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La joven Derecha que aterra a la oligarquía de izquierdas

Criados en medio de sociedades nihilistas que desprecian su propia identidad, cada vez más jóvenes europeos se decantan por una derecha identitaria que aterroriza al establishment.




Que Marine Le Pen, líder del ultraderechista Front National, sería la más votada en la primera vuelta de unas elecciones presidenciales en Francia si se celebrasen hoy es ya noticia sabida que preocupa a todos los líderes europeos. Más alarmante es el desglose de esos porcentajes: un tercio de los menores de 35 vota Frente Nacional, y de eso se ocupa una tribuna en el supuesto órgano de la derecha conservadora francesa, Le Figaro, con el titular 'Voto FN: el peligro joven'. Eso revela una tendencia, porque los jóvenes seguirán aquí en 20 o 30 años, mientras que de los mayores, no todos.

Antes de seguir, me gustaría que el lector releyese el párrafo anterior y se fijase en las palabras con que se describe el nuevo fenómeno: preocupante, alarmante, peligro. En un régimen en el que la voluntad de la mayoría es ley, es lo bueno y lo justo, ¿cómo puede ser un 'peligro' lo que quiera la mayoría?

Tras el aumento de votos del Frente Nacional en las pasas elecciones al Parlamento Europeo, el primer ministro francés, Manuel Valls, en un discurso televisado, calificó la victoria del FN como "más que una noticia alarmante... un shock, un terremoto".

El propio presidente, François Hollande anunció la reunión urgente de sus ministros el día siguiente de conocerse los resultados en lo que los medios calificaron de 'gabinete de crisis'.

Bomba de relojería

Los 'baby boomers', la generación nacida tras la posguerra que arrebató el poder cultural a sus padres antes de lo que solía ser normal y aún se aferra a él mientras engrosa las filas de jubilados, inventó la modernidad estática, el canon de lo eternamente moderno. Ellos fueron rebeldes y se opusieron a las ideas de sus mayores en el 68, que convirtieron en referencia obligatoria, y esperan de sus hijos y sus nietos la misma rebeldía... en la misma dirección.

De ahí la alarma de Matthieu Chaigne en Le Figaro, de ahí que llame a este creciente estado de opinión creciente en la juventud francesa "una bomba de relojería para los próximos años".

Los cuarentones, cincuentones y sesentones instalados en el sistema pueden horrorizarse viendo a sus hijos y nietos aupando a los radicales de izquierda, quizá tiemblen o se irriten con el auge de un Podemos o una Syriza. Pero están en la línea que esperan, es un paso más en la dirección que ellos iniciaron. La derecha, en cambio, es cosa de antes, de viejos nostálgicos. Sencillamente, no están preparados para que sus hijos y nietos voten al Frente Nacional o partidos similares.

El grito de guerra de la izquierda es "contra las políticas neoliberales". Pero estos jóvenes son cualquier cosa menos neoliberales. Los podemitas y sus socios moderados claman contra los recortes y la austeridad. Pero los veinteañeros que votan Jobbik, Frente Popular o a los Demócratas Suecos no son partidarios de los unos ni de los otros. Tampoco es que estén radicalmente en contra: sencillamente, no les mueve un punto más en el crecimiento del PIB o una bajada de impuestos.

Sus circunstancias son muy distintas. Ven derrumbarse la civilización que sus mayores dan por supuesta y, lo que es peor, por eterna. Están en la calle, en las universidades, y ven que la identidad y los valores de la sociedad en la que viven se van diluyendo. Y eso es lo que les convoca bajo siglas nuevas que aterrorizan al establishment: identidad.

Los tres hilos de la nueva derecha

La nueva derecha que está surgiendo en Occidente, con especial incidencia en Europa, bascula entre tres líneas que, en muchos casos, empiezan a confluir y que no tienen nada que ver con el conservadurismo al uso en el espectro parlamentario europeo de posguerra, nada que recuerde de lejos al PP, a los tories británicos o a la CDU alemana.
Sobre todo, es una derecha que le ha perdido el miedo al nombre de derecha, que se alza de hombros ante todos los tapabocas habituales que amedrentan a los conservadores clásicos.

Una parte viene del anarcocapitalismo. Se han criado a la sombra de un Gran Hermano benevolente y maniático que, a través de una madostodóntica burocracia, controla cada aspecto de sus vidas con la minuciosidad histérica de una Señorita Rotternmeyer con los poderes de Stalin. Ven al individuo inerme frente a un Estado anónimo y omnipresente que ni siquiera le deja autonomía para criar a su familia y decidir en ella.

Otros vienen de la vieja derecha legitimista, del tradicionalismo. Han visto disolverse todos los valores que hicieron grande Occidente y contemplan cómo la modernidad se diluye en un nihilismo amorfo y masoquista que da la bienvenida a cualquier cultura, a cualquier idea, a cualquier nacionalidad menos la propia. Son, en muchos casos, bajas en la Revolución Sexual que destruyó viejos vínculos y lealtades seculares y en su deseo de seguridad se vuelven a la vieja religión de Europa, la cristiana, tanto los que creen en ella como muchos que, sin profesarla, respetan en ella un guardián de la tradición y de valores permanente.

Por último, quizá el bloque más grueso sea el de los identitarios. Quieren pertenecer, quieren que sus países sigan siendo suyos, ven en la inmigración masiva una amenaza real y urgente a su propia identidad. En unos casos son meros nacionalistas de sus respectivas patrias; cada vez más, sin embargo, son defensores de la identidad común europea. Son, si se quiere, una resurrección del espíritu tribal, una reacción a la globalización y a los intentos de Bruselas de crear un supraestado sin una identidad definida, sin raíces y sin tradiciones.

El caso del Frente Nacional

Pero si la nueva derecha está prendiendo entre jóvenes de toda Europa, es en Francia, la cuna de la revolución que aún vivimos, donde mayor es su influencia y su organización. Siguiendo la tradición de la derecha francesa, Le Pen no tiene problemas en servirse del poder del Estado para avanzar en las reformas que considera convenientes; el antiestatismo radical que es una de las características más destacadas -y más atacadas por la izquierda- en la derecha anglosajona es inexistente en la tradición derechista francesa.

Le Pen pone el énfasis de su plataforma política en la recuperación de la soberanía francesa, en lo político, lo económico y lo militar. Políticamente, el FN quiere desvincular a Francia del Espacio Schengen y su libre tráfico de mercancias, capital y personas. Desde el punto de vista monetario supone volver al franco, abandonando el euro, es decir, recuperar el control sobre la moneda nacional. Tampoco tiene reparos en declarar que favorece un régimen proteccionista que contribuya a reconstruir la industria francesa, su seguridad alimentaria y su independencia energética.

Y, naturalmente, detener radicalmente el flujo migratorio y reestablecer la primacía de la cultura y los valores franceses, además de desvincularse de lazos que le impidan desempeñar un papel propio en el concierto internacional:
“Nuestros adversarios políticos -ha declarado- basan sus acciones en un absurdo histórico. Han decretado que la historia nos arrastra a un mundo globalizado sin estados en el que todos nos sometemos servilmente al modelo americano. Eso es un error, un error que nos ha hecho débiles. Desde Asia hasta Iberoamérica pasando por el mundo musulman, está surgiendo un nuevo mundo basado en la afirmaciones de las identidades individuales y las soberanías nacionales”

Carlos Esteban
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