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Letizia y Máxima, una vida inesperada



Son las representantes de una nueva generación de reinas: hijas de la burguersía, profesionales y también objetos de la atención pública | Las reinas Letizia y Máxima conocieron a sus maridos, a los que impresionaron de inmediato, por medio de amigos comunes

Ni Máxima Zorreguieta ni Letizia Ortiz soñaron jamás con ser princesas hasta el día en el que un príncipe se cruzó en sus vidas. Ninguna de las dos pertenecía a los círculos sociales que les hubieran permitido cruzarse con un heredero ni era esa, seguramente, una de sus aspiraciones. Una, argentina de nacimiento, vivía en Nueva York en donde trabajaba como economista, y la otra había encontrado en el periodismo el mejor ámbito en el que destacar por su inquietud curiosa y perfeccionista. Dos mujeres con personalidad, diferentes a las que cada uno de sus príncipes azules habían conocido hasta el bendito día en el que el destino, ayudado por celestinos más o menos voluntarios, les unió.

Ese es, seguramente, el principal punto en común que comparten la reina Letizia y la reina Máxima: cuando sus actuales maridos las vieron, por primera vez, quedaron atrapados por unas jóvenes que no parecían impresionados por ellos y que, además, no se parecían en nada a las mujeres a las que, por su condición, por su educación y, sobre todo, por su deber, estaban abocados.

Las monarquías empezaron a modernizarse cuando los príncipes herederos se rebelaron contra la norma de contraer matrimonio con mujeres de su misma condición. En un arriesgado movimiento de liberación personal se negaron a aceptar matrimonios de conveniencia y, como el resto de jóvenes de su generación, decidieron salir al mercado libre en busca de una pareja que les enamorara y que, al mismo tiempo, aceptara y supiera vivir una existencia marcada más por los deberes que por los derechos. Una vida expuesta a la opinión pública y, en cierto modo privilegiada, en la que, sin embargo, no hay espacio para la libertad.

A mediados de los años noventa, el demoledor efecto lady Di había paralizado los planes de boda de los príncipes de Europa que, con mayor o menor acierto, iban de flor en flor: ahora una modelo, ahora una cantante, ahora una chica con pasado difícil. Ninguno parecía dispuesto a casarse con una princesa o quizá las princesas, conocedoras de las ataduras de la corte, no querían casarse con un príncipe. Ellos seguían buscando hasta que Haakon de Noruega abrió la brecha con su compromiso con Mette Marit Tjesem, una madre soltera con amistades peligrosas y pasado salvaje, como ella misma confesó.

Noruega, un país siempre tan moderno y tolerante, fue pionero en el plan renove de las monarquías y su príncipe heredero abrió el camino a sus homólogos. Tras Mette Marit llegaron Máxima (Holanda), María (Dinamarca) y Letizia (España), por citar las más significativas.

Máxima Zorreguieta Cerruti (Buenos Aires, 17 de mayo de 1971) y Letizia Ortiz Rocasolano (Oviedo, 15 de septiembre de 1972) se encontraron, de repente, con una vida inesperada según la definición que, de su propia existencia, hizo en su día Nur de Jordania, quien de la noche a la mañana pasó de arquitecta aeronáutica a esposa del rey Husein. Ni la economista argentina, ni la periodista española pensaban hace veinte años cuando iniciaron sus carreras profesionales que un día los ojos del mundo se posarían en ellas cuando, junto a sus maridos, Guillermo Alejandro de los Países Bajos y Felipe de Borbón, se convertirían en reinas.

A Máxima, hija de una familia de la alta burguesía bonaerense, la vida le cambió la primavera de 1999, en cuando su amiga Cynthia Kauffman, una millonaria argentina que, como ella vivía en Nueva York, la invitó a pasar unos días en Sevilla junto a otros amigos, entre los que se encontraba el príncipe Guillermo. El hijo mayor de la reina Beatriz se quedó prendado de aquella argentina rotunda, malhablada y muy, muy simpática que sin conocer Amsterdam tenía pinta de holandesa e incluso de futura reina holandesa. A Guillermo le costó un año convencerla para que se trasladara de Nueva York a Bruselas, donde permaneció otro año, hasta que la reina Beatriz aceptó el compromiso y se comprometió a respaldar la elección de su hijo frente al Parlamento holandés, que a punto estuvo de no autorizar el enlace del heredero de un país comprometido con los derechos humanos con la hija de un secretario de Estado del gobierno de Jorge Videla. Máxima los conquistó a todos y aunque en su boda no paró de llorar por la obligada ausencia de sus padres, desde entonces no ha dejado de reír. Letizia Ortiz también conoció a su príncipe por medio de amigos comunes y, como Máxima a Guillermo, impresionó a don Felipe por la rotundidad de sus opiniones y por la aparente contradicción entre su desinterés por el Príncipe y su interés por el hombre. Una mezcla explosiva que hizo que don Felipe se empeñara, como nunca había hecho, en que aquella mujer que tanto le gustara también le gustara a todo el mundo. Lo logró en parte. Se casó con Letizia y esta, a diferencia de Máxima, que se mimetiza con el ambiente, intentó cambiar algunos aspectos del funcionamiento de la Zarzuela y, sobre todo, empezó a deconstruir y a rebelarse contra el personaje de princesa que le habían asignado. No siempre ha sido entendida y, quizá, con el paso del tiempo y el conocimiento de alguna de las cosas que pasaban a su alrededor, se comprende que en su etapa de princesa doña Letizia necesitara un espacio de libertad.

No ha sido el caso de la reina Máxima, quien siempre ha dado la impresión de haberse adaptado perfectamente a su nueva vida, aportando su arrolladora personalidad y su permanente sonrisa. Quizá la razón sea que el funcionamiento de la corte, de la familia real holandesa, del propio país y la relación sosegada con los medios de comunicación nada tienen que ver con la complejidad de los asuntos que, en los últimos años, han afectado a la corte, a la familia real, a España misma y a la manera en la que los medios de comunicación han tratado y, en ocasiones, maltratado la figura de doña Letizia, en su condición de princesa de Asturias.

Máxima y Letizia tienen más puntos en común de lo que a simple vista parece. Se llevan bien, sintonizaron en cuanto se conocieron y, además, desde que las dos son reinas aún han estrechado más su relación. Las diferencias son evidentes, fruto de la manera en la que cada una de ellas viste y reviste su personalidad y también de su aspecto físico: Máxima es exuberante y transparente y Letizia, contenida, parece tener más vida interior. Las dos defienden la privacidad de sus vidas cuando no están en ejercicio, pero mientras que Máxima puede salir de casa en vaqueros y con coleta porque fuera de los actos oficiales nadie la fotografía, a Letizia le toca elegir entre no salir de casa o aceptar que no a todo el mundo le guste una reina poco común.
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