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Paola y Melina

Paola y Melina





Por Mariel Martínez.
Este inicio de semana nos recibió con doble tristeza. Apareció Paola Acosta, apareció Melina Romero. Las dos muertas. Las dos asesinadas. Las dos mujeres.

No escapa a nadie la simpleza del análisis que las iguala: víctimas fatales del sistema que nos pide ser esposas, madres y putas; pregunta-herida que hace que en sus cuerpos se materialice en muerte la contradicción con las que nos obligan a nacer y que nos hace morir. Morir matadas, a palos morir, morir a cuchilladas.

Se ha dicho mucho de Melina. Los caminos de la sospecha hacia la justificación de su asesinato han sido sorprendentes, ligados a la alegría y a la fiesta y a la deserción escolar, como si la deserción escolar fuera un problema de Melina y no del Estado. Lo cierto es que murió por decir no, no quiero, yo respeto mis decisiones y mis deseos. Si la poca escuela que se dice que tuvo le alcanzó para poner el alma y el cuerpo en esas palabras, mis más profundos respetos a esa entendida escasa escolarización.

Lo de Paola es diferente, sí. Paola era madre. Madre soltera; y he aquí su delito. Después de tres días, tres valiosos días que la llamada “justicia” desperdició con argumentos ridículamente diletantes, su cuerpo roto a cuchilladas fue encontrado en una alcantarilla, cuidando aún de su pequeña hija desfalleciente de hambre y frío.

El cuerpo de Melina también apareció en una orilla, en un límite. En la división entre lo que es de la sociedad y lo que es de la basura que esa misma sociedad genera e ignora. Qué vamos a decir ahora de lo que los propios márgenes nos devuelven. Cómo haremos para jabonarnos las culpas que nos endilgan los arroyos estancados y las alcantarillas. Cuál es la manera, cuál esta vez, en que intentarán que recemos el credo del caso aislado y el tipo enfermo y la piba querendona y la madre dudosa.

Retrocedamos. Sor Juana Inés de la Cruz era monja y vivió en siglo diecisiete. Había tomado los hábitos porque esa fue la única forma que encontró para burlar las costumbres que impedían a la mujer estudiar. La monja no procrea, la monja no es mujer: la monja estudia. La siniestra ecuación cedió una veta de provecho. En el convento, Juana escribió un sinfín de poesías a sus amantes imaginarios. Y también, claro que también y además, les escribió a Paola y a Melina, en un ejercicio de ciencia ficción que ella no conoció aunque, por qué no decirlo, un poco condicionada por su tiempo.

Las “redondillas” son una serie de verdades denunciadas que riman las contradicciones a las que las sometieron, a las que nos someten: “Queréis, con presunción necia, / hallar a la que buscáis / para pretendida, Thais / y en la posesión, Lucrecia / Siempre tan necios andáis / que con desigual nivel /a una culpáis por cruel / y a otra por fácil culpáis”. Cuatro siglos después, querida Juana, aprendimos que el problema no son los necios sino el sistema que los crea y los recrea y que nos exige la castidad pura, la maternidad entregada, la sexualidad explosiva y la abnegación obrera en un mismo ademán de manos.

Y ahora, acá y ahora, necesitamos preguntarnos. Cuántas veces más vamos a ser Melina defendiendo nuestro cuerpo y nuestras decisiones. Cuantas más seremos Paola defendiendo nuestros pibes y nuestra dignidad. Que alguien, alguien más aparte de nosotras, se pregunte cómo hacemos para ser todo sin morirnos. Porque somos todo. Somos tu novia, tu hermana, la piba que te gusta y la madre que te parió. Somos la sangre en la alcantarilla y el alma en el arroyo de basura. Somos Sor y somos Juana. Somos las que sostenemos la balanza, vestidas de blanco y con los ojos vendados, en tribunales de dolor.
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