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La droga mata, la grasa también

Una y otra vez, se pretende mostrar a “la droga” como el origen de todos los males, como un ente con actitudes propias que, per se, posee la potencialidad de destruir los cimientos de nuestra sociedad. Este delirio no sorprende, ya que es muy funcional a las estructuras de poder dominantes plantear la solución a cuestiones como la inseguridad, declarando la guerra a las drogas (como si acaso éstas fueran un enemigo de carne y hueso, al que se puede derrotar matándolo). Esta guerra servirá de excusa para destinar crecientes cantidades de recursos a las fuerzas represivas, para avasallar libertades individuales y para gastar grandes sumas de dinero en campañas antidroga en los medios de comunicación (cuya evidente finalidad no es tanto la disminución del consumo, como sí lo es el hecho de comprar la benevolencia de esos medios, para que sean funcionales los gobernantes y a las personas que pagan las onerosas campañas electorales que suelen tener los candidatos ganadores). En el plano internacional, también servirá de justificativo para la intromisión, de algunas potencias mundiales, en los conflictos que acontecen el tercer mundo (donde se producen la mayoría de las drogas ilícitas)

Veamos que, de por sí, se está planteando algo sumamente inexacto cuando se dice las drogas son malas. No existe un ente tal como “la droga”, solo hay sustancias, que poseen diversas características. Cuando una sustancia se ingiere en exceso ocasionará una intoxicación y, probablemente, la muerte. Esto no solo se aplica a aquellas que están proscriptas, de más está decir que altas dosis de cafeína, alcohol y nuez moscada (que, en una cantidad de aproximadamente de 2 nueces, tiene un efecto alucinógeno) también pueden provocar una muerte por intoxicación. A su vez, consumir esto o aquello puede tener algunos efectos nocivos sobre el cuerpo, pero naturalmente la magnitud de esto estará sujeta a la frecuencia del consumo y a las dosis.

¿Pero cual es el argumento con el que justifican esta “guerra”? En primer lugar, sostienen que “la droga” genera automáticamente adicción, por ende, quien consume alguna vez una de las drogas ilícitas ya se verá transformado, como un zombi que acaba de ser mordido por otro de esa especie (es decir que se muestra al fenómeno de las adicciones como una “enfermedad”, susceptible de ser contagiada). Sucede que esto no es cierto, la mayoría de los consumidores de las drogas ilícitas más comunes no desarrollan esa clase de relación con la sustancia. Un dato llamativo es que dos drogas legales, que tienden a generar mucha mayor dependencia que aquellas proscriptas, causan muchas más muertes que las ilícitas. Estoy hablando del alcohol y la nicotina.

Otro argumento es que las drogas ilícitas matan y, a veces esto efectivamente sucede, pero no necesariamente se llegará a ese desenlace. Un paquete de aspirinas, si alguien se las toma todas juntas (quizás en la estúpida perspectiva de recuperarse más rápido), seguramente causará la muerte. Del mismo modo, fumar (incluso asiduamente) puede llevar a una muerte por cáncer del pulmón, o quizás no. La pregunta que nadie se plantea es ¿No debería ser parte de la libertad de cada individuo decidir si acaso desea dañar su cuerpo o incluso correr riesgo de muerte, mediante el consumo de determinadas sustancias para uso recreativo?

De hecho se ha intentado prohibir también el alcohol en el país pionero en este asunto, éste es Estados Unidos. Se usaron los mismos fundamentos puritanistas que llevaron a la proscripción de las demás sustancias que se usaban con fines recreativos. Solo que la resistencia de la población a acatar la prohibición fue tanto más grande, que la ley se hizo insostenible. Está época de proscripción dejó el siguiente saldo: 30.000 muertos por envenenamientos debidos a alcohol metílico y otros adulterantes; 100.000 personas víctimas de ceguera, parálisis, etc; 45.000 personas detenidas por motivos relacionados con la prohibición; aparición de mafias y crimen organizado; 35 % de agentes encargados de velar por la prohibición, con expedientes abiertos por corrupción y casi un 10% expulsados; un ministro del interior y uno de justicia fueron condenados por conexión con las mafias y por delitos de contrabando. Estas cifras escandalosas significan una grave pérdida de capital humano para la economía en cuestión, pero por sobre todo, una pérdida completamente evitable. El alcohol volvería a ser legalizado, no precisamente por generar poca dependencia, sino todo lo contrario. Otro dato que resalta de esta época es que el consumo de alcohol no solo no disminuyó, sino que incluso aumentó. A su vez, con respecto al resto de las drogas que hoy son ilegales, no olvidemos que su consumo se disparó en épocas de proscripción (es decir que no significaban ningún problema al momento en que fueron proscriptas), paralelamente a esto, las mafias adquirieron el enorme poder que las caracteriza (fruto de las fortunas amasadas con el tráfico de alcohol, en las condiciones sumamente provechosas que generaba la ilegalidad de ese mercado). Este hecho deja en claro una cosa: La proscripción ha demostrado ser un medio inútil para disminuir el consumo de la sustancia que sea.

Otro argumento que se suele utilizar es que las drogas que se proscriben generan graves trastornos de salud. Ahora bien, sabemos que existen muchas cosas de uso legal que consumimos y que afectan y/o destruyen nuestros cuerpos pero, aún así, no suprimimos mucho de esto. Veámoslo con un poco de ironía. Si la autoridad pública se arroga el derecho de prohibir el consumo alguna sustancia, a los fines de proteger la salud de sus ciudadanos, entonces, buscando el mismo objetivo, tendría que prohibir inmediatamente la ingesta de alimentos de los cuales se sabe que poseen efectos cancerígenos y de aquellos que poseen un alto contenido de grasa y azúcares (el exceso de ambas produce graves problemas de salud, que pueden llevar a la muerte). La cantidad de fallecimientos y trastornos que ambas ocasionan, aplicando el mismo criterio que con “las drogas”, deberían conducir a la proscripción de los menús de Mc Donalds y a la encarcelación de sus propietarios (traficantes de las hamburguesas que tapan nuestras arterias con grasa, llevándonos a la muerte).

Más recientemente, se ha investigado y corroborado que el uso intensivo de la telefonía celular también posee un efecto cancerígeno a largo plazo, y el estado no debería quedarse impasible ante el hecho de que una parte significativa de la población elija generarle tal daño a su cuerpo. En virtud de ello, se debería prohibir de inmediato la telefonía celular, derribar las antenas, incautar los celulares y encarcelar a toda persona involucrada con esta amenaza a la salud pública. De más esta decir, que también se tendría que prohibir el consumo y la venta de drogas altamente adictivas como el alcohol, tabaco (que, como dije anteriormente, producen muchas más muertes que las ilegales).

La reflexión de los párrafos precedentes deja en evidencia que existe una gran arbitrariedad en la proscripción de determinadas sustancias. Deseo concluir este artículo citando un concepto de un economista que, en otros temas, no sería de mi agrado. Milton Friedman planteó que las drogas son una tragedia para los adictos, pero se convierten en un desastre para toda la sociedad, a partir de que se proscriben.

Publicado en www.lalibertadhechablog.blogspot.com
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