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La leyenda de Al Pacino revive en la Mostra

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El actor brilla en las dos películas que ayer presentó en el certamen





Al Pacino es una leyenda viva. A lo largo de más de 40 años ha creado personajes que serán recordados mientras sigamos hablando de cine. Y, sin embargo, nos hemos acostumbrado a olvidarnos de ello. Tras protagonizar el thriller Insomnio (2002), el actor de 71 años se arrojó a un rápido y dramático declive, y dañó toda la reputación ganada a través de clásicos como El padrino (1972), El precio del poder (1983) yAtrapado por su pasado (1993) a causa de sus malas elecciones profesionales y sobre todo a su tendencia al tic, los aspavientos y el histerismo. Cuando participó en el vehículo de Adam Sandler Jack y su gemela (2011), muchos lo dieron por artísticamente muerto.

Por eso, uno está tentado de usar la palabra resurrección para referirse a lo que sucedió ayer en Venecia: Pacino acudió a la Mostra para presentar dos películas que contienen ni más ni menos que las dos mejores interpretaciones que el actor ha ofrecido para la pantalla grande en más de una década. En The humbling, dirigida por Barry Levinson, Pacino da vida a un actor en declive que vive un romance con una joven lesbiana; en la nueva película de David Gordon Green,Manglehorn, interpreta a un hombre atormentado por la memoria del amor de su vida.
Decir que Pacino es lo mejor de ambas películas es casi caer en la obviedad puesto que el actor no solo ocupa el centro absoluto de las dos, sino que incluso es lo que les da su razón de ser.

Considerar su trabajo en ellas en conjunto tiene sentido no solo por su presentación en la Mostra a modo de programa doble, sino porque los protagonistas de ambas son hombres en crisis cuya psicología es un misterio especialmente para ellos mismos, tipos asolados por la pérdida y el fracaso e invadidos por la depresión. «Quizá yo mismo esté también deprimido, aunque si es así no me he dado cuenta», bromeaba ayer Pacino al meditar sobre su conexión con ellos.

DISFRUTANDO DE SER ACTOR / El vínculo es especialmente evidente, por supuesto, en The humbling. Adaptación muy libre de la penúltima novela de Philip Roth, retrata a un actor que ha perdido su talento interpretativo y en cierta medida su conexión con la realidad, y que se prepara para transitar la recta final de su carrera y quizá también de su vida. Es fácil imaginarse por qué Pacino se sintió atraído por el personaje. «Esta misma mañana pensé en que debería retirarme, pero ahora que estoy frente a los periodistas me he acordado de lo mucho que disfruto esto», bromeó el actor, y añadió: «Siento que para mí el avión aún no ha aterrizado». Más complejo, en todo caso, es su trabajo en Manglehorn en la piel de un hombre emocionalmente discapacitado y venenosamente resentido. Se trata de un personaje difícilmente querible, pero que Pacino convierte en fascinante.

Ninguna de estas dos películas es perfecta. The humbling no logra que su romance central cobre verdadera vida, y da bandazos demasiado agresivos entre lo cómico y lo trágico. Y Manglehorn se percibe aplastada por la pesadez de sus metáforas -el protagonista es cerrajero, porque vive en una prisión creada por él mismo, pero posee la llave para salir de ella-. Pero lo mejor de ambas puede localizarse en Pacino, en la melancolía que su mirada encapsula, en su precisa forma de acarrear su cuerpo gastado. Puede que su paso por Venecia no acabe significando una verdadera resurrección, pero sin duda es un recordatorio de por qué es y será uno de los grandes.


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