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Los hijos de Al Qaeda

Son miles de jóvenes provenientes de todo el mundo. Crearon un califato entre Siria e Irak. Imponen la ley coránica de hace 1.300 años. Se extienden por Africa y Asia



Como una Hidra de múltiples cabezas el terrorismo se regenera y lanza un nuevo zarpazo cuando menos se lo espera. La muerte de Osama bin Laden en mayo de 2011 parecía haber terminado con lo peor. Desde entonces no se registraron mayores atentados en Occidente. La violencia de los ultras islámicos se concentraba en Medio Oriente y Asia Central. Aparentemente estaba enmarcada en la lucha que ya lleva 1.300 años entre sunitas y shiítas, las dos ramas principales del islamismo que siguen disputándose la auténtica sucesión del profeta Mahoma. Hasta que un video colgado en la red YouTube llamó al mundo a la realidad. Un miliciano enmascarado le cortaba la cabeza a un periodista disfrazado por sus captores con un mameluco anaranjado como los que habían tenido que vestir los prisioneros yihadistas de Guantánamo. Dos semanas después, otra decapitación, y cuando aún no nos habíamos recobrado del horror, una tercera y el viernes, la cuarta. Siempre un verdugo con acento del norte de Gran Bretaña pasando un cuchillo por el cuello de la víctima, todos secuestrados en la guerra civil siria. Imágenes que obligaron a Estados Unidos a regresar con su fuerza a Irak -esa caja de Pandora abierta en el 2003 por el entonces presidente George W. Bush y que nunca deja de sacar sorpresas de sus entrañas-, y en la guerra civil siria, donde se había negado a involucrarse un año antes. Barack Obama, el presidente que había llegado a la Casa Blanca con la promesa de acabar con las guerras terminó enviando aviones a bombardear y a 1.500 asesores al terreno. La diferencia es que ahora los generales del Pentágono se enfrentan al enemigo más “líquido” de los que hayan tenido enfrente. Son miles y miles de jóvenes de todo el planeta que supuestamente creen encontrar en esa lucha entre el “bien” del extremismo islámico que quiere imponer la ley coránica de hace 1.300 años y el “mal” de la falta de trabajo y oportunidades encarnado en las tropas estadounidenses.

La gran sorpresa de este nuevo escenario global se produjo el 29 de junio de 2014. El oscuro grupo del ISIS (El Estado Islámico del Levante e Irak), que hasta entonces había combatido en la guerra civil siria como una escisión de la red terrorista Al Qaeda, cruzó hacia Irak para conquistar la segunda ciudad en importancia de ese país, Mosul, borrando la frontera trazada en 1916 y creando el primer califato del siglo XXI. Y cuando se creía que esa endeble estructura no podría aguantar ni unos días, los milicianos enmascarados con banderas negras ondeando sobre camionetas blancas y con un muy sofisticado armamento, siguieron avanzando casi hasta las puertas de Bagdad. Desde entonces, dominan un territorio tan grande como el de la suma de la Mesopotamia argentina y Uruguay, mantienen una pobre pero efectiva administración en la ciudad siria de Raqqa, a la que bautizaron como la capital de este califato, y se hicieron con el poder de centenares de pueblos y ciudades a lo largo de la ribera de los míticos ríos Éufrates y Tigris. “ Es como un ejército de sacerdotes. Son muy disciplinados. No hacen bromas como otros soldados. Y tienen unos guardianes de la moral como los de Irán que andan diciéndonos a las mujeres cómo tenemos que vestir y comportarnos. Si nos encuentran sin el velo o maquilladas o con pantalones, te pueden pegar latigazos o ir a la cárcel”, explicaba a la BBC, Muhna, una chica de 22 años que llegó refugiada a El Líbano.

La otra gran novedad que trae el ISIS es que de los 31.000 milicianos (de acuerdo a cifras de la CIA) que componen sus fuerzas, la mitad son extranjeros provenientes de Europa, Estados Unidos y hasta Argentina. Unos combatientes sumamente aguerridos que lograron desbaratar en pocas horas a las fuerzas del ejército iraquí que huyó dejando todo el armamento pesado que había heredado de Estados Unidos y que ahora cuentan con tanques, misiles y ametralladoras de última generación.

También tienen grandes recursos. En el territorio que controlan hay decenas de pozos de petróleo y cinco importantes refinerías. Toda esta infraestructura está conectada a oleoductos que llegan a Turquía. Por allí están vendiendo el crudo en forma clandestina y hasta que los aviones estadounidenses bombardearon algunos de estos centro de producción la semana pasada estaban recaudando más de dos millones de dólares por día. A esto hay que sumarle los 400 millones de dólares que se encontraron en las arcas del Banco Central iraquí cuando tomaron Mosul, las donaciones que recibieron durante tres años de organizaciones de Qatar y Turquía y los ocho millones de dólares que recaudan cada mes como “impuesto revolucionario” entre los habitantes de las zonas ocupadas. Es la organización terrorista más rica que jamás haya existido.

El ISIS tiene su origen entre los primeros suníes que comenzaron a combatir a las tropas estadounidenses tras la caída del régimen de Saddam Hussein y la posterior invasión del país. En ese momento, se denominaban Tawid e Jihad y combinaba a algunos jóvenes ultrarreligiosos con ex oficiales del ejército derrotado de Saddam. Tuvieron su momento de gloria cuando dominaron en la ciudad rebelde de Falluja. Poco después se fusionaron con otros grupos para crear la red Al Qaeda en la Mesopotamia liderada por Abu Musab al-Zarkawi, que murió en un enfrentamiento con los marines en 2006. Un grupo de estos milicianos fueron tomados prisioneros y llevados a una cárcel en el denominado Camp Bucca. Allí es donde el actual líder del ISIS, Abu Bakr al Bagdadi, comenzó a reclutar a nuevos miembros. Cuando salieron de la cárcel, cinco años más tarde, decidieron enviar una brigada a luchar en la guerra civil siria. En los siguientes meses protagonizaron dos espectaculares asaltos a la infame cárcel iraquí de Abu Ghraib y liberaron a decenas de presos. También se unieron a parte de otro grupo extremista islámico sirio, el de Al Nusra. Fue cuando rompieron con la conducción de la red Al Qaeda que sigue manejando desde algún lugar de la frontera afgano-paquistaní el egipcio Ayman al Zawahiri. El ISIS se convirtió, entonces, en el grupo extremista islámico más grande e influyente de los últimos años.

Desde entonces se hicieron famosos por su crueldad. Lo demostraron en los videos que conmovieron al mundo y en los que se veía a dos periodistas estadounidenses y un trabajador voluntario de una ONG pidiendo al mundo que no atacaran al ISIS. Un momento después los mostraron decapitados, provocando el terror global. En el mundo musulmán se debate desde hace cientos de años sobre este tipo de ejecución. Existen dos versículos coránicos que justifican esta práctica, y que los extremistas citan para explicar sus actos. La Sura 47 dice:“Cuando encontréis a los infieles en el campo de batalla, cortad sus cabezas hasta derrotarles ”. Y la Sura 8:12 ordena: “Cortadles el cuello y cortadles cada uno de los dedos. Hacedlo porque ellos se oponen a Dios y a Su mensajero (…), Dios es severo en su castigo”. Hay dos ejemplos de que esto se practicó en los primeros años del islamismo. El primer biógrafo de Mahoma, Ibn Ishaq, dice que en el año 627 el profeta dio su consentimiento para la decapitación de un millar de miembros de la tribu de Banu Qurayza, después de que esta se rindiera ante el primer ejército musulmán tras un asedio de 25 días. Y en 1480, tropas otomanas cortaron la cabeza de ochocientas personas que se habían negado a convertirse al islam en la ciudad de Otranto, en lo que hoy es el sur de Italia. Esa práctica la continuó la minoría wahabí a la que pertenece la casa de Saud, que controlan Arabia Saudita y los lugares santos de La Meca y Medina. Sólo en el mes pasado de agosto, el gobierno de Riad ejecutó a 19 personas con un golpe de sable. El año pasado habían sido 78. “Esa no es la ley de Dios hoy. Hay que interpretar correctamente las escrituras y no adaptarlas a una ideología del terror ”, fue la respuesta de los ulemas egipcios, las máximas autoridades sunitas de los 1.500 millones de musulmanes del planeta.

La barbarie encuentra inmediatamente imitadores. La semana pasada el grupo argelino Yund al Jilafa (Soldados del califa), cercano al ISIS, ejecutó de la misma manera a Pierre Hervé Gourdel, un turista de 55 años. Había sido secuestrado unos días antes mientras escalaba una montaña en Argelia y habían amenazado con matarlo si Francia no cesaba sus ataques aéreos en Irak. El presidente Hollande lo rechazó y se produjo la ejecución. El terror extremista islámico no sólo se extiende en Oriente Medio. Boko Haram, viene azotando a tres estados del norte de Nigeria desde 2002. En los últimos meses esa lucha se intensificó y los ataques fueron cada vez más brutales. Atacan a las escuelas porque dicen que “hay que acabar con la educación Occidental”. Incendiaron una escuela cristiana y quemaron vivos a 60 chicos. El 14 de abril secuestraron a más de 200 chicas de una escuela de Jibik. El líder del grupo Abubakar Shekau dijo que iba a vender a las niñas en los mercados y hay reportes de que algunas de ellas fueron ofertadas en las calles de pueblos de Mali. Algunas de las chicas pudieron escapar y contaron las atrocidades a las que fueron sometidas. Las violaban varias veces al día, las forzaban a convertirse al Islam y entregaban a hombres mayores como esclavas. A las que se resistieron les cortaron la garganta.

En Pakistán y Afganistán hay varios grupos que también luchan por imponer la sharía, la ley coránica. Lashkar-e-Tayyaba, el Ejército de los Puros, es un grupo originario de Cachemira que tiene su refugio en la zona tribal de la frontera entre ambos países. Protagonizaron los ataques al parlamento indio en el 2001 y al hotel de Mumbai en el 2008. Se cree que los poderosos servicios de inteligencia paquistaníes le dan protección. Cuentan con miles de milicianos muy bien armados y entrenados, así como células dormidas en Europa. Se les secuestró documentación en la que tenían planes para atacar en 320 sitios alrededor del mundo. También siguen muy fuertes los Talibanes, los jóvenes de las madrazas, las escuelas coránicas de Quetta en Pakistán que en 1996 decidieron terminar con el caos provocado por la guerra civil afgana y llegaron a tomar el poder por cinco años en Kabul. Esta última semana atacaron el palacio gubernamental de la provincia de Ghazni matando a decenas de personas y decapitando a diez prisioneros. En esa misma provincia el 4 de septiembre hubo combates que dejaron 33 muertos y 147 heridos. Mientras gobernaron en Kabul, hasta los bombardeos estadounidenses del 2001, los talibanes ejecutaban a sus prisioneros durante los intervalos de los partidos de fútbol que se jugaban en el Estadio Nacional. La imposición de la sharía fue tan estricta que hasta prohibieron que los afganos tuvieran canarios en sus casas porque “el trino podía distraer de la oración obligatoria cinco veces al día”. Y, por supuesto, todavía quedan algunas células de Al Qaeda en esa misma zona agazapadas para atentar. Aún permanecen en suelo afgano unos 9.800 soldados estadounidenses y los planes para su evacuación están siendo revisados en Washington.

Mientras tanto, el ISIS sigue atrayendo a miles de jóvenes en todo el mundo que no encuentran respuestas en los valores que sus sociedades les ofrecen. Y continúan decapitando a sus rehenes. El viernes, asesinaron de esta manera al trabajador humanitario británico, Alan Henning, que había llegado a Siria manejando un camión con ayuda humanitaria.
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