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Emily Badger, de The Washington Post, recientemente nos dijo que el tendido urbano es malo para nuestra salud . También los negocios dentro de los cines, informó Sarah Kliff, de Vox, motivo por el cual dos legisladores demócratas, el senador Tom Harkin, de Iowa, y Rosa DeLauro, disputada de Connecticut, quieren incluir las palomitas de maíz en las reglas que requieren revelar información calórica (bajo el riesgo de sonar quejumbroso, exactamente no están “arremetiendo” contra las palomitas de maíz; usted va a ser libre de comprarlas. Es solo que el cinema deberá informarle cuántas calorías está por consumir).



OK, fue una exageración. Pero ambas inquietudes respecto a los efectos sobre la salud de los tendidos urbanos y los intentos por disuadir cierto tipo de consumo básicamente tienen que ver con las fallas de la racionalidad como modelo de comportamiento humano. La gente debería hacer suficiente ejercicio (en general, sería más feliz si lo hiciera), pero tiende a no ejercitarse si vive en un ambiente donde es fácil manejar a cualquier lado y no tan fácil caminar. La gente también debería limitar su ingesta calórica (otra vez, sería más feliz si lo hiciera), pero se le dificulta resistirse a esas bolsas gigantes de palomitas de maíz.


Puedo atestiguar personalmente la importancia de estos efectos ambientales. En estos días, camino con un podómetro en la muñeca (¡Vamos! Tengo 61 años; es ahora o nunca) y es obvio lo más natural que resulta ejercitarme cuando estoy en Nueva York que cuando estoy en Princeton, Nueva Jersey. Optar por caminar apenas un par de veces en lugar de tomar el subte muy fácilmente me lleva a 15,000 pasos en la ciudad, mientras que incluso con una corrida mañanera puede ser difícil superar los 10,000 en los suburbios. También, el legado de Estado sobreprotector del ex alcalde Michael Bloomberg, con calorías exhibidas en prácticamente todo tipo de cosas de Nueva York, ayuda a limitar mis vicios (¡emparedados grasosos para desayunar!).La pregunta interesante y difícil es si y cómo este tipo de cuestiones de comportamiento deberían estar reflejados en la política. Hay algunos argumentos convencionales de externalidades a favor de promover un desarrollo “caminable”; menos contaminación, etc. ¿Pero también podemos, y debemos, favorecer la “caminalidad” y densidad porque promueve buenos hábitos? ¿Qué tan lejos debería llegar la regulación de la comida rápida? Etc., etc.

También, ¿no es interesante que en estos días los residentes de las grandes ciudades, en promedio, lleven vidas más “naturales”, saliendo al aire libre y moviéndose con sus propios pies, que los “verdaderos estadounidenses” que viven en ciudades y pueblos chicos?
Ahora, es momento de acabarme mi avena no azucarada aprobada por Mark Bittman y de no, repito “no”, comerme un emparedado de desayuno.