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La reina de los Travestis




Lizy Tagliani: “Tengo todo para ganar el Bailando”
La nueva sensación de “ShowMatch” cuenta su historia de vida entre la pobreza de su niñez, la discriminación y los conflictos con el mundo gay. “Nunca me sentí hombre, ni soy mujer, ni travesti: soy Lizy”, confiesa sin tapujos.




“Estoy en el medio artístico desde que nací, por lo menos en mi imaginación. ¿Qué puto de chiquito no soñó con ser Susana Giménez o Mirtha o protagonizar telenovelas? Bueno esa era yo, pero no era la buena, como toda maricona quería ser la mala, era Rocío Banquells (la actriz de “Los Ricos También Lloran), no la boba de Verónica Castro, era la que maltrataba a la ciega de “Topacio”. Así comienza Lizy Tagliani (43) a desgranar su historia para Semanario, una historia de Cenicienta donde ella ya es feliz, pero no quiere dejar de ser una Cenicienta mala, más mala que las hermanastras, según su relato.

“Un día, a fines de los ’90 conozco a la mujer de Roberto Galán en una peluquería y me lleva a trabajar en ‘Si lo Sabe Cante’, no como secretaria, lógico, como peluquera. Pero no me metí mucho en el ambiente en ese momento, y recién muchos años después, cuando conozco a Connie Ansaldi, entré en los medios, y acá me ves, no me fui nunca
más”, cuenta Lizy.

Pese a haber trabajado con Viviana Canosa y Santiago del Moro en radio durante años, bastó que en un segundo Marcelo Tinelli posara su mano sobre su cabeza para que la Cenicienta (buena) comenzara a tranformarse en reina. Hoy está haciendo el reemplazo de Mariana Antoniale en el Bailando, y ya se ganó el cariño de la gente, que la salvó en el duelo. Pero la historia de Tagliani comienza mucho tiempo atrás, en un casi borroso Adrogué, provincia de Buenos Aires.

“Yo no tenía muñecas, en casa no había, tampoco adornitos, a mamá no le gustaban, pero me las rebuscaba, jugaba sola. Las nenas no jugaban conmigo por ser varón, y los varones eran muy brutos para mí –relata–. Igual jugaba a las entrevistas, hablaba sola, jugaba a que era mi mamá y arrancaba las plantas diciendo que iba a la verdulería a comprar acelga. Mi mamá se ponía furiosa y yo le echaba la culpa a los perros de haber destrozado el jardín”.



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