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'Los mercenarios 3': Sin sangre



Como no podía ser de otra forma, 'Los mercenarios 3' comienza con una secuencia de acción: al igual que los dos títulos anteriores, una operación de rescate que en esta ocasión tiene lugar en un tren blindado en marcha. Baste sólo esta secuencia, tan ruda como lo suelen ser todas las de la franquicia, para confirmar las (peores) sospechas. Un cable de acero cruza de un lado a otro de la vía con el fin de desalojar a cualquier monigote que se encuentre sobre el techo del citado ariete sobre raíles. Y mientras que, relamiéndose, uno espera algo parecido a lo visto al principio de 'Ghost Ship (Barco Fantasma)', se encuentra con un momento apto para ser incluido en cualquier producción familiar de Walt Disney.



Una de las señas de identidad de la franquicia de 'Los mercenarios' se suponía que era la sangre, la convicción de que si a una persona se le dispara sangra de igual manera que lo hacía el 'Depredador'. Y si sangra, se le puede matar. Como apuntan el 90% de los filmes bélicos, la guerra es sucia, dura, violenta. Y eso es algo que conoce perfectamente John Rambo, el personaje estrella del alma máter de la franquicia, Sylvester Stallone, quién por su parte y sin duda también sabe que estos mercenarios son, prácticamente, lo único que le separa de la jubilación. Quizá por eso ha transigido en dejar que sea en el mercado casero -cruel ironía post-modernista- dónde sin duda veremos la auténtica versión "sin (auto)censura" de una película que, podríamos decir en su configuración para las salas de cine, se parece más al televisivo 'Equipo A' que su teórica versión oficial de 2010.



'Los mercenarios' nació como una especie de "recuerda el pasado", y el chiste funcionó por pura inercia, porque lo que antes fue una moda en el presente era una excepción. 'Los mercenarios 2' reforzó la leyenda mediante un tono descarado y consciente y festivamente paródico, casi como si Sly se hubiera dado cuenta que aquello no merecía la pena tomárselo tan en serio como salir de copas por Cannes... como no obstante, si parece que se lo han tomado con esta tercera parte, en dónde ese toque genuino y auténtico desaparece en favor de una presunta bajada de pantalones: mientras que la primera parecía un homenaje y la segunda hecha por diversión, la tercera parece un compromiso comercial, y como si hacerla fuera exactamente lo mismo que ir a fichar de 9 a 2 cual funcionario de vuelta de todo.



Con 'Los mercenarios 3' se pierde en gran medida la gracia que reside en el concepto. Y el concepto es el concepto, apunte tan español como "El novio de la muerte" de nuestra Legión. Pervirtiendo el concepto se pervierte su personalidad, y con ello lo que le hacía ser algo especial, distinto, reconocible. Tan sólo Antonio Banderas parece retener parte de esta esencia jovial y dicharachera en lo que, por demás y salvo apuntes concretos, luce con seriedad como si fuera un convencional e impersonal remake de una cinta de acción de los 80. Las bromas, situaciones, tiroteos y hasta cameos parecen resueltos de forma rutinaria, con plena condescendencia e incluso con pereza y por supuesto, ninguna vocación por ofrecer algún "valor añadido" a la enésima repetición del clásico "yo soy La Haya" que popularizó Charles Bronson.
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