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Lisa Ann, hablemos sobre el porno y sobre los pingüinos mue


Lisa Ann, hablemos sobre el porno y sobre los pingüinos muertos en la Riviere



Estimas mucho, Lisa Ann, que tenga la cabeza sobre los hombros, que haya evitado contaminarme de ese veneno que circula por cada cartera, semejante a una tarjeta de crédito. Tus pechos me anulan ahora que me acerco a la frontera, a los bordes de un cuerpo que considera la asimetría como un don generoso, como un emblema incandescente. Me recreo en el círculo invisible que rodea tu ombligo.

Los pingüinos han muerto de calor en el zoo de la Riviere. Me acabo de enterar y solamente puedo afirmar que la fatalidad se ceba con los más débiles. A ti te gustaban esos pingüinos y el traje de látex que compramos tras la tormenta en Madison, un traje que te dotaba de una libido inusual hasta que el traje quiso dominarte y no tuviste más remedio que arrojarlo al río caudaloso.

Lisa Ann, te debates aún entre la vida y la muerte porque yo no puedo satisfacerte y, sin embargo, sigues junto a mí porque mi forma de escribir se parece a la prosa de Proust que un maestro, erótico y republicano, te había enseñado sin necesidad de ponerte las esposas. Los pingüinos del zoo han muerto como mueren las hojas de hierba y los olmos del parque. Todo muere menos tu vientre insaciable. Lo contemporáneo te asusta en ocasiones, aunque seas una gran consumidora de grifonia y lúpulo. Comes pescado a mediodía porque contiene fósforo y sacia como los hidratos.

Me aconsejas después de destrozarme en la cama que un alargamiento de pene no me vendría nada mal, que conoces muchos actores que lo han hecho y sus vidas se han vuelto emocionantes. No estoy seguro que lo vaya a hacer porque antes debo acabarme esa biografía de Alan Moore que compré en La Pubela. Mi prosa no es la prosa de Proust, es la de un quinceañero que aún se enmaraña con las palabras, y estoy más cerca de uno de esos pingüinos del zoo que del vigor exultante que desprende tu boca omnipresente. Magnéticos, futuristas, duros, tus pechos, alojados en la vibrante sucesión de recuerdos que me llevaré a la tumba.

Lo que he pedido por correo es un par de pesas para que los bíceps vayan cogiendo volumen, para que estés orgulloso de mí, Lisa Ann, mientras paseamos juntos por la Avenida Alabama y los desquiciados hombres caimán nos saludan con su verbo fácil.


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