Check the new version here

Popular channels

Oktubre según Zizek y Sebreli


A 90 años de la Revolución Bolchevique

Escriben Slavoj Zizek y Juan José Sebreli



El Lenin que no ha muerto


A partir de un sueño que Trotsky anotó en su cuaderno, el filósofo esloveno analiza el significado de la figura del dirigente revolucionario que encarna la idea de emancipación universal. Zizek afirma que no se puede separar el contexto que permitió la toma del poder en octubre de 1917 de su giro estalinista posterior. Allí residió la verdadera “tragedia” leninista, en que la alternativa “socialismo o barbarie” terminó en la identidad irónica de los dos términos opuestos: el socialismo “realmente existente” fue barbarie.
Por Slavoj Zizek


Trotsky anotó en su diario un sueño que tuvo la noche del 25 de junio de 1935:

“Fue en un barco, en la cubierta de tercera clase. Lenin estaba acostado en una litera. Yo estaba de pie o sentado cerca de él. El me estaba haciendo preguntas, ansioso, sobre mi enfermedad. ‘Parece que ha acumulado una gran cantidad de fatiga nerviosa; tiene que descansar…’ Le respondí que siempre me he recuperado muy rápido de la fatiga, pero esta vez el trastorno parecía surgir de un proceso más profundo… ‘Entonces debe consultar seriamente con los médicos…’ Le respondí que ya había hecho varias consultas y empecé a contarle mi viaje a Berlín, pero al mirar a Lenin, recordé que estaba muerto. Traté de inmediato de alejar ese pensamiento para poder acabar la conversación. Cuando terminé de contarle mi viaje de 1926, quise agregar: ‘Eso ocurrió después de su muerte’. Pero me detuve y le dije: ‘Después que usted cayó enfermo…’”.


Hay dos maneras de interpretar el sueño de Trotsky. De acuerdo con la primera, la figura ridícula del Lenin que no ha muerto indica su falta de conciencia de que el inmenso experimento social que llevó a cabo terminó en la catástrofe estalinista: terror e inaudito sufrimiento masivo. El Lenin muerto que no sabe que está muerto representa nuestro rechazo a renunciar a los proyectos utópicos y aceptar las limitaciones de nuestra situación: Lenin era mortal y cometió errores como todo el mundo, así que ya es hora de que lo dejemos morir y que abordemos nuestros problemas de un modo pragmático, no ideológico.

Sin embargo, Lenin aún está vivo en otro sentido: está vivo en la medida en que encarna lo que Alain Badiou llama la “Idea eterna” de la emancipación universal, la lucha perpetua por lograr la justicia que ni las derrotas o las catástrofes pueden eliminar. Deberíamos recordar aquí las palabras sublimes de Hegel sobre la Revolución Francesa, en sus Lecciones de filosofía de la historia: “Se ha dicho que la Revolución Francesa fue consecuencia de la filosofía, y con razón la filosofía ha sido llamada Weltweisheit (sabiduría del mundo); porque no es sólo verdad en y por sí misma, como la esencia pura de las cosas, sino también verdad en su forma viviente, tal como se muestra en los asuntos del mundo. No debemos, por lo tanto, contradecir la afirmación de que la revolución recibió su primer impulso de la filosofía. (…) Nunca antes el hombre había logrado reconocer el principio de que el pensamiento debe regir la realidad espiritual. Ello fue, por consiguiente, un glorioso amanecer mental; todos los pensamientos eran compartidos en el júbilo de esa época. Un entusiasmo espiritual estremeció al mundo, como si se hubiera logrado, por primera vez, la reconciliación entre lo divino y lo profano”. Por supuesto, eso no impidió que Hegel analizara la necesidad de que esa explosión de libertad se convirtiera en lo opuesto, o sea, el terror revolucionario autodestructivo. Sin embargo, no debemos olvidar nunca que la crítica de Hegel es inmanente, y admite el principio básico de la Revolución Francesa. Y lo mismo, por cierto, deberíamos hacer a propósito de la Revolución de Octubre: fue la primera vez en la historia de la humanidad que salió triunfante una revuelta de los pobres y explotados. Contra todos los órdenes jerárquicos, la universalidad igualitaria accedió al poder. Un mundo nuevo fue creado y sobrevivió en forma milagrosa, en medio del aislamiento y de inconcebibles presiones económicas y militares. Este fue, en efecto, “un glorioso amanecer mental; todos los pensamientos eran compartidos en el júbilo de esa época”.

Hace un par de años, John Berger hizo una observación con respecto a un afiche de publicidad francés en internet, de la compañía de corredores de Bolsa Selftrade. Bajo la imagen de la hoz y el martillo, ambos reproducidos en oro y engastados con diamantes, el epígrafe decía: “¿Y si la bolsa de valores beneficiara a todos?”. La estrategia del afiche es evidente: hoy la Bolsa cumple con los criterios comunistas igualitarios, puesto que todos pueden participar. Berger nos pide que imaginemos una campaña de comunicaciones contemporánea que incluya una esvástica reproducida en oro y engastada con diamantes; por supuesto, no funcionaría, ya que, como señaló Berger, “la esvástica se refería a los vencedores potenciales y no a los derrotados. Apelaba a la dominación y no a la justicia”. Por el contrario, la hoz y el martillo aludían a la esperanza de que la historia, a la larga, se pusiera del lado de los que luchan por la libertad y la justicia. Así pues, la ironía es que, en el momento mismo en que la ideología dominante del “fin de las ideologías” proclamaba en forma oficial la muerte de esa esperanza, una empresa “postindustrial” tuvo que activar esa esperanza latente a fin de poder transmitir su mensaje. Queda pendiente la tarea de repetir a Lenin, para darle nueva vida a esa esperanza que todavía nos obsesiona.


No podemos separar la constelación que permitió la toma del poder en octubre de 1917 de su giro estalinista posterior. Debido a sus consecuencias, esa misma constelación (el descontento de los campesinos, una elite revolucionaria bien organizada, etc.) condujo al giro estalinista. Allí reside la verdadera tragedia leninista. La famosa alternativa de Rosa Luxemburgo, “socialismo o barbarie”, terminó en la identidad irónica de los dos términos opuestos: el socialismo “realmente existente” era barbarie.

Por consiguiente, repetir a Lenin no significa volver a Lenin: repetir a Lenin es aceptar que “Lenin está muerto”, y que su solución falló, pero hubo en ella una chispa utópica que vale la pena rescatar. Repetir a Lenin significa que hay que distinguir entre lo que Lenin efectivamente hizo y el campo de posibilidades que puso de manifiesto, la tensión en Lenin entre lo que efectivamente hizo y otra dimensión, lo que era “en Lenin más que Lenin mismo”. Repetir a Lenin significa repetir no lo que Lenin hizo, sino lo que dejó de hacer, sus oportunidades perdidas. Hoy en día, Lenin aparece como una figura de otra dimensión del tiempo. No es que sus conceptos sobre el partido centralizado, etc., representen una “amenaza totalitaria”; más bien, dan la impresión de pertenecer a una época diferente con la que ya no podemos relacionarnos en forma adecuada. Sin embargo, en vez de interpretar ese hecho como la prueba de que Lenin está pasado de moda, quizá deberíamos atrevernos a plantear la hipótesis contraria: ¿y si la impenetrabilidad de Lenin es una señal de que algo anda mal en nuestra época? ¿Y si el hecho de considerar irrelevante a Lenin, “desincronizado” con respecto a nuestros tiempos posmodernos, transmite el mensaje mucho más perturbador de que nuestro propio tiempo es el que está “desincronizado”, que una determinada dimensión histórica está desapareciendo de él?





Una revuelta trágica

A principios de 1917 una primera revolución desplazó al zar Nicolás II de Rusia. A fin de ese mismo año, los “soviets” tomaron el poder que ostentaba Alexander Kérensky. El sociólogo contrapone estos sucesos e ilumina sus particularidades: una, la primera, espontánea, popular y violenta. La segunda, minuciosamente planificada, hecha en nombre del pueblo sin el pueblo, sin luchas en las calles ni derramamiento de sangre. En lugar de una revolución, Sebreli ve en ella las características de un golpe de Estado.
Por Juan José Sebreli


Es paradojal que la revolución rusa de febrero de 1917, acontecimiento históricamente necesario, haya sido olvidado como un episodio fugaz, en tanto la revolución de octubre, cuyo desencadenamiento fue contingente y resistible estaba destinada a perdurar.

Las diferencias entre ambas revoluciones son paradigmáticas. La primera fue una revolución clásica a la manera de las revoluciones burguesas de los siglos XVIII y XIX, con participación de todas las clases sociales, incluidos algunos sectores reformistas de la nobleza. Sus objetivos eran los de toda revolución democrática: destitución de la monarquía absolutista, llamado a una asamblea constituyente, instauración de libertades civiles, liquidación de los últimos vestigios feudales en el campo e impulso a la modernización y al industrialismo. Esta revolución burguesa era apoyada por los partidos de izquierda que, aunque manteniendo sus reivindicaciones propias, consideraban que el país no estaba aún maduro para el socialismo. El hecho de que las clases populares fueran la punta de lanza y protagonizaran la lucha de calle, las manifestaciones, las barricadas, las huelgas generales no desvirtuaban el carácter burgués de la revolución; otro tanto, había ocurrido en la Revolución inglesa con los “cabezas redondas” y en la francesa con los sans culottes. en tanto compartían el común rechazo por el antiguo régimen. Sin embargo, los bolcheviques no tuvieron una actuación destacada en febrero, permanecieron al comienzo hostiles a la formación de consejos obreros y su principal conductor, Lenin, estaba en el exilio y ni siquiera había previsto una insurrección inminente.

Muy distinto fue el caso de la segunda revolución, la de octubre, encabezada por Lenin y Trotsky que aprovecharon el caos reinante y la extrema fragilidad de las recién establecidas instituciones democráticas. Los bolcheviques no eran un partido de masas, sino una vanguardia de revolucionarios profesionales, casi una secta conspirativa que propugnaba una dictadura de tipo jacobina. De acuerdo con estas características de sus actores, la revolución de octubre no respondió, como la de febrero, al modelo de la revolución clásica: no hubo participación de la sociedad en su totalidad, ni grandes movimientos de masas ni lucha de calles ni huelga general ni barricadas ni enfrentamientos con el ejército y la policía ni derramamiento de sangre. A diferencia de los tumultuosos días de febrero, en octubre faltó dramaticidad y heroísmo, las calles permanecieron apacibles, los tranvías circulaban, los cines y teatros, los cafés y restaurantes continuaron abiertos y la gente se enteró de que había habido una revolución por los diarios. “Los habitantes dormían apaciblemente y no sabían que un poder sucedía a otro”, escribía Trotsky.

A diferencia de febrero, la revolución de octubre, hecha en nombre del pueblo pero sin el pueblo, fue obra de los bolcheviques, que constituían una minoría dentro de la izquierda. En contraposición a la revolución de febrero surgida espontánea e inesperadamente de un estallido social imprevisto, la revolución de octubre fue minuciosamente preparada de antemano, planificada hasta en sus menores detalles. La tropa de asalto se componía de unos mil hombres, en su mayoría soldados y marineros. Resulta sintomático que uno de los planificadores fuera Antonoff Ovsenko, un oficial del ejército imperial pasado a los bolcheviques que además era conocido como matemático y jugador de ajedrez. La insurrección de octubre fue planeada como una batalla militar, un teorema matemático y una partida de ajedrez; no fue pues una revolución en el sentido clásico del término, se ajustó, en cambio, a todas las características del golpe de Estado.

El carácter conspirativo y vanguardista del partido bolchevique lo aislaba de las grandes masas. ¿Cuál fue entonces la fracción social que ayudó a consolidar el golpe bolchevique aunque no a ejecutarlo? La base real de masas de la insurrección de octubre era la soldadesca, esos miles de soldados, restos de batallones disueltos en batallas perdidas o desertores que permanecían dispersos por las calles de Petrogrado o de Moscú. Entreverados con el lumpenaje de adolescentes de clases bajas o medias urbanas llamados en Rusia hooligans, estos soldados gozaban de la disponibilidad típica de la juventud, no estaban atados a una familia, a una profesión, a un trabajo y nada tenían que perder. Sacados de su lugar natal para integrar el ejército y luego abandonados en ciudades desconocidas, en la que se sentían extraños, eran violentos, estaban brutalizados por la guerra, con frecuencia alcoholizados y hambrientos, y permanecían armados y provocaban alborotos, actos vandálicos y saqueos. A diferencia de la clase media y de los obreros urbanos que habían sido educados políticamente por los partidos y los sindicatos, estos soldados, desclasados de origen campesino, carecían de toda formación política, estaban en blanco, dispuestos a seguir al primero que les ofreciera el sentido de pertenencia a algo. Su situación de desamparo los predisponía a las visiones apocalípticas. Las consignas racionales de los socialistas democráticos no podían entusiasmarlos; los bolcheviques, en cambio, prendieron en ellos porque les ofrecían la solución inmediata de todos los problemas mediante una revolución súbita que traería instantáneamente, como por arte de magia, una vida nueva y mejor.

Engels, refiriéndose a la guerra de campesinos en Alemania del siglo XVI, hablaba de la tragedia del líder revolucionario que tiene la oportunidad de tomar el poder en un momento que no es el adecuado para las ideas que representa y se encuentra necesariamente en un dilema insuperable: lo único que puede hacer se halla en contradicción con sus principios y lo que debería hacer no es realizable, se ve forzado a tratar de convencer a sus partidarios de que los intereses ajenos a su propio partido son en realidad los suyos. Concluía Engels: “Los que ocupan esa posición ambigua están irremediablemente perdidos”. Lejos estaba de suponer que en nombre del marxismo, a Lenin le tocaría vivir una situación análoga. Sólo que Lenin antes que un ideólogo era un político realista y pragmático. Acorde con el contexto histórico donde, después del fracaso de la Revolución alemana, resultaba ilusorio todo proyecto socialista en un país atrasado y semicampesino, dio un violento giro, liquidó toda autonomía obrera –sometiendo a los soviets y a los sindicatos al Estado– y comenzó con la implementación de la NEP (Nueva Política Económica) a construir una suerte de capitalismo de Estado combinado con el capitalismo privado nacional e internacional. Este audaz experimento que poco tenía que ver con el socialismo o el comunismo y que, en cierto modo, adelantaba la fórmula china postmaoísta, se interrumpió con la muerte de Lenin para dar paso al sistema totalitario estalinista en las antípodas del socialismo. La tragedia de la Revolución rusa culminaba así con la liquidación de los mismos que la iniciaron y la instauración de una de las tiranías más feroces del siglo XX.


FUENTE:
http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0200/articulo.php?art=3188&ed=0200
http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0200/articulo.php?art=3186&ed=0200

CINE RUSO EN EL MALBA:
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-4157-2007-10-08.html
0
0
0
3
0No comments yet