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"Me apoyaron en el colectivo y no supe qué hacer"

"Me apoyaron en el colectivo y no supe qué hacer"Soy Cecilia, redactora de INFOnews. Escucho, leo y escribo notas sobre género y feminismo. En la redacción, con mis compañeros hombres, tenemos discusiones diarias sobre igualdad y derechos femeninos. Levanto siempre la bandera de las mujeres. Pero ayer pasó algo que me paralizó.
Eran las seis de la tarde cuando tomé el colectivo 92 hacia Almagro. Llovía y el transporte estaba casi vacío. Conseguí un asiento que daba al pasillo, al lado de una señora de unos 40 años que jugaba al Candy Crush.

“Debe haber sido sin querer” pensé, justificando lo injustificable.
Iba contenta y distraída. Estaba por llegar a mi clase de danza mientras chateaba por Whatsapp, cuando los genitales de un hombre comenzaron a rozarme el hombro izquierdo.
“Debe haber sido sin querer” pensé, justificando lo injustificable. Pero en el fondo sabía lo que estaba ocurriendo, yo lo sentí: el hombre había rozado con sus genitales mi cuerpo. Me moví en el asiento, tratando de hacerme invisible, de protegerme. Yo, la víctima, la acosada, intentaba escapar del acosador en la pequeña butaca del colectivo.
La mujer que jugaba al Candy Crush me habló:
-¿Ese viejo te está molestando?, preguntó.
-Sí, me está apoyando
-Vení a mi asiento que te cambio de lugar-dijo y se paró.
En el nuevo asiento, a salvo del setentón perverso, me puse a mirar por la ventana. No sabía hacia dónde apuntar mis ojos, dónde poner el cuerpo. Estaba incómoda, molesta, enojada.
A los cinco minutos, la señora del Candy Crush se bajó del colectivo. Habíamos llegado a avenida Corrientes.
-Chau, suerte- me dijo.
El asiento del pasillo, al lado mío, fue ocupado por otra señora. El setentón acosador seguía ahí, parado en medio del colectivo.
-El viejo te estaba apoyando, yo lo vi. Se acercaba y alejaba de tu hombro. Estaba para pegarle un paraguazos-dijo.
Pensé en el viejo con alianza de casamiento, en su pelvis balanceándose como una hamaca sobre mi hombro, en el placer que sentiría ante mi incomodidad. Lo miré fijo por diez, quince segundos. No se mosqueó, pero tampoco pudo sostenerme la mirada.
-Tengan cuidado que este viejo anda apoyando el pito a las mujeres del colectivo- grité.
El setentón no dijo ni ah. El colectivo dobló por la calle Mario Bravo y, al fin, el viejo se bajó. Seguí viaje con una sensación de amargura, de tristeza. No podía creer cómo yo, que siempre hablo y reniego por el machismo, tardé tanto en gritar algo contra el acosador.
Le tendría que haber pedido al chofer que lo baje. A estos tipos hay que escracharlos. Hubiera hecho más quilombo, me reproché mentalmente.
Hacía dos semanas, en INFOnews, habíamos publicado una nota: “Proponen multar a los hombres por el acoso callejero”. Pensé en qué bueno sería poder denunciar al viejo verde que se balanceaba con su pito en mi hombro, pero no sabía ni el nombre. Me acordé de la solidaridad de las dos mujeres: la del Candy Crush, que me cambió el asiento y la del paraguazo, que me habló del tema. Sólo después de esas palabras, me había animado a responderle al acosador. Ahí descubrí que no estaba sola y me tranquilicé.
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