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Las pesadillas de la cárcel de un taxista preso por error

Pese a ser inocente, Pablo Pecotiello fue enviado a la cárcel porque una mujer lo denunció erróneamente. Ocho meses después, relata cómo vive tras la pesadilla.

“Parecería que la vida me sigue jugando una mala pasada, no me deja levantar, me cayó con todo y es bravo reponerse y salir a flote” contó a LA REPÚBLICA Pablo Pecotiello, el taxista que el año pasado fue enviado erróneamente a la cárcel porque una mujer lo había “reconocido” como el autor de una rapiña.

El mes en prisión marcó la vida de este trabajador que aún batalla injustamente contra el estigma de ser un ex “presidiario”, sin haber tenido nada que ver con el incidente al que se lo vinculó.

Padre de familia, lucha a diario para llevar un peso a la casa, aunque reconoce que la pelea mas difícil es ganarle a los recuerdos, esos que en medio de la noche lo despiertan “con la sensación de que aún esta tras las rejas”.

Luego de recobrar la libertad, Pecotiello no pudo volver a trabajar en el taxi. El miedo y la incertidumbre lo alejaron y la primera alternativa laboral que le llegó tampoco fue buena, pues a poco de comenzar a hacer fletes le chocaron la camioneta dos veces.

Después, para parar la olla vendió fuegos artificiales, arregló computadoras, hace videos para fiestas, y últimamente puso un medio tanque para vender chorizos al pan en una esquina de Montevideo, que no quiere revelar porque dice: “tengo tanta mala suerte que igual pasa la Intendencia y me lo clausura”.

Ocho meses antes

A fines de octubre de 2013, mientras descansaba en su casa, Pecotiello recibió un llamado de su compañera quien le avisaba que la Policía lo buscaba. “Queremos hacerles unas preguntas de rutina” fue lo que escuchó antes de disfrutar en su casa de su último día en libertad.

A partir de ese momento, lo que vivió fue impredecible. “Fue un tormento, una pesadilla, porque me metieron en la cárcel sin andamientos”, recuerda.

Ocurrió que una señora lo “reconoció” como el conductor que después de trasladarla en taxi, se bajó para robarla. Lo cierto es que Pecotiello en el momento del robo había hecho un “paréntesis” y “se mandaba una siesta”, como el reconoce, en las inmediaciones de la Plaza Independencia. “Un picoteo para seguir la noche”, dice.
Después de siete días en Cárcel Central, lo trasladaron a Libertad donde convivió con ocho presos más en una celda, “todos juntos orinando en una botella”. Luego paso a los “boxes” donde debían hacer las necesidades en una bolsita, sin papel, y la comida se la servían en un bol. “Comíamos con la mano, dejando el bol ahí donde pasaban las ratas que veíamos por la mañana. Ahí fueron tres días, hasta que nos pasaron al módulo 10, donde la convivencia es pesada”, relata.

A la hora de definir aquella situación, cuenta que “para alguien que nunca hizo nada, comerse un garrón y encontrarse con todo eso, es bravo”. “Te quieren cobrar peaje, te quieren impresionar, intentan apretar a ver si te pueden sacar algo, la provocación es permanente y ahí tratás de ir llevándola. Y todos los días me volvía loco, llorando en silencio, a escondidas… Porque ahí no podés llorar, tenés que demostrar ser duro” había contado Pecotiello apenas salió de la cárcel.

Pesadillas en la noche

Pese a estar libre y ser declarado inocente, las cosas no mejoraron en ningún sentido. Según afirma, en ese corto plazo que estuvo preso “la cabeza le quedó marcada”. “Fueron muchas cosas. Varias noches me levanté desesperado y llorando porque soñaba permanentemente que seguía preso, que habían pasado los años y que mi familia iba a verme allá. Fue muy fuerte en lo mental. La cabeza vuela y la verdad, las horas se hacen eternas en esos lugares”, señala.

Hoy las sensaciones por las que atraviesa son muchas, pero lo que más siente, dice, es rabia. “Tengo una bronca tremenda con lo que me tocó pasar. Un garrón por el que lamentablemente la más perjudicada termina siendo mi familia”, dice, en tanto añade que cuando estaba preso, su familia tocó la puerta de muchos lugares y nadie se solidarizó. “Después de que salí, era fácil subirse al caballo”, sentencia.

Ocho meses después de la cárcel, Pecotiello la sigue luchando como puede…


La mujer que lo denunció

Pecotiello cuenta que mientras estaba vendiendo en el medio tanque, una señora le dijo “le veo cara conocida”. Su cuñado, ahí presente le respondió: “recuerda el caso del taximetrista que metieron en cana equivocado: es él”. Todo podría haber quedar en ese reconocimiento del caso, pero la señora, casualmente, dijo recordarlo bien porque de un grupo religioso conocía a la denunciante. Según Pecotiello, esa fue la ocasión en la que estuvo más cerca de saber algo de esa señora a la que pese a todo “no le guarda rencor”.
“Cometió un error que lo pagué yo y que gracias a una duda que tuvo al volver a ratificar la denuncia pude salir”, explica. “Cuando le dijeron que ratificara si era yo el rapiñero dijo: ‘bueno si no era el era alguien muy parecido’. Eso fue lo que activó que mi abogado apurara los trámites para mi libertad”, agrega el ex taxista.

La demanda

Pecotiello hace dos meses escuchó que en una radio se hablaba de su caso y de una demanda de miles de dólares. No sabía de qué se hablaba y llamó a su abogado para comentarle. Él le dijo que sí, que efectivamente se estaba por presentar una demanda al Estado por lucro cesante, daño moral y emergente, pero después de esa conversación no supo nada más.
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