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Las noches de sexo con pibitas y cocaína del pederasta de




Las noches de sexo con pibitas y cocaína del pederasta de Ciudad Lineal




Antonio Ortiz alardeaba de sus juergas y de su cuerpo musculoso y ciclado en un gimnasio repleto de policías en Madrid


Un día llegó demacrado a su cita ineludible del mediodía en el gimnasio madrileño de la calle Malagón, 2. Su compañero de entrenamiento desde hacía tres meses le preguntó qué le ocurría. Con su habitual prepotencia, característica con la que coinciden en describir a Antonio Ortiz varios clientes de Smart Gym, dijo a viva voz: «Tengo una resaca tremenda. Estuve con unos amigos de juerga anoche, me tomé 4 ó 5 gramos de coca y estuve con unas ‘pibitas’...». Ahora, este socio de pesas no deja de pensar si en realidad el día antes había cometido alguna de sus perversiones. No da crédito. No se imaginaba qué había tras ese cuerpo que solía levantar más de 100 kilos de peso con sus bíceps. A este hombre, Ortiz solía enseñarle fotografías de su teléfono móvil con chicas espectaculares y alardeaba: «Con ésta me he acostado». Y con otra. Y con otra. Y otra...

«Mirada lasciva»
Ortiz llevaba alrededor de ocho meses asistiendo a esta sala de Canillas. Ayer, el propietario no quiso decir nada ante los medios de comunicación, pero sí los usuarios. Un policía nacional salió del interior del gimnasio: «Te quedas sorprendido y con rabia de que lo tuviéramos tan cerca. Aquí entrenamos muchos policías». Lo dice dando por seguro que el pederasta se lo ha pasado bien rodeado de quien más le buscaba. «Alguna vez hasta habrá salido la conversación del pederasta e igual estaba él escuchándola», añadió.

«Era un fantasma. Le gustaba presumir de su cuerpo. Llamaba la atención en la sala, pero sobre todo por cómo miraba a las chicas. Era una mirada lasciva. Pese a que no era sociable, se acercaba a algunas de ellas para ligar. Las buscaba», afirma otro cliente. En el gimnasio le recuerdan siempre con una camiseta de tirantes para entrenar. A veces llevaba la misma durante varios días, y no siempre se duchaba después del entrenamiento. Solo hacía brazos y pectoral.

Los usuarios llegaron a verle con tres coches diferentes. Solía jactarse, cuentan, de que se levantaba a las 12 del mediodía, entrenaba y volvía a su casa para echarse la siesta. Antonio Ortiz llevaba sin aparecer por este gimnasio desde julio. En cuanto llegó a Santander se apuntó a la sala Núñez, con el mismo patrón: vigilada por policías y vigilantes de seguridad. Allí no se relacionaba con nadie y acudía siempre al mismo bar, donde solo hablaba con su tío siempre aferrado a su teléfono móvil.

Reacción entre sus vecinos
«No sabíamos nada y encima me amenazan. ¡Ojalá estuviese muerto por lo que ha hecho!», estalló su tío. Él le alojó en su casa, tras decirle su sobrino que había reñido con su madre. Mientras, los vecinos del número 3 de la calle de Santa Virgilia, el piso franco al que llevó a varias niñas, decían sentir «escalofríos». «Yo le vi a primeros de agosto mirando a las crías en el parque y pensé: "no será este". Tenía buena pinta y lo descarté», dice arrepentida. «Yo he coincidido alguna vez con él en un bar. Iba solo y estaba siempre pendiente de los demás».

«Vivieron poco tiempo y alquilaron el piso. Él venía de vez en cuando porque iba a mudarse con su madre tras cuatro años de obras», indicaron otros. «Entraba por el garaje, pero yo le vi salir una vez del portal con una silla de bebé a las 00.30 horas», precisó una joven.
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