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La Salada: el imperio de la economía informal








BUENOS AIRES.— Horas después de que los comercios cierran sus puertas, la feria de La Salada se levanta a la velocidad de un rayo, en medio de la noche y en la ribera de uno de los ríos más putrefactos del mundo. Una marea humana deambula por los pequeños pasillos cargando mercadería, o en busca de los mejores precios de una prenda GAP, Nike o de alguna de las marcas más importantes del mercado.

Pero ni el más reciente modelo de Lacoste, a nueve dólares, ni las carteras Louis Vuitton, a 60 dólares, son lo que dicen ser. Es la realidad construida desde la falsificación, que convierten a La Salada en la mayor feria en su especie de América del Sur, una suerte de “Tepito made in Argentina”.

La feria es el sueño de los compradores compulsivos. Pero para millones de personas es una realidad redituable, un monumento a la informalidad, a la evasión del fisco y, cada vez más, una característica social de Argentina.

Levantado sobre calles de tierra, cuando no de barro, llamar centro comercial a La Salada suena a eufemismo porque su aspecto es, en realidad, el de un tianguis inmenso.

Montar un puesto aquí no es nada barato. El derecho a ocupar un lugar de dos metros de frente por cuatro de fondo, durante los días de feria (miércoles, sábado y domingo) se cotiza hasta en 100 mil dólares. En su mayoría, los tianguistas son fabricantes y confeccionistas, o bien, importadores desde China de los productos que ofrecen.

Eso sí. El que paga ese precio, igual que quienes pagan una renta de hasta 500 dólares la noche, no recibe papeles, ni títulos de propiedad.

“Acá la garantía, la ley, somos nosotros”, asegura un joven fornido que responde al nombre de Gustavo, uno de los encargados de que todo funcione dentro de los cánones establecidos, mientras guía al periodista y al fotógrafo por los meandros de lo que alguna vez fue el Balneario Punta Mogote (un conjunto de piscinas de agua salada).

Un producto de la crisis

El Cuartel noveno e Ingeniero Budge son dos barrios del municipio de Lomas de Zamora, en el conourbano bonaerense. Conformado por varios millares de casas bajas, levantadas con ladrillos de escasos recursos en su mayoría, serpenteadas por el Riachuelo, ése que alguna vez una ministra de Carlos Menem prometió dejar como El Sena en mil días. Sin embargo, hoy, la mugre sigue ahí.

Un puente ferroviario y lo que queda de un puente peatonal es atravesado a pie por decenas de miles de personas cada noche de feria para conseguir un pantalón de mezclilla Levi’s o Wrangler por el equivalente a 18 dólares, o el último éxito de Hollywood por un dólar el DVD.

Sólo que, aquí, en la Salada, nada es lo que parece. Ni el Levis es Levi’s ni los vendedores son puesteros marginalmente pobres, como muchos creen.

Tampoco La Salada es un sueño, sino una extendida realidad que fue creciendo al calor de la crisis económica y el desempleo de finales de los años 90 y que hoy le da empleo, en su mayoría informal (como todo en sus casi 16 hectáreas), a miles de personas, constituyéndose en una economía subterránea que sólo aquí, se estima, moviliza 350 millones de dólar mensuales, sin contar con los ingresos que obtienen en resto del país los revendedores llegados de todos los puntos de Argentina, Uruguay, Bolivia y Paraguay.

En la Feria, la ausencia del Estado es, literalmente, total.

Hasta la policía permanece a buen recaudo, apostada del otro lado de las vías del ferrocarril Roca.

“Si encontramos carteristas o ladrones, los agarramos, los atendemos (se los reduce) y los entregamos a la policía”, relata Gustavo, mientras ayuda a recoger del pasillo una playera que ostenta la marca Polo Ralph Lauren, aunque la realidad sea distinta. Para Gustavo, todo está claro: “Acá el Estado es Jorge”.


El hombre que ríe

Jorge tiene el don de reírse de lo que llegó a construir y de su magnánima obra: “Punta Mogoté”.

No sólo acepta ser el Estado, sino que se autodefine como “el CEO número uno de la Argentina”.

Jorge, de apellido Castillo, es el administrador de la feria y recibe a EL UNIVERSAL en una lujosa oficina en el no menos lujoso barrio de Puerto Madero, a prudente distancia (34 kilómetros) de la presunta ilegalidad sobre la que se edificó La Salada, un paraíso de la falsificación que, de acuerdo con las cámaras empresariales, provoca un perjuicio de más de 550 millones de dólares al año, pero donde a la vez se han originado nuevas marcas para el mercado local, como “Strident”.

Castillo desborda simpatía y sinceridad. “Yo quiero que venga la AFIP (control de impuestos), que vengan y controlen si aquí hay cosas falsas. Aquí hay cosas malas, no lo voy a negar, pero que vengan a combatirlas. Pero no vienen porque pueden tener miedo”, dice, y se ríe.

En cada jornada de la feria, entre la medianoche y las 10 de la mañana, se estima que pasan más de un 1.5 millón de personas. El trajinar de los buses que aparcan en una plataforma construida para tal fin en el ex balneario es incesante: “Perico (Jujuy)”, “Potosí (Bolivia)”, “Quimilí (Santiago del Estero)”, Santana do Livramento (Brasil), dicen los carteles de los camiones que traen a miles de peregrinos a ésta, la Meca de las oportunidades.

Castillo, hijo de un tendero, aprovechó hace 12 años (cuando La Salada ya llevaba cinco años de existencia) la oportunidad que se le presentó para lotear lo que fue el balneario para competir con una de las cuatro ferias vecinas (Urkupiña, fundada por familias bolivianas). Desde entonces, administra más de 5 mil puestos, abrió un centro de atención médica primaria, un comedor infantil para más de 300 niños, y una escuela de futbol.

“Hago política”, dice, “pero no soy político; los políticos son todos muertos de hambre” y se ríe. “Hemos asfaltado las calles, brindamos seguridad y la cosa funciona. Más de 50 mil puestos de trabajo se crearon alrededor de la feria y los carreros (los que transportan cargas) son todos malandras a los que sacamos de la droga y el delito”, advierte antes de anticipar que “La Salada seguirá creciendo. Ahora estamos planificando un centro comercial de verdad, con patio de comidas y todo del otro lado del río. Pero estamos esperando la habilitación y otros papeles” acota.

“Como se dará cuenta, no sé si el Estado lo haría mejor que nosotros…”, dice, y vuelve a reír.

Los puestos de textiles y calzado son mayoría, pero abundan los locales de juegos para Play Station, DVD, música y “bijouterie”, entre otros implementos. En lo que a la gastronomía se refiere, los puestos de comida rápida comulgan con los platos autóctonos de Bolivia y Perú y nadie termina su jornada aquí sin hacerse su agosto.

“Se estima que un carrero puede ganar hasta mil 500 pesos (350 dólares) y hay puesteros que se llevan hasta 35 mil pesos por jornada (8 mil 500 dls.)”, afirma Lorenzo, un fabricante de pantalones que opera aquí desde 2003.

Y eso sí que no es un sueño. En un país donde puede falsificarse hasta las estadísticas oficiales, como las de inflación y pobreza, La Salada es la construcción de una realidad cada vez más informalmente popular.

FUENTE:
http://www.eluniversal.com.mx/internacional/72137.html
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