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Memorias de una abuela que no se casó virgen

Memorias de una abuela que no se casó virgen

Mundos íntimos.El sexo demandaba paciencia. Allá por 1960 algunas parejas empezaron a animarse a las relaciones prematrimoniales. La autora recuerda que se iba muy lento y había que crear excusas –viaje con amigos, por ejemplo– para estar solos sin generar sospechas en la familia.





abrán pasado tres décadas de aquella caminata con una de mis sobrinas. Me sorprendió que ella anduviera en silencio, como reteniendo algo que le costaba decir. Finalmente se animó y largó la pregunta: –Tía, ¿vos te casaste virgen?

Me habré reído porque ella también, rió, nerviosa, y antes de que yo le respondiera que no, me contó que su mamá, mi hermana mayor (en la actualidad bisabuela) le dijo que se casó virgen, como todas las chicas de su época, enviándole una advertencia clara con el comentario que simulaba ser casual. Supuse, por la mirada elocuente de mi atractiva sobrina de veinte años, aunque no agregó una palabra, a la espera de la mía, que le pesaba haber violado el mandato de “castidad” que, ya por entonces, muy pocas muchachas cumplían. No quise averiguar a qué edad ni con quién ella tuvo relaciones sexuales porque se hubiese puesto mal (se le notaba en los ojos húmedos). Además me importaba más su angustia anacrónica que retrucar a mi amada y respetada hermana que se había tomado muy en serio el mayorazgo y nos cuidó con cariño cuando mamá salía a trabajar. A la pobre, pensé, le tocó dar el ejemplo. Y quizás, por esa causa, se puso de novia a los quince y se casó a los dieciocho, fastidiándome con un acontecimiento que me convertía en la mayor.

Mamá, buena y estricta, manejaba el timón, ya que papá, viajante de comercio, caía por casa solo unos pocos días al mes. Yo, nada ingenua, cuando mamá me dijo ahora vas a tener que ocupar el lugar de Diana, decidí inventarme una personalidad severa de entrecasa para que ella bajara la guardia y me dejase disfrutar de cierta libertad.

–No me casé virgen, querida, por suerte –le aseguré a mi sobrina, tomándole la mano como si ella volviese a ser la nena chiquita que se quedaba a dormir con nosotros algunos fines de semana.

No le dije que en mi juventud, a mí jamás se me habría ocurrido interrogar a una de mis tías sobre un tema tabú por aquellos años. Se daba por entendido que las mujeres decentes se casaban vírgenes y plantear la duda significaba una falta de respeto. Le confesé a mi sobrina que, a mis diecisiete, me preocupaba más la idea del embarazo que llegar virgen al matrimonio.

¿Cómo sería descubrir, recién en la noche de bodas, cómo era eso de tener sexo con un hombre? La virginidad le correspondía a la señorita Inés, una vecina solterona que iba a misa. Mi madre no hablaba de sexo. Con mi novio planificamos unas cuantas lunas de miel adelantadas con la excusa de excursiones grupales a la playa o al campo. Y mamá se conformaba con lo que le decíamos. Tal vez la avergonzaba verbalizar sus dudas y prefería callar.

Cuando un par de años después, Raúl y yo decidimos casarnos, ya teníamos cama suficiente como para saber que en ese terreno funcionábamos armónica y felizmente. Pienso, en el momento de esta evocación, que cuando hablo de sexo no me refiero al touch and go , hoy tan de moda. Las cosas demandaban paciencia. Todas. Quien compraba un automóvil nuevo, sabía que primero debía hacerle varios kilómetros por ruta antes de usarlo en ciudad. Se ablandaba el coche y también se ablandaba el noviazgo: en sillones, rincones, pasillos, bancos de plaza, y en calientes butacas de las últimas filas en la bendita oscuridad de las salas de cine. En la primera salida con Raúl, a quien imaginé aburrido por su traje, corbata, y el pelo peinado hacia atrás, en cuanto me apretó el muslo en el Lorraine, cambié de opinión.

Tenía una mano sabia y caliente. Sin esa mano exploradora, tal vez no habría habido segunda cita.

Después de que mi sobrina me agradeció la franqueza como si le hubiese contado que fui una muchacha promiscua, recordé que siempre me gustó “avivar” a las nenas inocentonas. Habré estado en los primeros grados de la primaria, cuando una de mis primas grandes me quiso matar porque le había contado a su ingenua hermanita, dos años mayor que yo, que no existía el ratón Pérez y que los Reyes Magos eran los padres. Me resulta increíble pensar que yo, tan “orgullosa” de mis conocimientos adultos, me despertara una mañana a los gritos porque encontré las sábanas y mis piernas manchadas de sangre. “Me corté con algo” –le dije a mamá.

¿Cómo se le iba a ocurrir a mi madre que Silvita iba a comenzar a menstruar a los nueve años? La escuché decir, con voz ronca, que ya era una señorita. Mientras controlaba que me duchara bien, no paró de recomendarme reglas de higiene. ¿Ponerme paños entre las piernas como si fueran pañales? Un asco.

Convertirse en mujer era un asco, pensé.

Mi hermana mayor se había desarrollado a los doce y nunca habré querido ver en la soga de la terraza los rectángulos pequeños de toalla que ponían a secar, junto al resto de la ropa. A nadie se le ocurrió llevarme a un médico por mi precocidad. A los doctores se recurría por fiebre alta, por sarampión. “Era señorita” sin saber aún qué significaba ser nena.

Yo prefería jugar con mis primos a la pelota, mucho más divertido que andar con muñecas. Finalmente me consolé, la menstruación me otorgaba una superioridad notoria sobre las nenas de mi grado. Ya no era el ratón Pérez ni los Reyes Magos el secreto sino cómo se hacían los niños. Ese despertar violento a la noción de que si te venía “la regla” podías embarazarte, me llevó a la convicción de que nunca me dejaría tocar por un muchacho. De los libros que había en casa elegí dos que consideré ideales para complementar mi educación sexual: Cuerpos y almas y El matrimonio perfecto. Con el primero, sabría bien para qué sirve tener un cuerpo y con el segundo, me enteraría por qué mis padres estaban a punto de separarse.

Ser mujer no es negocio, me decía. Pintarse, ser coqueta, fumar, usar escotes profundos, era de puta. La mujer del verdulero, una bizca con cara de amargada, le comentó a una clienta, sin fijarse que yo estaba en la fila, que la muy puta de su nuera le había pedido a su hijo que le comprara un lavarropas. Si con la tabla de lavar ella se había arreglado toda la vida.

En los “asaltos” –reuniones bailables en las casas– supe que las “mosquitas muertas” eran las peores. Y peores las mamás que llevaban e iban a buscar a sus santas hijas. Como ya dije, había convencido a mi madre de que podía dejarme ir y venir sin problemas, no era ninguna ingenua que se dejaría atrapar en los recodos de la escalera ni en los ascensores. Las películas de Lolita Torres, en la que no se daban un beso ni en el final –después me enteraría que era una condición que imponía el papá de Lolita en el contrato– me divertían. Pero prefería las comedias norteamericanas en las que se partían la boca en varias escenas que después me impedían dormir. La lectura y el cine fueron mis maestros. Yo quería parecerme a esas mujeres que caminaban por la niebla sin miedo y que se dejaban abrazar con ganas.

En mi familia, las tías, según mi punto de vista, eran asexuadas. Salvo una, que cuando tocaba el piano y echaba la cabeza hacía atrás, parecía que no tuviera marido ni hijos. Me fascinaba la idea de que mi madre tuviera un amante. La veía sola, dedicada a sus hijas, mientras mi papá había hecho de la infidelidad y de la ausencia una forma de vida. Pero jamás me habría atrevido a planteárselo. Y me consta que nunca se habría atrevido a tener un amante: había que casar a cuatro hijas.

Delante de mi madre, mis hermanas y mis tías, Raúl y yo, corrección pura: la estrategia de no escandalizar para inspirar confianza, la mantuvimos alegremente hasta el día de la boda. La hipocresía reinaba en las radionovelas y en las telenovelas, si las mujeres eran decentes, rozaban la idiotez, para diferenciarse de las astutas malvadas, puro cerebro. No nos acechaba el sida, pero tener un hijo de soltera era un estigma que te marcaba hasta el final de tu vida. Era común que se descubriese en los teleteatros que la madre de la heroína en realidad era la abuela que, para salvar el honor de la hija “profanada”, la mandaba lejos a parir, mientras ella se abultaba el vientre con un almohadón hasta el instante de la llegada del supuesto “alumbramiento”. La muchacha que venía para el planchado y leía la revista El alma que canta, me contaba de sus tres hijos que, en Corrientes, habían quedado al cuidado de una vecina. Ella me hablaba de la prueba de amor que te exigían los hombres y me recomendaba no dejarme llenar la panza.

Mis nietos, si yo llegara a contarles cuáles eran las costumbres de aquel entonces y los malabarismos que había que hacer para no escandalizar a los mayores, llorarían de risa. Ni a sus padres ni a sus abuelos se nos ocurriría utilizar consejos de otrora que hoy sonarían a broma. Cuando comienzan a salir con un noviecito, nos alegramos de que tengan una pareja en vez de frecuentar a chicos y chicas que apenas si conocen, con los consabidos riesgos de contraer enfermedades o ser iniciados en la droga.

Tener sexo está dentro de los parámetros de las relaciones entre jóvenes. Se quedan a dormir en la casa de los padres de ella o de él y se van juntos de vacaciones. Tampoco creo que haya que ponerlos al tanto de los métodos anticonceptivos, pues están informados. Y son más los que deciden compartir una vivienda que los que optan por casarse. Tampoco los padres son los de antes, muchos están separados y se preocupan por rehacer su propia vida sentimental.

En medio de esa vorágine de cambios, mi marido y yo seguimos sumando décadas de casados y con las mismas necesidades de tener un espacio para nosotros solos, alejados de la cotidianidad. En especial yo, que considero la rutina como una enemiga del goce, me enojo con un sistema que impide a las personas mayores concretar aquellos deseos que imaginaron realizables durante largos años de productividad y aportes. Una realidad económica hostil impide que la jubilación sea un jubileo. Nuestros hijos y nietos nos impulsan al disfrute y creo que ellos quieren mirarse en ese espejo vital y no en el de unos viejos a los que no les queda otra que esperar la muerte.

El trabajo, las preocupaciones familiares y los vaivenes económicos alientan el desánimo. Cuando existen posibilidades de salir de vacaciones, la pareja recupera esa juventud que creía haber perdido entre trámites y chequeos. Ir solos o con amigos a bailar, a practicar un deporte, al teatro, incentivan el deseo y la concreción del mismo.

No pienso renunciar a las caricias ni a la mirada halagadora del otro. Si la expectativa de vida se ha prolongado, quiero disfrutarla de cabo a rabo. Ese poderoso sentimiento que me une al hombre que amo fue transformándose, pero no perdió la esencia. Y como en nuestros inicios, necesitamos un escape, tal vez para escaparnos de la cifra que marca el almanaque e inventarnos una nueva marca amorosa.
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