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La guerra del fútbol



Este título no fue acuñado para describir la historia reciente de los enfrentamientos entre canayas y leprosos (hinchas de Central y de Ñuls), sino para definir lo que ocurrió en un conflicto bélico real, en Centroamérica. De igual manera sirve para la reflexión. Recordarlo permite comprender hasta qué punto el fútbol puede ser un excusa para desatar las peores miserias.

La suspensión del Clásico rosarino fue bochornosa y revela la incapacidad de una parte importante de la dirigencia deportiva (a mi juicio la responsabilidad de los dirigentes de Ñuls es algo mayor al haber aceptado, por dinero, jugar un encuentro que sectores de su hinchada no quería jugar), los problemas graves de las autoridades políticas provinciales que no pueden garantizar la seguridad (ni siquiera pueden impedir que grupos de imbéciles pinten todo el mobiliario urbano), la existencia de organizaciones delictivas camufladas bajo las banderas de los clubes, la connivencia policial con los barras y el temor de los dirigentes deportivos a enfrentarlos.

Un párrafo aparte merece lo que pasó en el estadio de Central, con la invasión de hinchas al campo de juego y el pillaje sobre los jugadores: fue vergonzoso.

La mejor descripción la hizo Carlos Del Frade, periodista y dirigente de Proyecto Sur en Santa Fe en declaraciones a Rosario/12: “Lo primero es una gran tristeza, a mí me parece que es la confirmación de la ciudad goleada, que hay una enorme cantidad de armas al alcance de minorías violentas que responden a los intereses de las minorías. Hay una facilidad enorme para encontrar armas en Rosario. Da la sensación de que nadie dice la verdad, de parte del gobierno provincial, municipal, los directivos de Central y Ñuls mienten, le tienen terror a las barras, que se llevan mucha plata de los clubes por mes y tienen complicidad de la policía. La locura que se está viviendo en la ciudad es directamente proporcional a lo que fue alguna vez la ciudad. Es muy triste lo que está pasando. Si alguna vez se hubiera aplicado el derecho de admisión como quiere hacer ahora Independiente, incluso se hubieran podido desarticular bandas narcos en los barrios...”.

Durante tres años junto a mi amigo Pablo Robledo -él fanático de Ñuls y yo hincha full life de Central- fuimos a ver partidos a los dos estadios. Y éste es otro dato. No hay hincha de un equipo que no tenga un amigo o un pariente simpatizante del otro. Es común ver en parques y plazas de Rosario, en colectivos y colegios, camisetas de los dos clubes. Siempre pensé que ése era un ejemplo de aceptación. Una marca de identidad de una ciudad dónde casi no hay hinchas de otros equipos y se respira fútbol todo el tiempo. Recuerdo aquellos años con nostalgia. Nos tocó la época de oro del fútbol de Rosario, con los primeros campeonatos nacionales obtenidos por los dos. No había cosa más linda que asistir a un clásico. Claro que, por entonces, no era un riesgo ir a la cancha.

El fútbol es un espectáculo hermoso, no una guerra. Más allá de la desgraciada y circunstancial coyuntura que vive Central, en segunda división, una de las maneras de quitarle tensión a estos encuentros que paralizan la ciudad es jugar muchos partidos por año. Se robaron el evento más lindo. Será tarea de todos los dirigentes, políticos y deportivos, jugadores, hinchas de verdad y periodistas, recuperarlo.

A los tiros

Rodrigo Bauso, representante de la empresa World Eleven, señaló: “estoy seguro de que en Kosovo tienen menos quilombos que acá en Rosario”. La referencia al territorio que fue dramático escenario en la Guerra de los Balcanes me remite otra vez al conflicto de Centroamérica.

La guerra entre Honduras y El Salvador, desatada a partir de los partidos definitorios entre las selecciones de los dos países en las eliminatorias para la Copa Mundial de Fútbol de 1970, fue calificada como la Guerra del fútbol por el periodista polaco Ryszard Kapuściński (su crónica sobre el conflicto es una de las obras maestras del periodismo escrito). Después de jugar los tres partidos de las eliminatorias (hubo revancha y desempate en México), los países se enfrentaron durante 100 horas dejando un saldo de 6.000 muertos, entre civiles y militares, y más de 15.000 heridos.

Unos cien mil salvadoreños indocumentados que trabajaban en Honduras fueron forzados a regresar a su país.

Más allá de los resultados futbolísticos que desataron la locura (Honduras ganó en Tegucigalpa 1-0; El Salvador se impuso en San Salvador 3-0 y finalmente también ganó el desempate 3-2, después de estar abajo en el marcador 2-1 en DF), lo cierto es que el conflicto se desató por los intereses de los grandes hacendados que controlaban la mayor parte de la tierra cultivable de El Salvador, y esto provocaba la constante emigración de miles de campesinos a Honduras que, cuando hizo una reforma agraria, decidió su expulsión. Los dos gobiernos aprovecharon la tensión para poner en el “afuera”, en “el enemigo”, la razón de sus problemas internos. Los medios de comunicación de ambos países jugaron un papel fundamental en la escalada.

En los hechos: el 14 de julio de 1969, el ejército salvadoreño atacó Honduras y llegó hasta la capital, Tegucigalpa. La Organización de Estados Americanos negoció un alto el fuego el 20 de julio. Al final de la guerra, los más fortalecidos eran los militares de ambos países que encontraron un pretexto para rearmarse y el Mercado Común Centroamericano quedó destruido.

El fútbol había servido de excusa para el horror y la muerte.
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