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Manuela, la mejor amiga de un gran hombre



Manuela: la historia de la amiga de Mujica y Lucía




Es una mezcla entre perro callejero y Foster. Al igual que el presidente de Uruguay, pasa por sus años de la vejez. Lucía Topolansky habló sobre la vida de la "primer mascota" de Uruguay.


Nació en Paysandú, en una finca de la hermana de Lucía Topolansky, la esposa de José Mujica.

Manuela, que en principio iba ser regalada a cualquier dueño, enamoró a la familia Mujica mucho antes de su llegada a la presidencia de Uruguay.

La pata delantera izquierda la perdió un día en que se puso a pelear con otros perros, que luego la corretearon y fue a parar debajo de la disquera del tractor que conducía Mujica.

“No le llegó a cortar la mano en ese momento, quedó con el tendón colgando. Ahí salió, pero después fue y se peleó con otra perrita, que le cazó ese brazo, que era el que no tenía movimiento. Casi que se lo cortó”, contó Topolansky al portal uruguayo My Pets.

Por tal razón, le tuvieron que amputar parte de la extremidad y desde hace más menos 9 años, Manuela solo camina con tres patas.

Hoy ya llegó a la mayoría de edad humana y sin duda es la mimosa de los Mujica, que no han tenido más hijos que sus animales.

“Además a Pepe, es increíble como lo extraña. Cuando se enfermó, en el año 2005, que él estuvo un mes en el Hospital, yo iba a las seis de la mañana a cuidarlo y volvía a las seis de la tarde. Y cuando llegaba en el auto, ella estaba ahí esperando. ¿Qué esperaba? Que se bajara Pepe. Y estaba toda contenta y después…las orejitas pa´abajo. El día que llegó parecía que se le iba a salir la cola de la alegría”, contó la primera dama de Uruguay.

El propio Mujica le cocina la comida a Manuela, que además duerme al pie de la cama que poco tiene de ‘presidencial’, pues bien es sabido que el ‘Pepe’ prefirió vivir en su humilde finca en lugar del palacio designado para los mandatarios.

Manuela recibe regalos de casi todas las personas que visitan la chacra y es normal verla en las entrevistas que medios de todo el mundo le hacen Mujica porque, como dice Topolansky, “lo que pasa es que ella es conocida porque llegó a ser ‘presidenta'”.


Mypets visitó a Manuela en la chacra presidencial un domingo de sol, y conversó en el jardín con Lucía Topolansky, mientras la perrita iba y venía esperando ansiosa a su dueño, que trabajaba la tierra a bordo de su tractor. “¿Ves que para la oreja? Está escuchando el motor. Antes lo acompañaba yendo y viniendo con el tractor, ahora como se cansa Pepe la sube. Le gusta estar a su lado, tiene pegote con Pepe”, cuenta la primera dama, mate en mano.

—¿Cómo llegó Manuela a su vida?

—Manuela es de Paysandú. Nació en una quinta donde vive mi hermana, a la orilla del arroyo San Francisco. La madre era una perrita chica, amarilla…y pasó un Foster por ahí, que es el padre (risas) Ese es el origen racial, digamos. Ella es medio marca perro, pero tiene algunas características de Foster. En ese parto, la perrita, que se llamaba Dunga, tuvo a Manuela y una hermana.

A los dos días que la había tenido llego a la casa de mi hermana y le digo: “qué lindas son, ¿me puedo llevar una?”; “Sí, porque yo las voy a regalar”, me contestó. Entonces la metimos en un canasto y nos la llevamos.

—¿Era “hija única”?

—No. En ese momento nosotros teníamos una perra policía, grande, manto negro, que no quería saber nada con Manuela, que era chiquitita, tendría 15 centímetros como mucho. Y la embromó tanto, tanto, que al final se hicieron amigas. Salían juntas a cazar. El perro suelto es más feliz, ¿no? En esa época dormían las dos afuera. La perra policía era bastante ladrona. Un día le robó, al carnicero, de arriba del mostrador, cuando se ponían todavía las carnes en el mostrador, pero no le robó un garrón, le robó la pulpa (risas). ¡No era boba! Un día vimos que Manuela estaba medio desesperada, como perdida, y estuvimos un rato buscando la otra perra, hasta que la encontramos. La habían envenenado. Típico. Desde ahí Manuela quedó como la reina de la casa. Y en la medida en que se fue haciendo más viejita, se ganó el derecho de estar adentro, y después el de dormir al lado de la cama; ella ha conquistado sus derechos.

—¿Qué edad tiene?

—Tiene casi 18. Pero está muy cuidada y los perritos chicos suelen vivir más años.

—¿Por qué le pusieron Manuela?

—Se lo puso una nena, que ahora es una muchacha, que vive acá en el fondo. Era chiquita, tendría dos o tres años en ese momento. Y andaba con todas esas canciones de niños; le puso Manuelita por la tortuga. Y le quedó.

—¿Cómo fue que perdió una pata?

—Un día estaba acompañando el tractor y como todo pichicho chico se peleó con unos perros de al lado y estos la corrieron y ella reculó y fue a parar abajo de la disquera y por más que Pepe frenó, se la llevó por delante. No le llegó a cortar la mano en ese momento, quedó con el tendón colgando. Ahí salió, pero después fue y se peleó con otra perrita, que le cazó ese brazo, que era el que no tenía movimiento. Casi que se lo cortó. Debe haber sido hace 8 o 9 años.

—Y ahí la llevaron al veterinario…

—Si, y éste se lo cortó porque si no se le podía infectar. Mirá, el veterinario nos contó después que un día estaba en un tablado, y hablaban de Manuela y de que no tenía pata y esto y lo otro, y él decía: “yo me callé la boca, no sea cosa que sepan que yo se la corté” (risas).

—¿Es muy mimosa?

—Todos los que tenemos mascotas decimos que son casi humanos. Sabe perfectamente los ruidos. Así como ahora sabe que Pepe está en el tractor, cuando se prende el Fusca, es otro ruido, el motor…se va para ahí, porque le encanta ir en el auto. Cuando empiezo a armar el bolso porque nos vamos para Anchorena, ya sabe que ella va. Cuando Pepe va a viajar se da cuenta, porque aparece la otra valija. Además a Pepe, es increíble como lo extraña. Cuando se enfermó, en el año 2005, que él estuvo un mes en el Hospital, yo iba a las seis de la mañana a cuidarlo y volvía a las seis de la tarde. Y cuando llegaba en el auto, ella estaba ahí esperando. ¿Qué esperaba? Que se bajara Pepe. Y estaba toda contenta y después…las orejitas pa´abajo. El día que llegó parecía que se le iba a salir la cola de la alegría.

—¿Qué le dan de comer?

—El Pepe le cocina. Esta es una perrita finoli (risas). Huele todo antes. Por la edad que tiene, ya se le empezaron a caer los dientes, entonces le compramos carne picada. Entonces se la pone con cebollita saltadita (risas). Si nosotros estamos comiendo, a ella le gusta que le des algo; pero no que se lo tires al suelo, se lo tenés que dar en la boca. Tiene todas esas mañas.

—¿Alguna otra?

—No le gusta usar collar. Recuerdo un acto del 1º de mayo que la llevamos con el collar y la correíta. Pero le contraría muchísimo el collar, no le gusta. Yo, que siempre intenté colgarle el cosito de la hidatidosis, la patente, le colgaba del collar, ahora ya no se lo cuelgo, se lo guardo ahí.

—¿La han llevado a alguna cumbre o gira presidencial?

—Fuera del país no. Para sacar un perro tenés que hacer un trámite bastante complicado. Ha andado con nosotros por el país. Me acuerdo una vuelta que fuimos al Festival del Olimar y la llevamos. Igual a ella los lugares que hay mucha cantidad de gente no le gustan…porque está vieja y eso.

—¿Y cómo se lleva con las costumbres “oficiales”?

—Allá en Anchorena ya se adueñó del espacio (risas) Porque le ladra a la gente. Ella tiene dificultad para caminar dentro de la casa de Anchorena porque está todo encerado. Y como ella salta…Entonces hay que entrarla. Si por alguna razón, porque hay reunión, esto o lo otro, que se tiene que quedar afuera, se pone a llorar en la puerta hasta que le das pelota. Es implacable.

—Una vez se sacó una foto con el perro de Laetitia D´Aremberg. ¿Se aburguesó un poquito ese día? (Risas)

—Ese día la llevamos a una comida y ella (D’Aremberg) había llevado un caniche que tiene, un perrito chiquitito, entonces me pidió para sacarnos una foto…y no pasó nada. (risas)

—¿Alguna vez la cruzaron a Manuela?

—Tres veces tuvo cría. Con perros de la vuelta. Después la castramos.

—¿Y no se quedaron con ningún cachorro?

—No, los dimos. Andan por ahí los hijos de Manuela. Los perros son caros. Si los querés tener bien, cuesta. Entre lo que comen; el veterinario, que siempre tenés alguna cosa. No es chiste. No es como los gatos, que acá hay un montón, que cazan y se arreglan. El perro es mucho más dependiente. Tenemos algunos perros más, pero ya achicamos el paño. Igual la Perrita es ella. Con mayúscula.

—¿Sabía que hay alguien que tiene una cuenta de Twitter con el nombre de Manuela?

—No sabía no. Sé que en las murgas ha salido. Y después, me acuerdo una caricatura que sacaron en Caras & Caretas. Han hecho reportajes sobre ella en diarios del mundo, porque le hacen reportajes al Pepe y ella viene, como mimosa que es, y los periodistas se enteran de que hay una perrita y que no es un perro presidencial como el de Obama, que no tenía perro pero tuvo que comprar uno porque es tradición (risas) Nada de eso. Ella ya venía como parte del paquete…con sus tres patitas.

—¿Es verdad que la sacan a comer afuera?

—Mirá, cuando vamos a algún boliche, salvo que sea un día de mucho frío la llevamos porque nos sentamos afuera. Siempre le pedimos un tachito con agua, y por lo general le traen algo, que a veces come y a veces no, porque es mañosa. El otro día estábamos en Colonia, en un boliche, se paró en la mitad de la vereda y cagó todo. Entonces el Pepe le dice: “pero ¡me dejaste pegado!”

—¿Él es muy cariñoso con ella?

—Sí, sí. Es el que le ha puesto todas las mañas. Yo a veces la rezongo, porque hay que ponerle ciertos límites (se ríe); siempre le digo: “mirá que se va de viaje tu protector”. La otra vuelta fuimos al aeropuerto a buscarlo a la base Capitán Curbelo, por donde entra. Y ahí estaba ella muy sentada en la moquette, esperando, mirando todo.

—¿Le traen regalos cuando viajan?

—No, recibe regalos de otra gente que la quiere mucho. El otro día me regalaron un llavero para ella, con un hueso. Lo que pasa es que ella es conocida porque llegó a ser “presidenta”.






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