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Nuevo libro para calumniar mas a Stalin




Acaba de aparecer el libro Eitingon. Las operaciones secretas de Stalin en México. La obra se publicó bajo el sello de una casa editora bastante conocida (Penguin Random House Grupo Editorial) que es parte de un conglomerado transnacional de medios de comunicación de origen alemán, con intereses en muchos negocios



Se dice que el consorcio tiene más de cien mil empleados y que mantiene presencia en más de 63 países, con una facturación anual de casi 20 mil millones de euros. Se trata pues de un gigante mundial de la comunicación al que no es fácil atribuirle más intereses que ganar dinero a raudales.



Pero ocurre que el nuevo libro no es precisamente una obra de esas que dejan mucha ganancia. Se trata de lo que en periodismo se llama gran reportaje que, sin embargo y más allá de su calidad, sólo podría interesar a los eruditos, es decir, a un puñado de lectores, lo que no procura utilidades, pero sí influencia ideológica.



La obra narra (o inventa) algunos de los esfuerzos de Stalin para producir la bomba atómica, cargando el acento en los trabajos de espionaje del gobierno soviético en México y en otros países. Trabajos de espionaje que tratándose del practicado por Estados Unidos y Europa occidental se denominan trabajos de inteligencia, nombre sin connotaciones despreciativas.



Los adelantos de la obra a los que el autor de estas líneas ha tenido acceso dejan ver un nuevo esfuerzo en pos de la descalificación, verdadera satanización, de Stalin. Se pretende presentar como un delito, como algo inmoral, como un crimen, el titánico trabajo de inteligencia de la nación y del gobernante soviéticos.



He aquí un botón de muestra del carácter tendencioso y calumnioso del libro de marras: “El 6 de agosto de 1945 un bombardero del ejército estadounidense arrojó la primera bomba atómica, bautizada como Little Boy, contra Hiroshima. La superarma mató al instante a alrededor de 140 mil japoneses. Tres día después se lanzó una bomba de implosión de plutonio, (bautizada) Fat Man, sobre Nagasaki, con lo que murieron alrededor de 40 mil personas al instante. Japón se rindió días más tarde, el 14 de agosto”. Y pasó, agrego yo, a convertirse en una país ocupado militarmente desde entonces por Estados Unidos y consecuentemente en una nación sujeta al más oprobioso vasallaje.



La referencia a los bombardeos atómicos sobre las dos ciudades japonesas y al pavoroso número de víctimas mortales instantáneas es la base para soltar esta tremendista, falsa y calumniosa afirmación puramente ideológica: “El mariscal Stalin quedó fascinado con el poder destructor de la bomba y demandó a sus equipos que redoblaran los esfuerzos para obtenerla”.



De modo que Stalin quedó fascinado por el poder destructor de la bomba. Ojo: “fascinado” por el poder destructor de la bomba, no preocupado por el futuro de su patria ante la nueva y tremenda amenaza militar del imperialismo. Existen abundantes pruebas, disponibles incluso en internet, que muestran que, desde Hiroshima y Nagasaki, Stalin sospechaba y temía que la URSS sería víctima de un ataque atómico estadounidense. Y que sabía, gracias a sus servicios de inteligencia (espionaje diría el libro), que desde 1949 Estados Unidos preparaba, bajo el nombre de “Operación Dropshot” una agresión nuclear contra la URSS, la que implicaba el lanzamiento de 300 bombas atómicas, además de 250 mil toneladas de bombas convencionales, sobre otras tantas ciudades soviéticas.



¡Ah!, Stalin, el vencedor del nazifascismo, “fascinado con el poder destructor de la bomba atómica” y no preocupado hasta la obsesión por defender y proteger a su patria de una nueva, sabida y catastrófica agresión del nazifascismo, ahora en su versión estadounidense.
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