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¿Macri es como Kirchner y Alfonsín?







Difícilmente pueden haber arrojado algún resultado concreto las cumbres de Mauricio Macri con Daniel Scioli, Sergio Massa, Adolfo Rodríguez Saá y Margarita Stolbizer. Tampoco debió pretenderse demasiado del encuentro con los gobernadores. Son muchos los desaguisados provinciales que quedaron como herencia de la década. El valor pareció radicar, sin embargo, en lo estrictamente simbólico: el Presidente debutó exhibiéndose como la contracara exacta del ciclo que también la semana pasada clausuró Cristina Fernández con una imponente coreografía.

Macri se propone como el candidato de la unidad. De la apertura. En oposición a la rigidez y el sectarismo con que la ex Presidenta entendió el ejercicio del poder en sus dos mandatos. El mensaje de conciliación, no pocas veces híbrido, constituyó una de las vigas maestras sobre la cual se sustentó la escalada electoral que le permitió a Macri, en apenas tres meses, pasar de un tercio de los votos en las PASO a más del 51% en el balotaje de finales de noviembre.

Aunque suene tal vez llamativo, Macri habría empezado a transitar algunas de las huellas de sus antecesores. Las que marcó Néstor Kirchner no bien se consagró primer presidente de la pos crisis. También quizás, las inaugurales de Raúl Alfonsín. ¿Cómo sería eso? El Presidente resolvió ponerse a la cabeza de las demandas populares más acuciantes. Al menos del electorado mayoritario que lo eligió. Y que debe aún compactar. El entierro progresivo de la confrontación que propuso el kirchnerismo, es una de ellas. El combate contra la pobreza sería otra. La lupa fija sobre la corrupción, también un compromiso. El narcotráfico nunca fue tomado en serio por la administración cristinista. No hay gestos simbólicos que alcancen para responder en lo inmediato a los dos últimos flagelos.

Kirchner fue macerando e incrementando su débil poder inicial (el 22% de los votos) de aquella forma. Repuso una noción de autoridad que se había licuado en el 2001 con la caída de Fernando de la Rúa. Apeló a una transversalidad política improvisada. Reflotó asuntos pendientes en materia de derechos humanos. Saneó una Corte Suprema que venía cuestionada por su pertenencia menemista. Alfonsín supo montarse en los reclamos sociales básicos luego de la sangrienta dictadura: la recuperación de las libertades individuales y colectivas; el juicio a las Juntas Militares.

Cristina y Carlos Menem recorrieron otro camino. Llegaron con promesas que con el paso del tiempo deformaron. O jamás cumplieron. La ex presidenta sucedió a su marido con el juramento de mejorar la calidad institucional. Una ironía en estado puro. El caudillo riojano pregonó el salariazo y la explosión productiva. Entregó el mando en medio de una hecatombe recesiva.

Es cierto que Macri obtuvo una legitimidad de origen que no tuvo Kirchner. Pero afronta un contexto muy complicado que excede el área de la economía. Sabe que aquel montón de votos se podría evaporar como el agua al sol. El ex presidente hizo todo lo que hizo ante una sociedad aterrada y permisiva, entonces, por el efecto traumático de la crisis. Careció además de resistencias políticas porque el sistema acababa de colapsar. El Presidente afronta ahora su desafío comandando una organización bisoña (el PRO), delante de una sociedad que elevó sus exigencias. Asoma además una oposición, el kirchnerismo peronista, que se tornó fuerte con su prolongado anclaje en el Estado. Y que promete resistir.

Quizás esa situación haya inducido a Macri a eludir referencias a Cristina. Aunque nunca lo confiese, la ausencia de la ex mandataria en el acto de asunción también le habría causado alivio. ¿Se hubiera enfrentado a ella en el Congreso por la imposición de los atributos? ¿Cómo hubiera conciliado ese clima beligerante con su invocación a la armonía y la unidad? ¿Cómo hubiera garantizado así una fiesta callejera despejada de cualquier tensión? El presidente soslayó a tal punto a Cristina que decidió no hacer referencia a la herencia recibida. Habría que convenir que su discípula, María Eugenia Vidal, fue más audaz al hacerse cargo de la gobernación de Buenos Aires. Delante del propio Scioli aseguró que recibe una provincia quebrada y llena de deudas. Difícil desdecirla. Muchas de las intendencias bonaerenses que cambiaron de signo político quedaron con las arcas exhaustas. Ni para pagar los sueldos de noviembre. Una lección de salvajismo. Vidal avanzó también en ese territorio un paso más que su mentor en el plano nacional. Selló un acuerdo directo con el Frente Renovador de Massa para darle volumen a su acción en la Legislatura bonaerense. Primer resultado: la sanción de la Ley de Ministerios.

Macri tiene enfrente un camino más escabroso. Porque están Cristina y sus fanáticos. La ex presidenta tramó una telaraña institucional para condicionar su gestión. Aunque el macrismo ha logrado cortar con rapidez alguno de esos hilos. La salida de Tristán Bauer de la RTA (Radio y Televisión Argentina) y de José Sbatella en la UIF (Unidad de Información Financiera), serían logros menores. Sonó clave, en cambio, el alejamiento voluntario de Alejandro Vanoli del Banco Central. Una entidad medular para las primeras medidas económicas que planea el ministro Alfonso Prat-Gay.

Mucho se habló de la causa que amenaza a Vanoli, que sustancia el juez Claudio Bonadio, por la venta de dólares a bajo precio en el mercado a futuro. Pero su salida tuvo relación con un trabajo de ablandamiento que realizó el macrismo después de una fuerte ofensiva inicial. El silencio fue sustituido por misiones discretas del ministro del Interior, Rogelio Frigerio. Sólo quedan en las trincheras K la procuradora general, Alejandra Gils Carbó, y el titular de la AFSCA, Martín Sabbatella. La permanencia del ex intendente de Morón podría concluir por virtual inanición.

La liberación del Central fue la meta inmediata más valiosa alcanzada por Macri. Prat-Gay pretende conocer el verdadero estado de sus cuentas antes de avanzar con su plan. Ese avance será gradual. Con decisiones que no requerirán de la intervención parlamentaria. De allí el anuncio de que no serán convocadas sesiones extraordinarias. El ministro de Hacienda y Finanzas tendría la certeza de que la herencia económica constituye una Caja de Pandora. Con compromisos no informados y rojos en el sistema previsional. Nada que permita modificar drásticamente las actuales condiciones. El nuevo Gobierno estaría chocando contra otra realidad. La sociedad percibe dificultades económicas. Pero no existe conciencia cabal sobre una situación de crisis. Esa idea suele estar asociada aquí sólo a cataclismos, como la hiperinflación alfonsinista o el derrumbe del 2001. No es lo que sucede en países con otro sentido de la normalidad. De allí que la cirugía debería realizarse sin errores. De esa maniobra podría depender la suerte inicial del macrismo.

El paréntesis estival en el Congreso podrá servirle a Macri para articular las alianzas necesarias que lo sustraigan de futuros sobresaltos. Al principio no tendrá más remedio que recurrir a los Decretos de Necesidad y Urgencia (DNU) para gobernar. Se trataría de una excepción. Sobre todo para una administración que arribó prometiendo una normalización.

Los objetivos serían dos en la búsqueda por neutralizar la primera minoría del Frente para la Victoria (FpV). El Frente Renovador, por un lado. Los posibles desgajamientos en el peronismo, por otro. Massa dispone de 40 diputados. Pero esa trama no resultaría sencilla de hilvanar: el macrismo no querría quedar dependiendo de una fuerza que podría plantearle un desafío electoral en las legislativas del 2017. En el peronismo, la situación no termina de definirse pese a que existió cierto desafío al pedido de Cristina para que los legisladores vaciaran la asunción de Macri. Sólo dos provincias (Chaco y Entre Ríos, de los ultra K) no tuvieron representantes el jueves en el Congreso. Hubo cinco gobernadores, diputados y senadores dispersos, que se las ingeniaron para no dejar al peronismo en el desierto.

El macrismo se moviliza también para captar voluntades en los bloques más pequeños. Hasta unipersonales. El ex massista Darío Giustozzi, que terminó en el FpV pero integra un grupo de dos, fue sondeado para una sociedad táctica con el PRO. Por ahora dio su negativa. Emilio Monzó, el titular de Diputados, trabaja en ese plano como un orfebre.

Macri desea arrancar el año parlamentario teniendo la seguridad de que no sufriría derrotas con sus primeros proyectos. También posee conciencia que debe pactar con el sindicalismo para sortear los sacudones que detonarán, inevitablemente, algunas decisiones económicas. Espera que la Corte Suprema no lo vuelva a sorprender como en las vísperas de su asunción, con el fallo que dio la razón a tres provincias por coparticipación mal liquidadas desde el 2006.

Esa novedad habría dejado alguna secuela. Macri debe cubrir dos vacantes en la Corte, luego de la salida de Carlos Fayt, el viernes. ¿Serán dos o podrían ser cuatro, al final? Es un tema que el Presidente ha comenzado a cavilar. Que podría formar parte del primer acuerdo institucional con otras fuerzas políticas. Tal vez, una señal tangible del cambio de época, luego del verano.

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