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Mujer asiste a los desnutridos en la rica Salta

El drama del hambre y la marginalidad en uno de los pueblos más pobres.Tiene a su cargo a 150 familias de Pichanal, en el norte salteño. “Me gusta trabajar para mi pueblo”, le dijo a Clarín.



A los wichi no se los mira a los ojos ni se les sonríe. Un gesto que a cualquier criollo le parecería cortés, ellos lo interpretan como una burla. Entrar en confianza con la comunidad lleva tiempo y voluntad. Hay que ir y volver y volver hasta que aceptan la visita de un otro que no forma parte de su cultura. La señal de que ese otro puede atravesar su umbral es una palmada fuerte en el hombro. De eso sabe mucho Verónica Ramírez, 42 años, mamá de cuatro chicos y agente sanitario en Pichanal. Ella sale cada mañana en bicicleta a visitar a las familias que tiene a su cargo. Entre otras tareas, si detecta algún chico con signos de desnutrición, detiene su actividad y se enfoca en ese caso. Es un hospital con ruedas.“Empecé como promotora de salud en el año 2002. En ese momento había accedido a un plan Jefes y Jefas de Hogar. En un momento me ofrecieron pasar al plan Familia y me dieron la opción de no continuar.

Pero seguí, me di cuenta de que esto me gustaba y que además estaba trabajando para mi pueblo”, cuenta Verónica delante de sus compañeros. Estamos en la base del programa Atención Primaria en Salud (APS), que funciona hace 38 años en el hospital público de esta localidad del noreste salteño. En total son 42 agentes sanitarios que salen a visitar a 6.243 familias por mes. Cada uno tiene a su cargo, en promedio, unas 150.En APS aseguran que la cantidad de agentes es suficiente pero necesitarán más. Sucede que muchos han hecho el curso de enfermería y hoy cumplen una doble función. Además el trabajo es duro: salen al terreno con temperaturas extremas, los años los desgastan, se enferman, se agotan. O simplemente se jubilan. Al mismo tiempo, Pichanal crece: mucha gente de pueblos vecinos forman asentamientos y hay que darles salud. El sueldo inicial de un agente es de unos 4.000 pesos. “Yo trabajo en el centro, en el barrio San Jorge, San Cayetano, Medalla Milagrosa ...

Tengo 160 familias a cargo y pueden llegar a 180. El primer día del mes planificamos la rutina. La primera semana es para familias críticas, es decir, embarazadas, recién nacidos y niños de bajo peso”, detalla. Si encuentra un chiquito con diarrea o deshidratado, lo deriva sin turno al hospital. Verónica ya tiene puesto su uniforme: una camisa celeste. En la mochila carga un tubo de ensayo para medir el cloro en el agua, algodón y desinfectante, planillas, una balanza eléctrica y el chiripá donde “calza” a los nenes para pesarlos. Esta vez no lleva vacunas. De hacerlo debería cargar en la bici una heladerita. En el canasto va el pilón (una balanza infalible) y el pediómetro. No son la ocho y el Sol pega fuerte. Para este mediodía están previstos casi 40° y ella debe pasar por cinco hogares.El primero es el de Mary, que tiene cuatro hijas y vive con otras tres personas. Morena, la beba de dos años, aumentó de peso y creció desde la última vez que Verónica los visitó: pesa un poco más de 13 kilos y le faltan diez centímetros para llegar al metro. Esa es una buena noticia que se celebra con felicitaciones. La agente sanitaria pregunta, además, si en la casa de Mary hay alguna situación de violencia intrafamiliar, abuso de alcohol, intentos de suicidio. Indaga sobre métodos anticonceptivos y planificación familiar. Chequea si las condiciones de vivienda siguen igual: si tienen piso, techo y servicios o si se sumaron más integrantes. La casa de Mary está perfecta. Lo único que debe hacer es hervir el agua, que salió clorada.
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