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La médica argentina que combatió el Ebola



La obstetra argentina Fernanda Méndez Boggi estuvo el último mes trabajando dentro de la organización de Médicos Sin Fronteras con infectados por el Ebola en el epicentro de la epidemia, en la región de Gueckedou, Guinea. Estuvo en la zona cinco veces en los últimos seis años. Regresó el lunes a Buenos Aires y aún no se acostumbra a tener el más mínimo contacto físico con otros humanos. Esa es la primera restricción a la que debe someterse un médico en estos campamentos donde al dar la mano o tocar a alguien en el hombro podría traspasar el virus letal. Y aún tiene en sus oídos el ruego de Janette, una madre de seis hijos, que le decía: “Mi vida está en sus manos, Dios la bendiga” mientras daba a luz con el Ebola en su sangre. Janette sobrevivió y Fernanda lo cuenta con una enorme sonrisa.

“Me recibí en la UBA. Primero trabajé en Avellaneda y después en el Penna. Luego, tome la decisión de irme a Africa porque allí había una necesidad enorme de médicos con mi especialidad y tienen menos recursos aún que en América Latina”.

-¿Cómo es trabajar en el medio de un brote de Ebola?


-Complicado, gratificante, triste. Estresante. Gratificante otra vez. Tiene muchos aspectos a nivel médico, a nivel humano, a nivel de equipo, que no tienen otros tipos de epidemias, como el cólera, o como intervenciones en casos de catástrofes naturales.

-¿Cuál es la diferencia?


-El hecho de la altísima mortalidad, del contagio. Es una enfermedad que tiene una mortalidad del 90%. Y en Médicos Sin Fronteras estamos preparados para que los pacientes vivan, para hacer lo máximo por la salud de los pacientes, pero en estas epidemias de fiebre hemorrágica es muy complejo porque hay una probabilidad de sobrevida baja, hagamos lo que hagamos todos nosotros.

-¿Qué pasa el día en el que no hay sobrevivientes?


-Es un día triste. Los pacientes tienen nombre y apellido. Los conocemos a todos. Ellos nos conocen. Nosotros nos mostramos sin nuestro equipo de alta protección detrás de los vidrios antes de entrar a verlos. Y eso lo hace muy duro para nosotros porque el que se fue es un paciente que tiene nombre, apellido, familia.

-¿Y el día en que se les da de alta?


-Es una fiesta. Impresionante. Tenemos ciertos rituales. Cuando pasa el período de evolución se hacen unas pruebas y si dan negativas, se les da el alta. Nosotros los esperamos afuera y bailamos y aplaudimos y cantamos canciones. Y le gritamos el nombre como si fueran héroes, y es que lo son. Son personas que han luchado mucho para poder sobrevivir.

-¿Quién te dejó el recuerdo más marcado?


-Dos pacientes a las que les hicimos el parto. Las recuerdo porque creo que eran nuestras, en el buen sentido. Una se llama Janette y la otra Therese, que tiene una vida muy compleja. Fue víctima de una mutilación genital. Tiene 21 años. Es la única persona sobreviviente de una familia de 30 personas. Estuvo muy mal después del parto. El bebé también había fallecido y, sin embargo, puso tanta energía, tanta energía, que daba gracias a la vida y a todos. Son para mí dos mujeres admirables.
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