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María Elisa Norton, la indecible, la inolvidable



"Sólo una cosa no hay. Es el olvido
Dios que salva el metal salva escoria
y cifra en Su profética memoria
las lunas que serán y las que han sido".

"Everness", Jorge Luis Borges.



Esta es una de esas historias en las que se llegó tarde y, si usted no la conoce, es porque llegó tarde. De hecho, todos llegamos tarde para conocer a ese ángel que azoraba llamado María Elisa Norton Farmache.

Llegó tarde la UNCuyo para remedar la bochornosa decisión de su Facultad de Medicina, mientras ella agonizaba, y aun cuando murió, pues esa Alta Casa de Estudios -no satisfecha con su cobarde respuesta- ejerció después un monumental, estupendo, inolvidable acto de cinismo.

Se llegó tarde para saber de ella y disfrutarla, para hacer justicia ante la injusticia y tarde para levantar la dignidad y el esfuerzo como banderas a replicar en cada rincón de Mendoza.

A ver, empecemos de nuevo. No nos estaríamos explicando bien.

María Elisa era muchas cosas, pero, sobre todo, una destacada estudiante de Medicina. La vida, porque sí, le trajo un tumor cerebral que la terminó matando. Poco tiempo antes, ya muy deteriorada, ser presentó a rendir su última materia en esa facultad y fue reprobada por 30 centésimos, al tiempo que no se contempló su discapacidad física a la hora de afrontar ese particular examen.




Pidió una mesa extraordinaria, dada su frágil condición y algunos -aún hoy ocultos- responsables de esa facultad se la negaron. Después, murió, la muy bella, la excelente María Elisa, sin haber obtenido -como su último gran acto de amor ante la vida- su título de médico.

Días después de su deceso, con su madre, María Teresa Farmache, Tesi, para nosotros, sus amigos, dialogábamos y parte de esa charla publicada en su momento, termina por ilustrar la situación para quienes desconocen esta historia:

- ¿Cómo es posible que se portaran tan mal los cabrones de la Facultad de Medicina?

- Fue un enorme ejercicio de crueldad, amparado en las formalidades institucionales. Cerraron un círculo perfecto de crueldad, porque hasta condolencias me enviaron. Yo digo, cuando vos tenés una alumna con un tumor cerebral, debés saber –si se trata de la Facultad de Medicina– que se trata de algo grave. A María Elisa la reprobaron por 30 centésimos y lo peor es que no quisieron darle una mesa extraordinaria que pidió.

- Son unos grandísimos forros.

- Ella fue a rendir con drogas de quimioterapia encima, una examen muy exigente, con estaciones. En cada estación, un actor hacía de paciente y el alumno tiene un breve tiempo para diagnosticarlos y de ahí, suena una campana, y tiene que salir corriendo a otra estación. Ella no podía agitarse mucho: llegó a ese examen con problemas motrices en el costado izquierdo de su cuerpo, habiendo pasado por siete operaciones de rehabilitación, quimioterapias, rayos… Y jamás, jamás, pidió ventajas ni prebendas. Quería una mesa extraordinaria, después de desaprobar ese exigente examen, incluso desde lo físico para ella, por apenas 30 centésimos.

- Hay gente que oculta su insignificancia y sus propias frustraciones en los pliegos de las leyes, en la rigidez de las normas…

- Vos lo sabés: yo he sido docente: adscribo a la exigencia y la excelencia, pero si no van de la mano con la humanidad, no sirven para nada. La medicina no es la ciencia de curar, sino el arte de curar. La vinculación tiene que ser emocional, hasta física te diría, del médico con el paciente; ahí es cuando aparece el arte de curar. No hay otra manera de curar.

- Y tampoco de enseñar a curar. Y esa gente sigue viviendo como vive, como si nada…

- Es gente carente de grandeza. Eso es lo que pasa. Demoraron un mes para decir a María Elisa que no le daban una mesa extraordinaria. ¿Sabés lo que era un mes para ella? Y le contestaron de manera fría. Hablamos de una alumna que aprobó todas las materias de la carrera, que hizo un año de Práctica Final Obligatoria, que completó y aprobó todos los cursos obligatorios, que llegó al examen final aprobando el escrito y desaprobando, por 30 centésimos, el oral… Una alumna que jamás sacó ventaja por el hecho de tener un tumor en la cabeza.

- ¿Cuál es tu conclusión, Tesi?

- ¿Sabés cuál es mi conclusión? Mi hija honró la vida y su honra le quedó grande a la gente de la Facultad de Medicina.



Ahora, hoy mismo, llega a la UNCuyo para quedarse la distinción “María Elisa Norton Farmache”. Y resulta inevitable, aunque propicio, saludable, destacable, dar esta noticia, aunque llegue tarde.

Empecemos de nuevo, aunque estamos yendo un poco mejor.

En verdad, estamos tan rodeados de vida como de muerte (bah, estamos rodeados de muerte). En verdad, somos tan poco creyendo que duraremos por siempre que no hay acto perdurable, por más valentía que encierre. A la vez, somos tanta maravilla en nuestra brevedad, que pestañear, comer una fruta, concebir, dialogar, acariciar, pintar un cuadro, son gestos que explican el universo a través de nuestras manos. Lo cotidiano y lo milagroso son zarpazos de la misma imposible garra de los días.

Sea como sea, la asunción de nuestras decisiones justifica transitar por la existencia, este torpe paso por la vida que, para algunos es más torpe que para otros.

Ahora bien, de todos, el de concebir y mantener ese latido, el de dar nombre y calor a lo concebido, el enseñar y aprender de nuestros hijos es el mayor misterio que nos convoca. Por eso, amigos, con cada vida que, antes de tiempo se apaga, se nos va un pedazo de lo que somos. Uno solo de estos viajes inesperados, como el de María Elisa, es como todo un planeta de niños que se incendia.

Y acá, en esto, como si otras cosas no existieran, está Tesi, la entrañable Tesi, su madre, que todavía sigue mirándose sus manos vacías y preguntándose ahora para qué sirven.

No obstante, hay que destacar la iniciativa de la UNCuyo, que -luego de tan extraordinario chasco- ha decidido distinguir a un grupo de 17 alumnos y el honor lleva, como dijimos, precisamente, el nombre de María Elisa Norton Farmache y así será, de ahora en más.

Se eligió, para ello, a un grupo de estudiantes que atraviesan distintas dificultades para llevar sus estudios adelante: cuestiones físicas y económicas, sobre todo. Como vemos, a veces, la historia se da vuelta: aquello que sirvió para que un grupo de irresponsables de la Facultad de Medicina de la UNCuyo hiciera gala de indolencia, hoy sirve como motivo de reconocimiento, de júbilo y de búsqueda de superación.

Los alumnos que serán reconocidos son: Patricia Hómola (de Ciencias Económicas), María Naomí Kamada, Fernando Sebastianelli y Douglas Briceño (Odontología), Claudia Córdoba (Educación Elemental y Especial), Anahí Pérez y Gustavo Arce, (Comunicación Social, la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales), Ada Saavedra y Ubaldo Gastón Bilbao (Filosofía y Letras), Helen Adamo, Roxana Heredia, Mariela Casas, Patricia Polo, Paula Fernández, Mariela Calle y Juliana Martos (Ciencias Médicas) y Verónica Fernández (Trabajo Social, Facultad de Ciencas Políticas y Sociales)

En el artículo primero de la ordenanza del Consejo Superior de la UNCuyo se lee: “Instituir en la Universidad Nacional de Cuyo, la distinción María Elisa Norton Farmache para aquellos alumnos que hayan realizado un esfuerzo excepcional en pro de la obtención de su título como consecuencia de situaciones excepcionales de adversidad -sean de índole económica, social o de salud- y manifiesten una trayectoria académica destacable en las unidades académicas de esta universidad”. Aquella inolvidable injuria al sentido común hoy se ve un poco remedada con esta intención de la querida UNCuyo.

Vayámonos, esta vez, con la palabra final de Tesi Farmache y su preciosa forma de transformar en enseñanza lo inaudito: “Me parece muy bien que la universidad distinga a sus alumnos que realizan esfuerzos importantes para conquistar sus metas en el nivel estudiantil, académico. Es un reconocimiento realmente merecido, es un estímulo ante tanta indiferencia. Por otro lado cualquier premio implica una mirada atenta sobre aquellas personas a quienes se le entregará. Es decirles 'sabemos que están, conocemos tus difíciles experiencias y deseamos hacerte saber que nos honra contar con alumnos con tu calidad'”.

En nombre del recuerdo de su hija, nos deja una reflexión final, acerca de lo que queda: “Me queda saber que mi hija sigue dando, aún, un poco de alegría, tal vez hasta felicidad, a mucha gente, así como lo hizo en vida. Me queda la búsqueda de la verdad que sigue por cuerda separada. Me queda haber conocido a gente atenta, noble, movida por un interés desinteresado en cosas que no son redituables sino puramente humanas. Me queda saber que a Elisita, hoy la quiere y la admira muchísima gente que nunca la conoció. Y me queda el profundo amor y respeto que siempre le tuve y que sigue tan vivo”.

Gracias, Tesi, por ser como sos (y gracias, María Elisa, por haber sido como fuiste).
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