumía una militante randazzista cercana al líder.


Lo hayan considerado una falta o no, lo cierto también es que cuando intentaron construirlo, ya era tarde:


—Hace un año, fui a Mendoza, en un viaje oficial. Ahí vi la ola naranja. Me di cuenta que el armado de Scioli nos llevaba por lo menos dos años. Dos años de atraso teníamos. Vi cómo se saludaban, ya eran todos amigos —contaba Graciela Rolandi, diputada de la provincia, una de sus allegadas más próximas.



Entre la militancia kirchnerista el camino tampoco había estado allanado. Randazzo pretendía convertirse en el heredero de un núcleo duro que lo veía, en el mejor de los casos, sólo como un buen gestor. Aunque él juraba haber dado la cara en las batallas más difíciles, contra el campo o contra Clarín, nadie lo consideraba un soldado ni un pingüino. Y ese núcleo duro, obsesionado por la semántica, se resistía a un sucesor tan poco afecto a las precisiones ideológicas, capaz de definir a la última dictadura militar como “una animalada”. Poco le habían servido los años de cristinismo para mejorar su retórica en materia de derechos humanos.


Sin embargo, cuando se lanzó formalmente como precandidato, después del baño de humildad de Jorge Taiana, Sergio Urribarri y Agustín Rossi, fue justamente ahí, a ese núcleo duro y huérfano, a donde apuntó. Y fue allí también donde generó las primeras ilusiones:


Clarín tiene candidato: es Massa, es Macri y es Scioli. No nos hagamos los estúpidos, no miremos para otro lado. Es mentira que pertenecen a este espacio político. Es mentira, es falso, es oportunismo —dijo en 678, su primer “acto” formal como uno de los dos precandidatos de la interna del FPV. Randazzo siempre fue lineal en ese sentido: un “peronista clásico al que le cuesta relacionarse con los dirigentes que no vienen de la política ni del territorio”.


El programa comenzó con un aplauso rotundo y el “se siente, se siente” de los militantes de La Florería, una de sus pequeñas agrupaciones. Allí, Randazzo expuso por primera vez la teoría del sale o sale: "Tinelli definió la interna; el poder quiere instalar la idea de que hay una sola forma de ganar; no estoy de acuerdo con eso de no pelearnos entre compañeros; para liderar, hay que tener agallas, voluntad para pelearte todos los días con alguien, aunque eso suene horrible para la tilingueria media". En las placas de la parte inferior de la pantalla se iban reproduciendo los apoyos espontáneos en las redes sociales. Por un momento, los randazzistas creyeron que eso con lo que soñaban estaba a punto de concretarse: “Si lo conocen, lo votan y ganamos”, se confiaba Elda Tomasini, asesora comunicacional de la campaña.



Esa noche Randazzo también dijo, por primera vez, algo que repetiría en otras oportunidades, pero que curiosamente siempre pasaba desapercibido: “Yo me voy a inmolar en esta pelea”.





El sábado siguiente, Randazzo fue a Carta Abierta. El grupo de intelectuales kirchneristas había sido uno de los primeros en definirse contra la candidatura de Scioli pero, por esos días de mayo, empezaba a impregnar en él la idea de “la táctica”. Sus preocupaciones, al final, no eran tan distintas a las del peronismo: “el triunfo y la continuidad”, según explicó uno de sus integrantes.


—Hay una cosa que a muchos nos gustaría que quede clara. El movimiento nacional y popular hoy tiene un liderazgo indiscutible que es Cristina Fernández de Kirchner, ¿está claro que quien sea electo va a tener que respetar ese liderazgo aunque sea presidente? —le preguntaron.


Qué tema, ¿no?… ¿Querés que te conteste lo políticamente correcto? —retrucó.



Del episodio Carta surgió en los días siguientes el escándalo por el brazo derecho de Scioli, reactualizándose así, en el peronismo, la metáfora de la manos. El proyecto se queda manco, había dicho Randazzo, y pocos días después, Karina Rabolini, al ser consultada por aquella frase, lloró con delicadeza ante Fantino y las cámaras. El ministro quiso reparar su fallido en el mismo programa de televisión, pero su actitud fue aún más ruda que antes. Quienes lo conocen de cerca aseguraban que en el mano a mano “convence hasta las piedras”. Pero lo que transmitía la pantalla era una rara combinación de hostilidad y torpeza. En los medios no lograba mostrar su mejor perfil.


Quizá por hacer de la necesidad virtud, esperaba que un golpe de audacia torciera la historia, y que ese golpe terminara por alinear a los hombres tras el influjo de la fortuna. Creía que los gobernadores se alinearían. Los intendentes se alinearían. Los dirigentes y funcionarios de La Cámpora se alinearían....




Casi una unción




En abril, el Congreso había sancionado la ley de creación de la empresa Ferrocarriles Argentinos, que declaraba de Interés Público Nacional la “política de reactivación de los ferrocarriles de pasajeros y de cargas”. En los andenes del Mitre, uno de los pilares de esa política, la Presidenta iba a firmar su promulgación. También esa era la oportunidad para avanzar en las definiciones de candidaturas. Más débil electoralmente, Florencio esperaba recibir allí algún gesto explícito de apoyo, hasta entonces más bien tímido. A lo mejor, incluso, la unción de la presidenta. A lo mejor, incluso, algún gesto explícito de apoyo, hasta entonces más bien tímido. Era su posibilidad de lucirse como gestor y construirse como hombre de Estado, pero además de convertirse en el candidato cristinista, y recibir los apoyos de sus pares, aquellos a los que pretendía representar.


Florencio había movilizado a los suyos, militantes de la Unión Ferroviaria, cercana a su gestión, y algunos pocos peronistas de Chivilcoy, el pago chico, que ahora rodeaban al escenario montado a lo alto, en el inicio del andén. Los funcionarios -buena parte del gabinete incluido- se dispusieron a ambos lados de la gran mesa que ocupaba el centro de la escena: presidía Cristina, ladeada por Randazzo, a su derecha, y Aníbal Fernández, a su izquierda. Completaban el cuadro el secretario general de la Presidencia, Eduardo “Wado” de Pedro, y el ministro de Economía, Axel Kicillof, que se sumó con retraso.



Wado hacía esfuerzos para no mirarlo. A pesar de la cercanía, no le entregó ni una sonrisa, ni un gesto, nada que pudiese hacerse foto. El dirigente camporista buscaba un baño de realidad: aceptar a Scioli y asumir que Randazzo, a esa altura, era solo una pieza incómoda. Un dedo que señalaba, acusador, a los idealistas de ayer como pragmáticos de hoy.



El acto tenía sólo dos oradores: Cristina y Florencio. El Ministro dio un discurso breve, con intentos de épica más bien modestos y después llegaron las esperadas palabras de la presidenta. Cristina Fernández no dejó por un momento de administrar ese lugar central en el que ha sabido mantenerse: todos pendientes de ella y de sus gestos. Fue cauta en sus muecas y en un guiño al Ministro, dijo que había que hablar a la ciudadanía de proyectos de país antes que ir a hacer pantomimas a la televisión y que los trenes formaban parte central del proyecto, porque mejoran la vida a los trabajadores.



Pero nada más. No hubo una referencia explícita y no hubo unción. Florencio había sido invitado a una fiesta ajena, y eso quedaba en evidencia. Sin embargo, en su racionalidad voluntarista, eso solo parecía alcanzarle para continuar con su entusiasmo.





La decisión



16 de junio de 2015. Los dirigentes del FPV empezaban a mostrar, de a poco, cierta aceptación de la primacía sciolista. O mejor dicho, empezaban a convencerse de que acompañar su candidatura con una del seno, convertía al gobernador en una opción casi propia. Poco antes de las 20 horas, Scioli reveló en la televisión que “la conductora” del espacio había tenido “la amabilidad” de recibirlo. Segundos después, daba fin al misterio: había un acompañante. Un hombre de las bases fundacionales, curtido por los vientos patagónicos.



—¿Su vice va a ser Máximo? —le preguntó, a los gritos, fuera de cuadro, Roberto Navarro en C5N. La periodista Julia Mengolini repitió la pregunta.

—De Carlos Zannini estoy hablando. Me parece que es una manera de dar certidumbre, tranquilidad y confianza -contestó.



Como millones de argentinos, Randazzo se enteró de la noticia por la pantalla. Se dijo que lo invadió la furia, las ganas de renunciar a todo. Confirmaba así que su candidatura había sido parte de un juego de ajedrez: una pieza de presión hacia el candidato con mayores posibilidades. El apoyo oficial a Scioli y Zannini fue casi unánime, incluida Carta Abierta. Diana Conti, la voz del inconsciente kirchnerista, tuvo el festejo más desmedido: habló de una “fórmula increíble” y de un “proyecto consolidado”.



—Sí, el kirchnerismo es cruel, pero era ingenuo esperar otra cosa —explica un dirigente bonaerense, que esa noche se reunió con él. Randazzo conocía la rusticidad en los modos, el uso arbitrario de premios y castigos, y aún así, por ingenuidad o por soberbia, esperaba más elegancia para él.



El armado de una candidatura siempre supone la transformación de un dirigente en un individuo singular. Uno que se destaca frente a otros. Randazzo se había aferrado a esa diferencia, construida solo por él y a pesar de muchos. Pero la decisión de Cristina lo desinvestía de esa individualidad, lo volvía un elemento más en una maquinaria política que él no controlaba, una pieza al servicio del movimiento.


El candidato era el proyecto y ya tenía diseñado un nuevo lugar para él: la provincia de Buenos Aires. Randazzo había dicho cientos de veces que si no competía por la presidencia se volvía a su casa. A su madre y su mujer, le había hablado incluso de las ganas de “hacerse un viajecito a Europa”, aprovechando que iba a volver a tener tiempo. Sin embargo, cuando el rumor comenzó a correr, todos dieron por descontado que aceptaría la oferta de ser el único candidato en la Provincia. Lo hacían guiados por cierta lógica: rechazarla carecía de sentido. Al menos, en términos políticos.



Pero Randazzo dijo no. Por terquedad, por convicción o por individualismo, dijo no, y si su candidatura ya resguardaba algo de irracionalidad, ahora esa decisión resultaba ininteligible para todos.



Se juntó primero con su equipo. En esa reunión, argumentó, otra vez, que él no iba a ser empleado de Scioli. No sólo por orgullo. También desconfiaba de su capacidad para administrar el país y no quería “quedar pegado” a su fracaso. Su entorno, sin embargo, estaba dividido. Un sector más íntimo interpretaba el rechazo como una muestra de coherencia, un modo de valorizar la palabra política. El otro le recordó que ahora representaba más que su nombre y que había compañeros en cada distrito que iban a pagar los costos. “Va a ser el fin de nuestro proyecto. Somos todos bonaerenses. No podemos disputar nada más en la provincia después de rechazar la gobernación”.



Fiel a su posición original, el Ministro hizo pública una carta en la que daba muestras de su apoyo a Cristina, al tiempo que defendía sus “convicciones”: “No borro con el codo lo que escribo con la mano. Por eso, no puedo aceptar ser candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires”. Fue una pieza de escritura deficiente que buscaba llenar de mística su lugar en el kirchnerismo y sus hitos en la gestión.


Randazzo ingresó así, casi inmediatamente, en el ostracismo político. Los más piadosos, dieron por sobreentendido que se trató de un error personal. Los otros, lo acusaron de traicionar a Cristina y hasta de hacerla llorar. Le reprocharon haber renunciado a la lucha y al honor. En el medio, algunos aprovecharon para dejar claro cuál es la esencia del peronismo: “Primero la Patria, segundo el Movimiento y por último los hombres”, desempolvaron.

Randazzo insiste en que ahora volverá a ser un simple militante. Pero en Argentina, nadie cree en eso. Guiados por una mirada poco encantada de la vocación política, todos suponen inverosímil que alguien abandone el poder. Ni siquiera si se trata de un error o de un cálculo íntimo y personal.





0
0
0
1
0No comments yet