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La extrema violencia tiene responsables



La extrema violencia tiene responsables

El kirchnerismo está en la recta final de su gobierno y uno de sus principales legados será dejar un país mucho más inseguro que hace una década.

El valor de vida de un ser humano ha quedado reducido a su mínima expresión, y una muestra de ello es lo que le sucedió a Hernán, un joven estudiante de Ingeniería que fue salvajemente asesinado de un puñal en el corazón para robarle un celular. El muchacho fue interceptado mientras intentaba guardar su auto, un modesto Fiat Uno, en la cochera.

Horas antes, a pocas cuadras, una mujer y una de sus hijas fueron salvajemente agredidas en Tolosa por un grupo de maleantes, durante una entradera, donde no se tuvo que lamentar víctimas fatales de milagro.

¿Qué puede llevar a una persona a asesinar por el simple hecho de querer apoderarse de un celular usado? Solamente el hecho de no tener absolutamente nada que perder. La marginalidad extrema, la pérdida de valores y de la cultura del trabajo ha provocado estragos en la sociedad. Carecer de condiciones mínimas para poder tener una vida digna, es caldo de cultivo para que prolifere la delincuencia. Y si a ello se le suma el flagelo de las adicciones, que ha crecido de forma exponencial producto de la instalación en territorio nacional de carteles narco, el combo es verdaderamente explosivo.

La violencia y la inseguridad han cambiado la fisonomía de la región. Hasta no hace muchas décadas el Gran La Plata era un foco de cultura, trabajo y producción único en el continente. Los conocimientos generados en las universidades se complementaban, en un proceso virtuoso, con el trabajo genuino que predominaba en los frigoríficos, en el polo petroquímico y en las cientos de pequeñas y medianas industrias que existían en la región. De hecho, la Universidad Tecnológica, donde estudiaba Hernán, fue creada durante el gobierno de Juan Domingo Perón para que los trabajadores y sus hijos pudieran progresar socialmente gracias a su esfuerzo y sacrificio.

El pleno empleo y la posibilidad de futuro hacía que no se conocieran hechos de inseguridad como lo que se están viviendo por estos días, donde cualquier persona puede perder la vida sólo por el hecho de tener unos pesos en el bolsillo o una bonita casa en un barrio residencial.

Lamentablemente, el proceso virtuoso de educación, trabajo y producción se quebró hace tiempo. Y los responsables no sólo hay que ubicarlos en la dictadura y el menemismo. Las culpas llegan hasta el presente y tienen nombre y apellido, empezando por la presidenta Cristina Fernández, su difunto marido y sus funcionarios aplaudidores. Sus de­sacertadas políticas económicas dinamitaron el aparato productivo, castigaron a todo aquel que trabaja y produce con una presión impositiva agobiante, sólo para sostener una maquinaria infernal de clientelismo político y corrupción, que llevó a que la Argentina, teniendo todo para ser una potencia, se hunda cada vez más en el atraso y en el subdesarrollo.

Para evitar que, en el futuro, tengamos que lamentar que haya otros jóvenes como Hernán que sean asesinados, es necesario implementar planes estratégicos que impliquen un proceso de desarrollo. Un crecimiento económico acompañado por generación genuina de empleo y por un sistema educativo público que forme e iguale en base a estándares de excelencia, y no en función de mecanismos para falsificar estadísticas, automáticamente desterrará los grandes nichos de corrupción. Y le otorgará mayor seguridad a la población.

Para lograr este objetivo, cada ciudadano, desde su lugar, debe colaborar por el bien del país. Desde una sociedad de fomento, pasando por una biblioteca popular, una escuela o un taller, se pueden empezar a participar y exigir a las autoridades que cumplan con su deber de servir a la patria. Es indispensable que los reclamos se hagan oír y se canalicen a través de las instituciones de la democracia.

El año que viene habrá elecciones, se definirá el futuro de país. La única certeza es que el kirchnerismo dejará el poder y pasará a ser historia. Y por ello se tiene que hacer sentir, como nunca antes, el compromiso ciudadano para que surja una nueva clase dirigente que, con un nuevo programa económico y social, saque al país de la ignominia y del ostracismo.
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