O.J. Pistorius

O.J. Pistorius


Por Ezequiel Fernández Moores



Hace casi dos años que Oscar Pistorius mató a Reeva Steenkamp, su novia. Pero, hasta hoy, no lleva ni un día preso. Thokozile Masipa, segunda jueza negra en la historia de Sudáfrica, que sí sufrió un día de cárcel cuando de joven protestaba contra el apartheid, lo absolvió el mes pasado del cargo de asesinato. La estrella de los Juegos Olímpicos de Londres 2012 alegó que confundió a su novia con un ladrón. Y que, por eso, disparó a través de la puerta de un baño mínimo, de 1,5m por 1,5m, cuatro balas del tipo "Black Talon", munición expansiva de daño máximo. Una de las balas reventó el cerebro de la modelo. Pistorius usó su pistola Parabellum 9mm, más cómoda para guardar debajo de la almohada que su apreciado Vektor 223, una versión civil del rifle semiautomático del ejército sudafricano. Dos semanas antes, luego de una discusión, Steenkamp, de 29 años, le había enviado un mensaje de texto. "A veces -le decía- te tengo miedo".

El 14 de febrero de 2013, Steenkamp agregó su nombre a la lista de las tres mujeres que mueren por día en Sudáfrica por violencia doméstica. Pero la jueza interpretó que no hubo ejecución sino accidente. Que Pistorius no actuó presa de furia, sino de "pánico". El atleta, sí culpable de homicidio involuntario, sabrá en pocas horas o días si podrá seguir libre. Si es así, autoridades deportivas ya avisaron una calurosa bienvenida al campeón que superó la amputación de sus piernas cuando tenía once meses de edad. "Oscar -dijo en la audiencia de ayer en Pretoria su agente, Pete Van Zyl- todavía recibe invitaciones para contarle al mundo su historia de inspiración y motivación". "¿Todavía?", lo interrumpió el fiscal Gerrie Nel. "¿Después de haber matado a alguien?"

"Nada en nuestra cultura perdona tan fácilmente como el deporte, no importa qué hayas hecho". Lo escribió Tony Korneisher en el Washington Post en 1995, al día siguiente de que O.J. Simpson, ídolo del fútbol americano, fue declarado inocente de los asesinatos a cuchillazos de su ex pareja, Nicole Brown, y de Ronald Goldman. Fue el juicio más publicitado en la historia de Estados Unidos, un circo que duró 18 meses y tuvo 150 millones de personas ante la TV a la hora del veredicto. Simpson gastó 8 millones de dólares en su Dream Team de abogados, liderado por la estrella Johnnie Cochran, junto con F. Lee Bailey, Robert Shapiro, Alan Dershowitz y Robert Kardashian. Marcia Clark, la pobre fiscal, fue fotografiada hasta en topless en una playa. Simpson ya era un negro aceptado en la élite de Los Ángeles, estrella de TV y de Hollywood. Libre de ir a la cárcel, O.J. fue condenado sin embargo por la justicia civil a pagar una indemnización de 33,5 millones de dólares. Condenado a 33 años de cárcel por un asalto a mano armada en 2007 en Las Vegas, Simpson cumple hoy pena en el Centro Correccional Lovelock, en Nevada. Algunos recuerdan en estos días que, aún con numerosas evidencias en su contra y denuncias de golpizas anteriores, Simpson había sido declarado inocente del asesinato de su ex mujer. Y por eso rebautizan a Pistorius: "O.J. Pistorius".

El juicio contra Pistorius comenzó el 3 de marzo pasado con hora y media de retraso. Hubo que buscar traductora nueva. La titular abandonó la sala asustada con tanta prensa y cámaras de TV. "¡Cómo no estar aquí! Tenemos a un titán de la naturaleza, mitad hombre, mitad máquina, caído en desgracia. Es una tragedia griega irresistible, que incluso nos afecta como nación", justificó George Mazarakis su decisión de abrir un canal para el juicio las 24 horas del día. "Esto -se quejó Roger Dixon, testigo de la defensa- parece un Gran Hermano". La TV instaló cámaras pequeñas, no invasivas. Los testigos pueden pedir que no se los filme. Que sólo aparezca su voz. La TV convirtió en estrella al abogado Barry Roux, implacable para desnudar grietas y contradicciones de los testigos y errores groseros en la investigación policial que salvaron a Pistorius del cargo de asesinato. "Nuestra democracia -justificó el juez Dunstan Mlambo su decisión de permitir la televisación del juicio- es joven y hay una percepción de que el sistema judicial trata de un modo a los ricos y famosos y de otro a los pobres y más vulnerables." Acaso fue un bumerán. La jueza, mujer y negra, extrabajadora social y periodista, brillaba aún silenciosa entre abogados blancos, fiscales blancos, acusado blanco, víctima blanca y testigos casi todos blancos. Habló para sobreseer a Pistorius de asesinato. Las protestas fueron masivas. La jueza vive hoy bajo custodia policial.

Sudáfrica mejoró tras el horror del apartheid. Una familia negra ingresa hoy un tercio más de lo que ganaba antes. Las casas con electricidad subieron del 48 al 85 por ciento. Los niños de seis años que van a la escuela subieron del 35 al 85 por ciento. Y la tasa de homicidios bajó un 50 por ciento. Pero desigualdad y violencia persisten. "Sudáfrica -escribió meses atrás Johnny Steinbeck- no sabe cómo amar a un país cuyas niñas saben que podrán ser violadas (una mujer es violada cada 17 segundos). Por eso inventa otro país y habla de milagros". Y Pistorius, su historia, su determinación y sus éxitos, era un milagro que cruzaba a todos en una sociedad cuya minoría blanca se arma hasta los dientes porque vive bajo el pánico de ser atacada por un negro. Al padre de Pistorius se le escapó una bala que le rozó un testículo mientras manipulaba un arma con una ex novia. Shelia, su madre, que murió cuando Oscar tenía 15 años, salía con un arma debajo del piloto. Los padres, según informes, jamás superaron diferencias en la difícil decisión de amputarle las piernas al bebé Oscar, que había nacido con un defecto genético. La psicóloga de Pistorius, Lore Hartzenberg, admitió que lloró en el juicio cuando, en medio de un debate, le pidieron a Oscar que se sacara las prótesis. Otras prótesis le permitieron ganarle a varios de los mejores atletas del mundo. A Pistorius nunca le gustó aparecer en público sin prótesis. Se las saca al ir a la cama. Cuando duerme, confesó una vez Pistorius a un periodista, siente pura vulnerabilidad.

Las Pistorians, un grupo de fanáticas que van todos los días al tribunal, activas en las redes sociales, confían en que Oscar no terminará en la cárcel. "La mayoría de los blancos quiere que Pistorius se pudra en la cárcel, pero no los negros", asegura el periodista John Carlin, célebre por su libro sobre Nelson Mandela, y que también espera en estas horas la sentencia para completar las páginas finales de su libro sobre el caso Pistorius. Carlin, cuya tesis recibió críticas, cree que así como eligieron la reconciliación y no la represalia tras el apartheid, los negros ejercen otra vez con Pistorius su "legendaria capacidad de perdón". Leí testimonios de blancos que, poco menos, sitúan a Pistorius como víctima de la inseguridad en Sudáfrica. "Es un hombre destruido, la cárcel agravará su estado, ya perdió todo", dramatizó este lunes la psicóloga personal Hartzenberg. Van Zyl, agente del atleta, citó numerosos actos de caridad de Pistorius. El fiscal Nel le contestó que muchos de esos actos son patrocinados. Y a la psicóloga le recordó que Steenkamp había perdido la vida.

El juicio desnudó un historial de armas, disparos por diversión, celos, peleas y amenazas del que nadie hablaba en tiempos del Pistorius campeón. El mismo año de su éxito en los Juegos de Londres, Blade Runner pasó a ser Blade Gunner. Patricia Taylor, que cobra sus entrevistas, cuenta en su libro Oscar: Un accidente esperando a suceder que, hasta poco antes de los viajar a los Juegos, Pistorius la llamaba varias veces al día llorando porque Samantha, su hija, había roto el noviazgo. Y que enviaba hasta treinta mensajes diarios a su hija. En uno de esos textos, de seis páginas, Pistorius le cuenta que, "como todos", el también tiene "un lado oscuro". Efectivamente, escribió un lector en un foro del diario Sowetan, "todos tenemos un lado oscuro". Enojado porque la jueza Masipa relativizó viejas denuncias y hasta desechó testimonios de supuestos gritos desgarradores de Steenkamp antes de morir, el lector dijo que Pistorius, que no tomó la precaución elemental de saber si en el baño estaba su novia y no un ladrón, habría ido directo a la cárcel si hubiese sido un negro pobre y sin dinero para pagar abogados hábiles, testigos supuestamente neutrales y hasta para darle 500 dólares mensuales a la familia de Steemkamp, como se supo ayer. "Tu lado oscuro, Oscar -agregó el lector-, sigue siendo blanco."