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Los españoles se cagan en todo









Fantasía prodigiosa o simpleza sin límite? El amor de los españoles por cagarse verbalmente en todo y todos es proverbial e imposible de traducir con un mínimo de decencia. Aquí, sin embargo, se va a hacer un intento.

La sesión estaba abierta a la prensa y las cámaras grabando cuando Luis Aragonés durante una concentración de la selección española decidió llamerle la atención al jugador del Arsenal, José Antonio Reyes.

“Tiene que decirle al negro que usted es el mejor. Tiene que decirle: ‘Negro de mierda, yo soy el mejor,” gritó el seleccionador al jóven jugador referiendose a su colega en el club londinense, el francés Thierry Henry.

Apenas se había conocido el intento un tanto peculiar de Aragonés de motivar a su jugador cuando se levantó una tormenta mediática por toda Europa. Sobretodo en Gran Bretaña y Francia donde la prensa pasaron semanas criticando el “exabrupto racista”, mientras muchos españoles se encogieron de hombros sin entender del todo tanta indignación.

Porque Luis Aragonés no es racista, y es muy probable que ni siquiera hubiese imaginado que su comentario implicaba un insulto a Henry. El seleccionador es simplemente un mal hablado igual que muchos otros españoles y tanto es así que se hace dificil traducir literalmente su gran riqueza de palabrotas. Sonarían demasiado feo en un idioma como el danés

Si se hace, sin embargo, un intento en éste artículo es porque muchas son maravillosamente ingeniosas. Insultos y maldiciones tienen a menudo un grado de variación que se acerca a la poesía y si uno ama España, como es el caso de él que escribe estas líneas, producen siempre más admiración que indignación. Es un deseo profundo de compartir el rico mundo de las palabrotas españolas con los lectores que ahora se hace realidad.

El repertorio es infinito. Palabras como “coño” y “jodér” son de lo más común. Un esfuerzo algo flojo es también para gente sin ningún prejuicio hacia los homosexuales “una mariconada”. Pero el rey de todas las impertinancias españolas es sin duda la gran familia de expresiones que consisten en cagarse en cualquier cosa.

Uno puede cagarse en la leche, la óstia, el copón, la puta, la vírgin, Diós, y si estamos ante una situación séria, hasta en Diós y su puta madre. Si uno quiere insultar a su interlocutor se puede cagar en su cara, su boca, sus muelas o en sus padres y sus muertos. Sin embargo, una cosa también puede ser tan buena o bonita que uno se caga encima solamente al pensarlo.

Las variaciones son increiblemente ricas, y antes de empezar a escribir este artículo pedí a unos amigos que me mandaran ejemplos. La reacción fue impresionante porque los españoles aman tanto a sus palabrotas como un danés su hamburguesa con cebolla frita en mantequilla y el repertorio arriba mencionado resultó ser bastante vulgar.

Molina, un viejo compañero de casa, contó como sus padres – que por otro lado casi nunca decían palabrotas – solían cagarse en el día que nació cuando había hecho alguna travesura. Y Pepe, otro amigo, recordó como un día soleado había acompañado a su padre a ver un partido de fútbol en su pueblo natal, Córdoba.

“Salen los dos equipos, la música sonando, la gente gritando, el trío arbitral a la cabeza, el árbitro con el balón en la mano. Se levanta un tío que estaba sentado justo detrás de mi y grita: "¡¡¡¡Árbitro, me cago en tu puta madre!!!!". Así, para empezar a calentar la cosa. Por si acaso ya había pensado hacer algo mal.”

Precisamente la expresión “me cago en tu puta madre” es probablemente la óptima porque encierra no menos de trés insultos en uno. Calificas al interlocutor como hijo de puta y su madre como prostituta al tiempo que te cagas en ésta última.

En lo que se refiere a complejidad es, sin embargo, bastante sencilla. Existe sobretodo en Andalucía una tradición casi literaria de crear las variaciones más enfermizas. Uno puede pe. cagarse en la pua del almanaque, en un autobús lleno de apóstoles maricones, en 40 cristos borrachos o una alberca llena de santos y que el tapón de la balsa sea el coño de la virgen María. Se puede elegir cagarse en las tetas de la virgen para que el niño mame mierda, e incluso es posible hacer algo tan enrevesado como cagarse en el clítoris bendito de la Santa Madre Teresa de Calcuta.

Como el lector avispado habrá notado esta práctica de hacer verbalmente sus necesidades se vierte sobretodo encima de la iglésia y la religión. Y de entrada parece extraña la existencia de una tradición blasfémica tan articulada en una sociedad como la española donde la iglésia católica todavía ejerce una influencia considerable.

Una posible teoría sería que la tradición anticlerical es casi igual de fuerte que la católica – iglésias y sacerdotes eran el objetivo preferido de los anarquistas durante la guerra civil. Pero casa mal con el hecho de que a menudo también se puede escuchar personas creyentes cagarse en lo que sea.

Quizás se trata más bien de que los españoles por su deseo de expresarse con contundencia se preocupan menos por el valor real de las palabras. O quizás todo este cagarse en todo tiene su raíz en una arquetípica resignación española tal como propone mi amigo Pepe.

“El "me cagó en tó" o "me cago en tó lo que se menea" me parece que contiene una forma de anarquía, quizás algo pasiva y muy española, de entender la vida y, desde luego, tiene un matiz muy pesimista. Cagarse en tó lo que se menea es no darle esperanza de mejora, ni alternativa, ni al género humano, ni a la administración, ni al gobierno, ni a la carreteras, ni al Córdoba C.F. Te cagas en tó y estás, al mismo tiempo, evaluando la situación como perdida y sin remedio, pero aceptándola, estoícamente. Me cago en tó a las tres todos los días y vuelvo al día siguiente, te cagas en tó, siendo del Atleti y vuelves el domingo al campo, te cagas en tó y vuelves a votar al PSOE, sin remedio y sin alternativa,” escribe Pepe concluyendo su pequeño ensayo.

Tal vez tiene razón. De todas formas escribe que te cagas.

(No publicado en Berlingske Tidende por demasiado fuerte)
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