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Las incubadoras de la peste


Famoso por su novela Robinson Crusoe, el escritor, periodista y espía inglés, Daniel Defoe (1660-1731) reflejó en Diario del año de la peste uno de los más espeluznantes frescos sobre la peste bubónica que asoló a Londres en el verano de 1665, cuando el autor no tenía más que cinco años.
Esa crónica novelada escrita en 1720, hace más de 300 años, cobra una vibrante actualidad con la irrupción del virus del Ébola en África. Al igual que ocurre hoy, aquella narración está acompañada de los datos oficiales del número de muertos en cada semana de epidemia (hasta alcanzar un total cercano a los cien mil), de las normas que se emitieron para luchar contra la epidemia y otros documentos.
Aunque el Ébola todavía no tiene un cronista de la talla del autor de Robinson Crusoe que desnude las causas económicas y políticas de la epidemia, el prestigioso Centro para el Control de Enfermedades (CDC, Center for Disease Control) del gobierno federal de EE.UU. publicó en el mes pasado un informe sobre la epidemia en el que vaticinaba que “los casos de Ébola podrían expandirse en una cantidad que podría variar de 550.000 casos a 1,4 millones en los primeros cuatro meses”. El mismo informe cuestionó las cifras proporcionadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS, la agencia de salud de las Naciones Unidas) sobre el número de casos de la enfermedad causada por el virus (5.800 casos) y el número de muertos (2.800 casos). El CDC señalaba que probablemente los números sean mucho mayores, alrededor de 20.000 casos. Y subrayaba que era probable que el número de nuevos casos de afectados y de muertos aumentara exponencialmente, pasando de cientos de casos a miles por semana. El CDC también indicaba que hoy la epidemia se centra en tres países del oeste de África, Liberia, Sierra Leona y Guinea, donde las infraestructuras de higiene, salud pública y servicios sanitarios son muy deficientes, habiendo empeorado en los últimos años como consecuencia de las políticas de austeridad del gasto público, incluyendo el gasto público sanitario, impuestas a tales gobiernos por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial.
Por su parte, el científico que dirige la respuesta del Reino Unido a la pandemia de ébola lanzó un ataque devastador a la gran industria farmacéutica, acusando a los gigantes del sector, entre ellos a las compañías GlaxoSmithKline (GSK), Sanofi, Merck y Pfizer, de no haber fabricado una vacuna, no porque no fuera posible, sino porque “no era negocio”.
La epidemia podría haberse evitado desde el principio si se hubiera desarrollado una vacuna y se hubiera hecho acopio de una cantidad adecuada de dosis, cosa que según el profesor Adrian Hill, de la Universidad de Oxford, era factible.
A pesar de las medidas extraordinarias, la OMS admitió que “no se prevé que para antes de finales de 2014 haya disponibles nuevos tratamientos o vacunas suficientes para un uso extendido”. Junto con la vacuna de GSK/NIH, que se ensayará en Oxford con voluntarios sanos dentro de dos semanas, hay una vacuna canadiense que también parece prometedora y se está ensayando en EE.UU. El profesor Hill explicó que la vacuna de GSK/NIH, que se basa en una cepa del virus del resfriado de chimpancé llamada ChAd3, se desarrolló inicialmente en EE.UU. para su uso potencial frente a un atentado bioterrorista y que sólo existía gracias a los cuantiosos fondos de financiación otorgados a las vacunas destinadas a la defensa.
A la pregunta de por qué no había una vacuna autorizada, el profesor Hill explicó al diario The Independent: “¿Quién fabrica las vacunas? Hoy en día, la producción comercial de vacunas está monopolizada por cuatro o cinco megaempresas –GSK, Sanofi, Merck, Pfizer–, que figuran entre las compañías más grandes del mundo. El problema es que incluso si se descubre una vía para crear una vacuna, si no tiene un gran mercado las grandes empresas consideran que no vale la pena… La vacuna contra el ébola para las personas que más la necesitaban no era negocio debido, en primer lugar, a la naturaleza del brote; en segundo lugar, al número de personas que probablemente se verían afectadas, que hasta entonces se consideraba que sería reducido; y en tercer lugar, al hecho de que la gente afectada se halla en algunos de los países más pobres del mundo y no pueden pagar una nueva vacuna.”
La empresa canadiense que posee la patente del medicamento TMK-Ébola señala la dificultad de proporcionarlo en un corto espacio de tiempo. Sin embargo, ha visto subir sus acciones en Bolsa. De un 25% en agosto llega a superar el 70% en octubre. Precisamente, eldiario.es señala que las tres empresas farmacéuticas –dos norteamericanas, BioCryst y Chimerix, y la canadiense Tekemira– han aumentado en 1.100 millones su valor desde el comienzo de la crisis. Por el momento, la tasa de mortalidad oscila entre un 25% y un 70% de los infectados. Un porcentaje nada despreciable en términos de rentabilidad económica. La guerra entre las farmacéuticas se ha desatado.
En Estados Unidos, a mediados de agosto, el ejército estadounidense anunció estar en posesión del fármaco secreto ZMapp, considerado la respuesta al virus del ébola. Dicho anuncio se hizo coincidir con el traslado desde Liberia del médico Kent Brantly y la cooperante Nancy Writebol, ambos afectados por el virus, al centro de enfermedades infecciosas en Atlanta.
Esto abre más de un interrogante: ¿Por qué el gobierno estadounidense envió a 3.000 soldados –en lugar de médicos y enfermeras– para “combatir la epidemia”.
Igualmente, en Sierra Leona el Instituto de Investigación Médica de Enfermedades Infecciosas de la Armada de EE.UU. tiene un equipo de especialistas para trabajar con el virus del ébola desde hace un año, justo cuando apareció el brote infeccioso.
Utilizar la droga norteamericana, el ZMapp, fármaco con el cual se trató a los enfermos en Atlanta, como autoriza la OMS, facilita al Pentágono el ensayo sobre humanos salteando todas las fases experimentales y convirtiendo al África en un laboratorio a cielo abierto.
Escenas dantescas en las que montañas de cadáveres son transportados en carros hacia gigantescas hogueras que cubren Londres de un insoportable olor a carne quemada; actos de locura y asesinato, como si todas las bajas pasiones explotaran al mismo tiempo, son los elementos que mueve Defoe para darnos a entender su postulado: no hay colaboración ni fraternidad en una sociedad cuyos principios son la ambición y el egoísmo. Mucho no ha cambiado en los 300 años transcurridos.
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