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La vuelta al dracma en la única solución para Grecia.



Son las dos de la tarde y en Atenas el sol cae con violencia sobre Syntagma, el punto neurálgico. Entre la corriente de personas que transitan por la plaza se levanta un tenderete con varios carteles donde se lee «OXI» («no» en griego). En ella, Antonis Giannios y dos personas más hacen campaña en apoyo del «no» en el referéndum.

Antonis trabajó como arquitecto desde que terminó sus estudios universitarios. Hasta 2013, cuando fue despedido. Hace pocos meses dejó de cobrar el paro –apenas 360 euros– y se vio obligado a volver a casa de sus padres con 37 años. «No tengo nada que hacer en casa, así que me vengo aquí. Al menos hablo con gente y contribuyo a una buena causa», asegura el hombre. ¿Por qué el «no» en lugar del «sí»? «Porque con el «sí» ya conozco las consecuencias, el resto de mi vida sin empleo y sufriendo. Con el «no» podemos empezar de cero, sin importar el resultado. No tengo nada que perder», considera.

Como él, parte del 25,6% de los parados griegos optarán por el «no» con la esperanza de salir de la crisis y sin miedo a la salida del país de la moneda única. Así lo indica Antonis: «La vuelta al dracma es la única solución. Al principio no se podrán importar laptops y móviles, pero al menos todo el mundo tendrá trabajo». Ante la posibilidad de que el país abandone el euro, el hombre presenta una ecuación algo complicada de materializar: «Dentro del país se utilizarían dracmas, y en los mercados pagaríamos en euros o dólares. Así, no tendríamos problema para el comercio».

En cuanto al pago de la deuda, el arquitecto lo tiene más claro: «No vamos a pagar porque es una deuda ilegítima y odiosa», exactamente los adjetivos que empleó la presidenta del Parlamento (Syriza) para definir los préstamos de los acreedores. En ese sentido, Antonis apunta que «la postura del Gobierno ante las instituciones debe ser más severa».

A pesar de apoyar el «no», critica con dureza al Gobierno. «Si gana el «sí», tienen que dimitir, porque han defendido la opción contraria», dice el hombre, quien reconoce no haber votado a Syriza, pero darles respaldo «tan sólo para esta consulta». Para él, el Ejecutivo está repleto de contradicciones, «empezando porque tienen un ala comunista radical y forman coalición con los ultranacionalistas». Asimismo, lamenta que «no han cambiado a los altos cargos de la Administración», lo que ha provocado que «el Estado siga siendo igual que antes y no hayan cumplido con su promesa de reformar el sistema». Muchos de los votantes de Syriza aceptan esas contradicciones como «el mal menor» para alcanzar el objetivo final: la reestructuración de la deuda. En el caso de Theodoros Batrakoulis, de 59 años, también favorable al «no», cree que «hay que vencer en la votación aunque sea con los votos de Amanecer Dorado», el partido neonazi que se posiciona favorable al «no» y a la salida de Grecia del euro. El hombre reconoce que votó a Griegos Independientes (Anel), los ultranacionalistas que forman Gobierno junto con Syriza. Su líder llegó a afirmar que «siempre se puede utilizar el Ejército para garantizar la estabilidad del país», en caso de que la situación se complique tras el referéndum.

En cuanto al control de capitales, ambos consideran que «se trata de una medida de presión de los acreedores, en particular del BCE», por «no haber aumentado la línea de asistencia a la liquidez» para los bancos griegos.

A Theodoros lo encontramos en la cola de un banco. «No fui previsor y mira ahora. Aún así, no hay problema por vivir con 60 euros al día y tener que perder una hora diaria», señala el abogado. Ese gesto se ha convertido en parte de la vida cotidiana de los griegos esta semana.

A Antonis tampoco le preocupa el corralito en el país, porque no tiene dinero en el banco. «Después de un año sin cobrar prestación por desempleo, ¿qué ahorros puedo tener? Me mantienen mis padres», relata. Y explica que tienen familiares en pueblos del interior que les envían alimentos que ellos mismos producen (pollo, huevos, legumbres). Antonis irá a las urnas con sus padres, a los que, según él, intentará convencer para que cambien de opinión y voten por el «no».
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