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La desmesura distributiva



Cuál es la raíz de nuestra decadencia económica y social?

En su libro ‘El País de las Desmesuras’, Juan Llach y Martin Lagos han hecho un aporte valioso al debate que pretende diagnosticar el problema.1 Nos muestran cómo, comparados con un grupo relevante de países, las oleadas ideológicas mundiales las hemos vivido con desmesuras. Y a diferencia de los países con los que nos comparamos, no hemos aprendido y seguimos reincidiendo en ideas y políticas fallidas.

Discutir las causas básicas de esta excepcionalidad argentina es fundamental para reconocer cuál es la naturaleza del cambio que deberíamos hacer para revertir nuestra decadencia. Los autores identifican 13 desmesuras, algunas económicas, como el proteccionismo industrial y las trabas a las exportaciones, la indisciplina fiscal, la inflación alta e inestable, la volatilidad de los ciclos económicos; y otras desmesuras políticas, como la inestabilidad institucional y el caudillismo populista.

El gran aporte que realiza el libro se diluye sin embargo al momento de resaltar la causa profunda de nuestra decadencia. En realidad, las desmesuras enumeradas son todas consecuencias de la madre de todas las desmesuras, que es la desmesura distributiva, ese afán de priorizar la distribución del ingreso por cualquier medio aún al costo de destruir una economía competitiva y la cultura del esfuerzo y de la responsabilidad personal.

Así el proteccionismo comercial y las trabas a las exportaciones tuvieron como objetivo extraer la renta del sector agropecuario y distribuirla a favor de las masas urbanas y de la burguesía industrial que le daba empleo. La indisciplina fiscal se produjo por el incesante crecimiento del gasto público, que apuntaba según las circunstancias a generar empleo público improductivo, a jubilar a quienes no hicieron aportes, a subsidiar tarifas públicas, a sostener provincias incapaces de autofinanciarse, a financiar programas sociales asistencialistas, para mencionar algunos de los múltiples instrumentos que han pretendido hacer justicia distributiva yendo mas allá de las funciones básicas del Estado. La inflación ha sido la consecuencia del financiamiento monetario de esa indisciplina fiscal; cuando no ha sido perversamente manipulada para producir groseras licuaciones de los ahorristas en beneficio de los deudores (otra desmesura argentina). La volatilidad de los ciclos económicos se ha producido por el aprovechamiento imprudente de factores externos circunstancialmente favorables -como mejoras de los términos del intercambio o disponibilidad de préstamos externos- para generar un ciclo de consumo popular insostenible.

Pero las desmesuras políticas también se explican por la desmesura distributiva. La puja distributiva surgió porque se rechazó al mercado como el árbitro objetivo de la distribución de la renta y se lo reemplazó por la discreción del líder político todopoderoso. El presidencialismo fuerte se convirtió en un instrumento imprescindible para disciplinar los intereses económicos desatados por el intervencionismo económico y laudar a favor de unos u otros. Los vicios antirrepublicanos de nuestro sistema político están muy relacionados con una sociedad que demanda lideres fuertes para torcerle la muñeca al mercado y decidir a favor de lo que cada sector pretende.

La desmesura distributiva, que comenzó durante la primera presidencia de Perón, se ha caracterizado por priorizar el objetivo distributivo, aún a costa de impedir un funcionamiento eficiente de la economía. La distribución no se ha limitado a programas financiables con impuestos generales moderados, mientras una economía libre maximiza el crecimiento posible. Por el contrario, ha destruido la capacidad de los mercados libres de generar crecimiento, recurriendo a impuestos y prohibiciones al comercio exterior que nos aíslan del mundo, controles de precios y tarifas, violaciones de los derechos de propiedad, empleo público improductivo, regulaciones laborales que incentivan la informalidad laboral e impuestos abusivos que perjudican la competitividad. La decadencia económica ha sido así el resultado inevitable.

Pero peor aún, ese afán distributivo desmesurado ni siquiera ha logrado su objetivo primario, pues la pobreza ha aumentado y la distribución del ingreso es mucho más inequitativa que hace 70 años. Es cierto que circunstancias externas favorables han permitido repuntes circunstanciales en los indicadores distributivos, pero han sido mejoras insostenibles, largamente revertidas durante las crisis subsecuentes. La razón de ese estruendoso fracaso es evidente: una política distributiva orientada a regalar pescado en vez de enseñar a pescar (asistencia sin exigencia en lugar de educación de calidad que permita acceder a empleos productivos), ha derruido la cultura del trabajo y ha generado una marginalidad social de bajísimas capacidades, empleable solo en la informalidad y a salarios muy bajos. Esto se ha agravado por una política inmigratoria irrestricta que atrae la pobreza de países vecinos. Por otro lado, en un mundo globalizado, las políticas que intentan manejar la distribución del ingreso ahuyentan el capital, las personas más capacitadas emigran y los que permanecen lo hacen sólo si pueden obtener remuneraciones extraordinarias, agrandando la brecha distributiva.

En democracia la desmesura distributiva se explica en última instancia por la cultura media de nuestros votantes, muy permeables a votar propuestas populistas. Son mayoría los que creen tener más derechos que responsabilidades y que un gobierno sensible puede proveerles las dádivas que se merecen. Nuestra cultura justiciera viene de muy lejos, basta recordar que la pelea entre unitarios y federales por los recursos de la Aduana de Buenos Aires fue el motivo central de nuestras guerras civiles y de la organización nacional. El fabuloso crecimiento que se produjo entre 1853 y 1930 –explicado por nuestra apertura a las corrientes de inversión y al comercio mundial- le quitó argumento a esa Argentina reivindicativa, pero la crisis del año 30 desató nuevamente las pasiones justicieras. El peronismo explotó ese sentimiento y lo satisfizo con todas las desmesuras a mano. El éxito popular de Perón, que perduró hasta su muerte, forzó a todo el arco político a peronizarse, pues ya no fue posible ganar elecciones sin prometer que “con la distribución de la renta y se lo reemplazó por la discreción del líder político todopoderoso. El presidencialismo fuerte se convirtió en un instrumento imprescindible para disciplinar los intereses económicos desatados por el intervencionismo económico y laudar a favor de unos u otros. Los vicios antirrepublicanos de nuestro sistema político están muy relacionados con una sociedad que demanda lideres fuertes para torcerle la muñeca al mercado y decidir a favor de lo que cada sector pretende.

La desmesura distributiva, que comenzó durante la primera presidencia de Perón, se ha caracterizado por priorizar el objetivo distributivo, aún a costa de impedir un funcionamiento eficiente de la economía. La distribución no se ha limitado a programas financiables con impuestos generales moderados, mientras una economía libre maximiza el crecimiento posible. Por el contrario, ha destruido la capacidad de los mercados libres de generar crecimiento, recurriendo a impuestos y prohibiciones al comercio exterior que nos aíslan del mundo, controles de precios y tarifas, violaciones de los derechos de propiedad, empleo público improductivo, regulaciones laborales que incentivan la informalidad laboral e impuestos abusivos que perjudican la competitividad. La decadencia económica ha sido así el resultado inevitable.

Pero peor aún, ese afán distributivo desmesurado ni siquiera ha logrado su objetivo primario, pues la pobreza ha aumentado y la distribución del ingreso es mucho más inequitativa que hace 70 años. Es cierto que circunstancias externas favorables han permitido repuntes circunstanciales en los indicadores distributivos, pero han sido mejoras insostenibles, largamente revertidas durante las crisis subsecuentes. La razón de ese estruendoso fracaso es evidente: una política distributiva orientada a regalar pescado en vez de enseñar a pescar (asistencia sin exigencia en lugar de educación de calidad que permita acceder a empleos productivos), ha derruido la cultura del trabajo y ha generado una marginalidad social de bajísimas capacidades, empleable solo en la informalidad y a salarios muy bajos. Esto se ha agravado por una política inmigratoria irrestricta que atrae la pobreza de países vecinos. Por otro lado, en un mundo globalizado, las políticas que intentan manejar la distribución del ingreso ahuyentan el capital, las personas más capacitadas emigran y los que permanecen lo hacen sólo si pueden obtener remuneraciones extraordinarias, agrandando la brecha distributiva.

En democracia la desmesura distributiva se explica en última instancia por la cultura media de nuestros votantes, muy permeables a votar propuestas populistas. Son mayoría los que creen tener más derechos que responsabilidades y que un gobierno sensible puede proveerles las dádivas que se merecen. Nuestra cultura justiciera viene de muy lejos, basta recordar que la pelea entre unitarios y federales por los recursos de la Aduana de Buenos Aires fue el motivo central de nuestras guerras civiles y de la organización nacional. El fabuloso crecimiento que se produjo entre 1853 y 1930 –explicado por nuestra apertura a las corrientes de inversión y al comercio mundial- le quitó argumento a esa Argentina reivindicativa, pero la crisis del año 30 desató nuevamente las pasiones justicieras. El peronismo explotó ese sentimiento y lo satisfizo con todas las desmesuras a mano. El éxito popular de Perón, que perduró hasta su muerte, forzó a todo el arco político a peronizarse, pues ya no fue posible ganar elecciones sin prometer que “con lademocracia se come, se cura y se educa” (Alfonsin) ; o prometer el “salariazo” (Menem); o prometer la profundización de un “modelo de inclusión” (los Kirchner).

Las políticas de la desmesura distributiva diluyeron los valores de la responsabilidad individual y ahondaron nuestros vicios culturales en todos los niveles sociales. Hoy nos resulta inverosímil que el demócrata John Kennedy haya ganado las elecciones americanas en 1960 pidiéndole al pueblo americano que “no piensen en lo que el país puede hacer por Uds. sino lo que Uds. pueden hacer por su país”. Qué político argentino podría ganar elecciones con ese lema de campaña? Hoy vemos que los pre candidatos sospechados de neoliberales se están apresurando a garantizarle a los votantes la continuidad de los planes sociales del kirchnerismo…

Nuestro país revertirá la decadencia sólo cuando abandone el distribucionismo desmesurado para maximizar el crecimiento confiando en mercados libres y competitivos y limitando la política distributiva a igualar oportunidades. Para ello habrá que vencer la inercia del circulo vicioso en el que nos encontramos. Porque es evidente que el distribucionismo desmesurado ha generado decadencia y pobreza; y la pobreza generada es tomada como evidencia que el intervencionismo no fue suficiente y debería profundizarse. En el intento se reproducen los votantes pobres y dependientes del Estado, lo que asegura el retorno intermitente del populismo.

Lo único que puede evitar el retorno del populismo es un cambio de las reglas de juego que paulatinamente cambie los intereses y la cultura de la mayoría electora. Unas reglas de juego en donde tengan éxito los capaces que se esfuerzan y no los vivos que medran con las prebendas del Estado; que se jubilen los que aportan y no los que evaden; que sean maestros los que saben y no los trabajadores de la educación; que prosperen los empresarios que exportan sin subsidios y no aquellos que necesitan la protección arancelaria o el acomodo del capitalismo de amigos. Recién nos habremos vacunado contra el populismo cuando el crecimiento de una economía liberada y las nuevas reglas de juego en la distribución hayan desarrollado una clase media defensora de valores meritocráticos, y así tengamos una sociedad que piense más en la responsabilidad de esforzarse para progresar que en la piolada de reclamarle derechos al Estado.
La erradicación del populismo no se logrará entonces con un mero plan de estabilización que mantenga las políticas e instituciones de la desmesura distributiva, financiándolas con una presión tributaria desmedida; o con endeudamiento externo, capitales golondrinas, proteccionismo industrial o mejoras transitorias de los términos del intercambio. Esos cambios de rumbo no son sostenibles, fracasan y aseguran el retorno del populismo, cuando los vientos de cola sean propicios para repartir.

Por el contrario se necesitan políticas que mejoren sustancialmente la calidad educativa, lo que requiere limitar el poder de los gremios docentes y de las burocracias provinciales. Se necesita erradicar la distribución de dinero en la política asistencialista, lo que no será posible si los punteros políticos, piqueteros y barras bravas siguen validados como actores genuinos de la política. Se necesita eliminar subsidios y sobre empleo estatal, lo que no será posible con políticos cuyo prioridad es perpetuarse en el poder. Se necesita una economía abierta y competitiva, lo que no será posible si la dirigencia empresaria sigue apoyando la protección arancelaria y el capitalismo de amigos; y si la dirigencia sindical sigue creyendo en las bondades del mercado interno.

Si la economía colapsara antes de Octubre de 2015, quizás se dé una nueva oportunidad para cambiar hacia instituciones y reglas de juego capaces de revertir nuestros vicios culturales y evitar el retorno populista. Pero para ello será necesario que la clase dirigente tome conciencia que no bastará con bajar la inflación, solucionar la crisis energética y “mejorar la gestión”. Hará falta también cirugía mayor para eliminar los instrumentos de nuestra desmesura distributiva.
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