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Marx, Lenin, Stalin, mascotas del capitalismo

De los creadores del Parque Warner llega: comunismo, una nueva experiencia con la que vivir la ilusión de la rebeldía o pensar que tu casa es una república independiente. El comunismo, como Picasso, ha devenido en marca. Un ingrediente que revoluciona el mercado. Una vez muerto y enterrado, el fantasma –ahora sí– recorre el mundo a la velocidad de la luz de la publicidad. Toda esa parafernalia comunista resurge en Occidente con más fuerza que nunca, pero vacía y sin miga, en forma de abalorio y merchandising. Estampada en una camiseta. La iconografía de la contestación es un éxito de ventas, la nueva vida.



“El comunismo se ha convertido en un parque temático de occidente”, dice Iván de la Nuez (La Habana, Cuba, 1964), ensayista, crítico y comisario de exposiciones, en La Virreina y el CCCB de Barcelona. Publica El comunista manifiesto. Un fantasma vuelve a recorrer el mundo (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores), donde describe todo lo que le ha ocurrido al comunismo entre la caída del muro y la de Lehman Brothers, y cómo el capitalismo ha aprovechado para triturarlo, molerlo, reciclarlo y reutilizar la iconografía comunista en producto de mercado.

Por si alguien no lo ha entendido casi tres décadas después: Europa ha pasado del PC (Partido Comunista) al Pc (de Microsoft), una imagen definitiva de nuestro autor. De la utopía a la atopía: “Y donde el comunismo es reutilizado, como un antiguo disco de vinilo en la maleta de un DJ”, escribe. Así resume el desmontaje de lo común y su transformación en lo global. “Toda sociedad tiene una pulsión individual, pero también una comunitaria, que el capitalismo cercenó cuando cayó el comunismo. Ahí es cuando surge el otro PC, como una manera de canalizar lo social”, cuenta a este periódico. Pero ese ente social no es público. Más bien, una masa amorfa.

Abajo el muro

De la Nuez se reclama como alguien que nació en un régimen comunista y vive en uno occidental. Tiene la experiencia de ambos lados del muro. Por cierto, mantiene la tesis de que éste se derrumbó para ambos lados y el comunismo real se disolvió en el capitalismo virtual, hasta convertirse en un “fetiche vintage”. Una vez desplomado el muro de Berlín, en cualquier ciudad occidental pueden encontrarse más “Ches” que en La Habana o Moscú, Sofía o Bucarest.



En este proceso el arte juega un papel importante, con una posición incómoda para su talante poscomunista: “El arte no ha tenido una posición crítica con lo que pasó en el comunismo. Ha utilizado el comunismo como una formulación crítica contra el capitalismo, sin entrar a analizar los hechos sangrantes. El arte pretende la continuidad del comunismo y habla en nombre de la comunidad, pero el arte contemporáneo no está conectado con su sociedad”, dice el escritor, que siempre ha fustigado con la legitimidad que da formar parte de lo que criticas.



“Bregados a la par –comunismo y arte– en su continuidad post mortem; perseverando como fantasmas aliados en su resistencia a darse por vencidos; tercos, ambos, en esa persistencia por continuar sus servicios de ultratumba”, escribe en el capítulo dedicado a La exposición comunista. La gran paradoja es que el comunismo aflora y se expande como exposición artística justo cuando el comunismo no existe y es inocuo.

“El arte no es ni tiene que ser político, pero al asumirlo en tanto que dibujo o ensayo de emancipaciones futuras, de proponer un mundo, lo es”, explica Iván. Lo político ha aflorado en una época en la que el ready made duchampiano sufre una profunda mutación: ya no son los objetos, sino los sujetos y sus causas, los que aparecen en los museos y espacios artísticos. En el museo entra todo y todo lo que entra es manipulado. El paraguas de las instituciones acaba con la radicalidad del arte, porque se le premia, se le remunera y vuelve a estar en manos de la institución. Por muy largo que sea el viaje de la radicalidad, el arte siempre va a morir al mismo sitio. “



La derrota de la izquierda


El muro arrastró el telón y descubrió a la izquierda que tenía como referente los estados comunistas un mundo de crímenes y represión. La izquierda cayó derrotada cuando descubrió lo que no había querido ver: el horror fascista. Sin embargo, el muro, según De la Nuez, no lo derrumbaron ni Wojtyła, ni Reagan, ni Thatcher. “Los responsables de tumbar el muro fue la sociedad civil de los países del Este. Fueron estas sociedades quienes echaron abajo estas dictaduras”.

“En resumen, la sombra del comunismo se proyecta sobre el presente como nostalgia y como materia crítica, como la ilusión por el mundo del trabajo manual y como la culminación imaginaria de otra vida posible, como crítica al mercado y como venganza por las atrocidades de aquellos regímenes”. El ensayo está trazado en una primera persona solvente y segura, cómplice y tan modesta como vanidosa. Es lo que tiene que decir un ser occidental que ha venido del comunismo y no se mueve bajo la doctrina académica. Iván de la Nuez es uno de nuestros pensadores más procaces.

Otro de los efectos inmediatos tras la caída del muro en los que se incide en el texto es la lucha por el lenguaje: el capitalismo es innombrable y el comunismo inconfesable. Nace la era del eufemismo, en la que el capitalismo será nombrado de mil maneras para no decir “capitalismo”, “economía de mercado”, “sociedades globales”, etc. También cuando hablamos de contestatarios, indignados, anónimos, común, es otra manera de evitar decir “comunismo”. Palabras prohibidas, rancias y menos 'chic' de lo que el mercado exige. De la Nuez confiesa en este punto: “Me preocupa esa diversidad semántica en medio de la orfandad de proyecto. Es un problema de la izquierda en España y en el mundo, hay mucho más discurso que proyecto”.



Y al final de las reflexiones asoma la gran pregunta: ¿hasta cuándo podrá el capitalismo estirar la broma y seguir utilizando al comunismo como un llavero? ¿Puede permitirse jugar con los límites de la iconografía comunista sin que le salte un buen día en la cara? La caída del comunismo demuestra que los sistemas no son para siempre. Y ya que lo mencionamos, ¿Cuba? “Cuba es un país que llegará a tiempo al mercado, pero a destiempo para la democracia”, responde Iván de la Nuez.ismo...
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