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Mamá, ¿eres tú la que sale en esa película porno?



Anabel (nombre ficticio) es una extremeña que, con la falsa promesa del dinero fácil, fue convencida en 1999 para rodar una de las primeras escenas de porno amateur que se grabaron en España. A su hija de 12 años le mostraron el vídeo hace dos meses en el colegio. A continuación, transcribo su historia en primera persona.

[
size=12]Mi hija llegó esa tarde a casa desencajada. Era el último día de clase antes de las vacaciones de verano. Tiene 12 años y llevaba toda la semana rara. No sé, a esas edades es normal. Es adolescente y empieza a rebelarse. Yo le había preguntado esos días si estaba bien, si tenía problemas en el colegio, si le preocupaba algo. Pero ella no soltaba prenda. Hasta que el viernes explotó.

Llegó hecha una furia, se sentó en el sofá del comedor y se me puso a llorar. Después de preguntarle varias veces qué le había pasado y de intentar, sin éxito, consolarla, fui a darle un abrazo y se me quitó de encima. Son adolescentes, es una edad difícil, pero… ¿qué te he hecho yo, hija mía? Entonces me miró a los ojos y con un gesto de incredulidad me soltó: “Mamá, ¿eres tú la que sale en esa película porno?

Me quedé fría. No supe reaccionar. Ella gritaba: “Dímelo, mamá. Pero dime la verdad porque ya me la han enseñado en el cole”, me ordenaba con furia. Me quedé callada. Porque la respuesta era afirmativa: sí, era yo la que salía en una especie de película porno antigua. Y no sé cómo, mi hija la había visto.

TODO EMPEZÓ EN 1999


La historia sucedió en 1999, cuando yo tenía 19 años. Hace mucho tiempo ya de eso. Demasiado. Te diría que ya lo había olvidado, pero en realidad no es algo que se pueda borrar de la mente con facilidad. Al menos yo no. De vez encuando le doy vueltas porque es algo que sucedió una sola vez. Y es que yo nunca me he dedicado al porno. Fue una tontería, una experiencia para la que me le liaron mediante la promesa del dinero fácil.

Yo vivía cerca de Badajoz y con 19 años me trasladé a Sevilla, a trabajar de camarera en el restaurante de Roque, un hombre de mi pueblo que había emigrado a Andalucía para poner un negocio de hostelería y al que no le iban mal las cosas. Empleaba a muchos jóvenes de mi zona. En Sevilla me puse a compartir piso con una chica, pero mis compañeros de trabajo eran todo chicos: Raúl, un granadino que me gustó desde el principio, Iván, un cordobés al que llamaban “El Gordo” y Javi, un sevillano muy calladito. Los fines de semana venía un chico de refuerzo que se llamaba Pepe, otro sevillano de mi edad, muy hablador.

Yo creo que Raúl se dio cuenta enseguida de que me gustaba. Había complicidad, sonrisas, buen rollo en el trabajo… pero nada más. Y una noche nos “liamos”. Poca cosa, eh. Cuatro besos y poco más. Nos pusimos a hablar de sexo y me dijo que le excitaba mucho la posibilidad de que alguien le grabase mientras mantenía relaciones sexuales. Pero la cosa quedó ahí.

Yo llevaba un par de meses en Sevilla y estaba bastante feliz. Aunque pasaba apuros económicos, me gustaba la ciudad y el ambiente en el trabajo era fenomenal. Había hecho una buena piña con los compañeros. Salíamos de fiesta, nos divertíamos... Con Raúl había entablado una muy buena relación de amistad. “El Gordo” se pasaba el día hablando de internet, que era algo nuevo en nuestras vidas. Nos contaba que era el futuro, que era una cosa que entraba por el teléfono, se enchufaba al ordenador y servía para descargar música y mandar SMS gratis. Javi no hablaba mucho, pero era muy amable y correcto.

SOLOS EN EL RESTAURANTE


Roque, nuestro jefe, era buena gente pero bastante pesado y autoritario. Así, la tarde que nos dijo que iba a ausentarse unos días por un viaje personal, nos pusimos muy contentos. Nos dejaba al cargo del restaurante y aquello nos pareció de lo más divertido. Que nos dejasen el bar para nosotros solos era como si nos prestasen una discoteca. Además era fin de semana y vendría Pepe, que era un ciclón y no dejaba de hacer chistes.

El servicio nos salió perfecto aquel viernes por la noche. Teníamos un par de mesas grandes y nos las ventilamos sin problemas. Como tampoco teníamos a Roque vigilando, cada vez que pasábamos por el almacén le dábamos un trago a unos cuantos “cubalitros” de vodka que habíamos dejado en una nevera. Y acabamos bastante bebidos. Aparte de las risas y el cachondeo, cada vez que Raúl pasaba cerca me manifestaba una muestra de cariño. Una caricia, un abrazo, una insinuación…

Al final, los clientes se fueron. Menos mal, porque empezábamos a estar bastante perjudicados. Entonces nos metimos todos los camareros en el almacén a acabar la fiesta. Raúl se sentó a mi lado y me rodeó con su brazo, cosa que me sorprendió para bien. Pepe no dejaba de hacer chistes y Javi callaba pero se reía por todo.

UNA ENCERRONA


En un momento de la conversación empezamos a quejarnos de lo mal que nos pagaba Roque. Entonces Iván, “El Gordo”, dijo que lo que teníamos que hacer era subir algo a internet porque la gente se estaba forrando con eso. Que había leído casos de chavales de nuestra edad que se estaban haciendo ricos. Y fue ahí cuando sugirió lo de rodar una película porno.

Nos contó que había una cosa que se llamaba “porno amateur” y que consistía en que gente no profesional se grababa manteniendo relaciones sexuales y lo colgaban en internet. Y a partir de ahí, según su versión, el dinero nos iba a caer del cielo. También nos dijo que (oh, casualidad), se había traído una cámara de vídeo ese día al trabajo. Con el tiempo me di cuenta de que aquello era una encerrona, pero en aquel momento no me percaté.

Pepe se vino arriba y empezó a hacer bromas de carácter sexual. Dijo que ese era el mejor momento para grabar una película. Que Raúl y yo estábamos muy acaramelados y que podíamos ser los protagonistas. Yo no lo vi claro desde el principio pero entre todos me convencieron. El único que no abría la boca era Javi, el silencioso. Los demás estaban emocionadísimos. “El Gordo” hablaba como un auténtico profesional de esto, contando casos de éxito que yo no sé serían ciertos o no. Pepe gritaba exaltado y Raúl confesó que a él, la idea de grabarse mientras practicaba sexo le ponía bastante, "como tú bien sabes”, me recordó mirándome y dándome un beso.

“NOS VA A CAER UN PASTÓN”


Yo opuse poca resistencia, la verdad. Estaba bebida, Raúl me gustaba bastante y necesitaba el dinero. Iván me lo había vendido muy bien y como tampoco tenía yo idea de cómo iba eso de internet, les dije que lo único que me daba miedo es que alguien me reconociese. “Que va mujer. Eso lo cuelgo yo en unas páginas americanas y sólo se ve en Estados Unidos, que es donde está el dinero. ¿Tú sabes cuánta gente hay en Estados Unidos? Nos va a caer un pastón”, me contestó. Y yo me lo creí. Qué tonta, ¿verdad? Yo pensaba que si sólo se iba a ver en el extranjero tampoco habría mucho problema. Es que no tenía ni idea. Además, en aquella época yo no tenía novio, mis padres ya eran mayores y mi hermano trabajaba en el campo. En el fondo, yo no tenía ningún compromiso. Y acepté.

Entre el alcohol y los nervios, aquello fue un desastre. Nos reímos mucho, sí… pero fue un desastre. Yo dije un par de veces a cámara que lo hacía por el dinero. Iván grababa y daba instrucciones de planos como si fuese un director profesional. Ahora quítate el pantalón, ahora ponte aquí, ahora mira allí. A Raúl se le veía bastante tranquilo y empezamos a tener relaciones sexuales. Y a Pepe había que mandarle a callar porque se pasó la noche gritando y haciendo chistes verdes.

SEXO CON DOS MEJOR QUE CON UNO

Cuando empezamos, Iván nos paró y nos dijo que aquello iba a quedar muy típico. “De polvos como este ya hay muchos. Si queremos ganar dinero de verdad vas a tener que montártelo con más de uno”. Yo me negué desde el primer momento. “Vosotros lo que queréis es follarme entre todos”, le repliqué. No le sentó bien a ninguno. Iván guardó la cámara, Pepe me llamó “aguafiestas” y Raúl se empezó a vestir medio enfadado. Decían que para eso mejor que no hubiésemos empezado. Que adiós a la película, al dinero y a la fiesta.

Me sentí tan mal que acepté que se incorporase otro chico a la escena. Pepe se ofreció antes incluso de que yo acabase de hablar. La única condición que puse es que relaciones completas sólo las mantendría con Raúl. Que con Pepe haría sexo oral y nada más. Y así fue la cosa. Mientras Raúl me penetraba, yo le practicaba una felación a Pepe. Iván se acercaba hasta casi tocarnos para grabar supuestos primeros planos. Y Javi sólo miraba. Cuando acabamos aquella payasada, borrachos ya todos, nos vestimos, nos tomamos una última copa y nos fuimos cada uno a su casa.

LA RESACA DE LA VERGÜENZA


Al día siguiente seguíamos sin jefe en el bar. Cuando me incorporé a trabajar, mis compañeros me recibieron con aplausos, silbidos y frasecitas picantes. Yo pasé muchísima vergüenza. Más que nada porque no dejaron de hacer bromas durante toda la noche. Le pregunté a Iván si ya había puesto en marcha lo de la película, que a ver cuándo empezaba a llegar el dinero. Él me contó que tenía que hacerle los arreglos, que había que pasar la película de cinta a CD y que eso requería tiempo. Que ya me iría contando. Pero siempre me daba largas.

Roque volvió el lunes y el ambiente ya se había enrarecido. Yo no estaba muy convencida de haber hecho lo que hice, pero sin darle mucha más importancia. Me preocupaba más que Raúl había empezado a comportarse raro conmigo. Me evitaba, se mostraba seco y distante. Le intenté preguntar varias veces qué le pasaba, pero él tampoco me daba muchas explicaciones. Recuerdo incluso una vez en la que me llegó a decir, varios días después, que aquello que había pasado era sólo una “relación profesional”. El muy imbécil ya se creía todo un actor porno.
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