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Le arreglaron la caripela y ahora levanta tigresas.

Durante los 15 años que pasaron entre un escopetazo que arrancó la mitad inferior de su rostro y la operación que terminó con su vida de ermitaño, Richard Norris enfrentó la crueldad de extraños, combatió la drogadicción y consideró el suicidio. Vivía recluido en Virginia con su madre, ocultándose detrás de una máscara y saliendo a la calle solo en las noches. Hasta que el trasplante de rostro más completo realizado hasta la fecha le ofreció una segunda oportunidad. “La gente solía mirarme por mi deformidad. Ahora en cambio me observan con asombro. Soy capaz de pasear sin que nadie me mire de reojo", agradece Norris, quien dedica buena parte de su tiempo a pescar y jugar al golf. Y por si su historia no fuera lo suficientemente emotiva e inspiradora, este estadounidense marca un nuevo hito posando como modelo para la última edición de GQ, la revista de moda, estilo y cultura masculina en cuya portada suelen aparecer glamourosas celebridades. “Una gota de esperanza puede crear un océano, pero un balde de fe puede crear un mundo entero”, le dijo Norris a Jeanne Marie Laskas, quien lo entrevistó para la publicación. La revolucionaria cirugía, que demoró 36 horas, se practicó en el Centro Médico de la Universidad de Maryland e incluyó el reemplazo de la mandíbula, la lengua, la piel que recubre los nervios y los tejidos musculares del cuello y el cuero cabelludo. La recuperación es lenta y difícil, pero para Norris valió la pena.






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